Esta semana tuve la oportunidad de participar en el ‘Encuentro Mundial de Valores 2026′, en Monterrey. Me correspondió impartir un taller sobre un tema que, confieso, al principio parecía reunir dos mundos bastante distantes: espiritualidad cristiana e inteligencia artificial.
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Mientras lo preparaba ocurrió algo inesperado: cuanto más leía y pensaba sobre inteligencia artificial, menos quería hablar de máquinas, por eso terminé hablando de nosotros.
Comencé el taller con la historia del puente de Choluteca, en Honduras. Después del huracán Mitch en 1998, quedó una imagen sorprendente: el puente había resistido, pero el río había cambiado de curso. El puente seguía ahí, magníficamente construido, sólo que el agua pasaba ahora por otro lado.
Pensé que esa imagen describe bastante bien nuestro momento. Estamos preocupados por construir mejores sistemas, mejores algoritmos, modelos más potentes y respuestas más rápidas, pero quizá necesitamos hacernos otra pregunta: ¿y si el río está cambiando de lugar?
Porque la inteligencia artificial no solamente está cambiando nuestras herramientas. Está modificando nuestra relación con el conocimiento, el trabajo, la creatividad, las decisiones, la atención e incluso nuestras relaciones.
Por eso quise hacer algo extraño durante el taller: pedí a los participantes que durante un minuto no hicieran nada y que sólo observaran hacia dónde se iba espontáneamente su atención. Parece insignificante, pero quizá tocamos uno de los bienes más disputados de nuestro tiempo: nuestra atención. Aquello a lo que prestamos atención termina configurando nuestros deseos y, poco a poco, nuestras decisiones.
Teresa de Jesús decía hace casi quinientos años que podemos pasar la vida fuera de nuestro propio castillo interior. Hoy tenemos Wi-Fi, 5G, redes sociales, inteligencia artificial… y podemos seguir sin entrar. Nunca habíamos tenido acceso a tanta información y, paradójicamente, quizá lo que nos falta no es información, sino interioridad para saber qué hacer con ella. Ahí descubrí nuevamente la actualidad de la espiritualidad.
Quizá el riesgo no sea utilizar inteligencia artificial, sino terminar pensando que toda la vida es optimizable. ¿Pero podemos optimizar una amistad? ¿Un duelo? ¿El perdón? ¿La oración? ¿El amor?
Mientras una máquina puede ayudarnos a responder qué podemos hacer, la ética nos pregunta qué debemos hacer y la espiritualidad se atreve a plantearnos una pregunta todavía más incómoda: ¿Quién estoy llegando a ser?
Al terminar el taller pensé uno de los grandes desafíos espirituales de nuestro tiempo. Tiene que ver con custodiar aquello que no queremos perder mientras entramos en este nuevo mundo: nuestra atención, nuestra interioridad, nuestra libertad, nuestra capacidad de encontrarnos, de asombrarnos, de buscar sentido y de amar.
Para un cristiano, finalmente, la medida de lo humano no es la inteligencia, sino el amor. Jesús lo dijo con una sencillez difícil de superar: “Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos“. Una máquina puede procesar millones de datos. Puede producir respuestas extraordinarias. Incluso puede ayudarnos a pensar las preguntas importantes de nuestra vida. Pero no puede vivirlas por nosotros.
Lo que vi esta semana: un auditorio dispuesto a detenerse, aunque fuera unos minutos, para preguntarse no solamente qué puede hacer la tecnología, sino qué nos está haciendo a nosotros.
La palabra que me sostiene: Custodiar.
En voz baja: La IA no puede vivir la vida por nosotros.
