Como nosotros mismos, nuestra Iglesia está atravesada por luces y sombras. La confesamos santa y, al mismo tiempo, necesitada permanentemente de purificación. Desde dentro, con fidelidad y profundo cariño, he querido sacarle una especie de selfie a su estado actual: mirar las semillas nuevas que están brotando y también algunas malezas antiguas que todavía dificultan su crecimiento.
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Más espacio para los laicos, pero todavía temor a compartir
En el último tiempo he percibido una apertura mucho mayor al aporte de los laicos. Voces nuevas, lenguajes distintos y maneras menos tradicionales de evangelizar están dando dinamismo a la Iglesia y permitiendo llegar a personas que probablemente nunca entrarían espontáneamente a una parroquia. Eso me llena de esperanza.
También he experimentado resistencias cuando esa horizontalidad deja de ser un discurso bonito y empieza a implicar compartir decisiones, escuchar miradas diferentes o aceptar modos menos clericales de hacer las cosas. Algunas iniciativas llenas de fuego apostólico pueden enfriarse rápidamente ante reacciones defensivas o rigideces. La sinodalidad exige humildad de todos, también de los laicos, pero si realmente creemos que compartimos una misma dignidad bautismal tendremos que aprender algo bastante más difícil que reunirnos: confiar unos en otros.
Santos silenciosos y la tentación del protagonismo
He conocido sacerdotes, religiosas y religiosos que son verdaderos santos de altar. Su humildad, disponibilidad, capacidad de servicio y modo de relacionarse hacen presente a Dios incluso antes de hablar. Son personas que han entregado la vida entera sin aparecer en ninguna portada.
Y conviven con otra tentación profundamente humana: el protagonismo, la figuración y el poder. A veces aparecen en ambientes eclesiales esas “polillas” irresistiblemente atraídas por las luces de la notoriedad. También los laicos podemos caer allí. El problema comienza cuando el Evangelio termina transformándose en plataforma para construir la propia imagen. Tal vez todos quienes tenemos alguna responsabilidad en la Iglesia deberíamos preguntarnos de vez en cuando: ¿estoy utilizando mis dones para que otros encuentren a Cristo o, sin darme cuenta, estoy utilizando a Cristo para que otros me encuentren a mí?
Jóvenes que regresan y una fe que debe encarnarse
Otra luz preciosa es encontrar nuevamente jóvenes interesados en la fe. Veo comunidades llenas de vida, adoración, oración y jóvenes que quieren recibir sacramentos, evangelizar y expresar públicamente su pertenencia cristiana. Es algo que hace algunos años encontraba con mucha menor frecuencia.
Pero también percibo el riesgo de espiritualizarnos mucho y encarnarnos poco. Podemos pasar horas frente al Santísimo y después ser indiferentes frente al dolor de quien está al lado. Podemos emocionarnos en una liturgia y olvidar la justicia, la solidaridad, nuestros propios vínculos o la preocupación por quienes viven al margen.
La Eucaristía alimenta precisamente para salir. Una comunidad cristiana que únicamente consigue hacernos sentir bien, pero nunca nos empuja a amar más, revisar nuestra vida o comprometernos con otros, debería hacernos algunas preguntas. La adoración verdadera, tarde o temprano, tiene que terminar con los pies caminando hacia alguien.
Proteger a las víctimas sin perder la misericordia
La Iglesia ha recorrido un doloroso y necesario camino de purificación frente a los abusos. Se han creado protocolos, sistemas de denuncia, investigaciones y políticas de prevención. Las víctimas comenzaron a ser escuchadas y la protección de niños, adolescentes y personas vulnerables pasó a ocupar el lugar que siempre debió tener. De eso jamás deberíamos retroceder.
Pero ahora aparece otra pregunta difícil: ¿podemos ejercer la justicia con discernimiento y misericordia? He conocido algunos casos en que faltas sexuales cometidas por sacerdotes con personas adultas, una vez investigadas y sin mediar coacción, vulnerabilidad o abuso de autoridad, quedaron socialmente puestas en el mismo saco que situaciones de abuso sexual. La justicia también necesita distinguir realidades diferentes. Y después surge una pregunta todavía más cristiana: ¿qué hacemos con quien reconoce sinceramente su falta, asume sus consecuencias, pide perdón y realiza un verdadero proceso de conversión? Nuestra Iglesia necesita sostener juntas esas dos manos: una firme para proteger a quien puede ser herido y otra abierta para quien, después de haber caído, busca sinceramente levantarse.
Muchos números y pocos procesos
También percibo una extraña fascinación eclesial por los números: cuántos bautizados, confirmados, matrimonios, participantes, seguidores o asistentes tuvimos. Claro que los números importan. Pero llenar un lugar y transformar una vida son cosas muy distintas. Podemos celebrar cientos de confirmaciones y no preguntarnos cuántos jóvenes comprendieron realmente lo que significa seguir a Jesús. Jesús reunía multitudes, pero tampoco rebajaba su mensaje para conservar audiencia. Quizás deberíamos preguntarnos menos cuántas personas pasan por nuestras actividades y mucho más qué ocurre con ellas después.
Una Iglesia viva
La Iglesia está viva precisamente porque todavía puede convertirse. Necesitamos una Iglesia capaz de proteger sin endurecerse, enseñar sin imponerse, reconocer el pecado sin reducir a nadie a su peor pecado, rezar sin escaparse del mundo, ejercer autoridad sin enamorarse del poder y anunciar a Jesucristo sin ponerse ella misma en el centro.
Una selfie honesta necesita mostrar las sombras. Y también dejar que aparezca toda la luz.


