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El diablo

El diablo

“Una vez, estando en un oratorio, se apareció a mi izquierda con una forma abominable”. Teresa de Ávila no habla del diablo como un símbolo. Habla de alguien que afirma haber visto. Observa su boca “aterradora”, oye su voz “terrible”, nota que “una gran llama, muy clara, sin sombras, parecía emanar de su cuerpo”, ve su frente con cuernos y anota cada detalle como cronista de lo invisible.



El diablo se le aparece como “un pequeño negro horroroso”. Y cuando relata cómo logró liberarse de él, incluso muestra un toque de ironía: “He comprobado muchas veces que para ahuyentar al diablo e impedir que regrese, no hay mejor medio que el agua bendita. Huye incluso ante la cruz, pero luego regresa. ¡La virtud del agua bendita debe ser bien grande!”.

Las grandes místicas cristianas –desde Teresa hasta Hildegarda de Bingen y Juliana de Norwich– no hablan del mal como una categoría abstracta. Lo encuentran, lo reconocen y lo combaten. Y Teresa, santa y doctora de la Iglesia, formula además una idea sorprendentemente moderna: el peligro más insidioso no viene de fuera, sino de dentro.

Se trata de la falsa humildad, la autocrítica despiadada, la creencia de que uno no merece la gracia. Lo que ella llama “melancolía espiritual” se interpreta hoy como una extraordinaria premonición psicológica: el mal que convence a las mujeres de que no son lo suficientemente dignas. Esto plantea una pregunta antigua y de gran relevancia: ¿quién es el diablo de las mujeres? ¿qué rostro adopta hoy? ¿y por qué una revista como ‘Donne Chiesa Mondo’ elige explorar este tema?

No son aliadas

Porque, ante todo, las mujeres no son el diablo, aunque durante siglos la cultura occidental las haya retratado como sus aliadas. Eva ha sido interpretada como la responsable de la Caída, la mujer que persuadió a Adán a desobedecer; Dalila se convierte en el modelo de la seductora manipuladora destinada a perdurar a través de los siglos porque es la mujer que traiciona a Sansón al revelar su secreto y engañarlo para que se corte las siete trenzas que sostenían su prodigiosa fuerza.

El mismo prejuicio emerge en las duras palabras de Tertuliano, quien llama a las mujeres “la puerta del diablo”, contribuyendo a consolidar una larga tradición de sospecha hacia ellas. Incluso las leyendas populares relatan esta asociación. Este es el caso de Lucida Mansi, una noble del siglo XVII de Lucca transformada por el mito en un símbolo de la vanidad femenina.

Fallecida a los 43 años, se la describe como una mujer hermosa, disoluta y cruel que asesinó a sus jóvenes amantes y, cuando el espejo le devolvió su primera arruga, hizo un pacto con el diablo: treinta años de belleza inalterable a cambio de su alma. Tres décadas después, cuando el diablo exige una cumplir una promesa, intenta escapar. Fracasa. Queda condenada para siempre.

El diablo

Adriaen Collaert, “Teresa triunfa sobre los demonios”, 1613

En la tradición cristiana, el diablo no es una figura folclórica. En los Evangelios y en la reflexión teológica, representa al ser que separa a los humanos de Dios, de la verdad y de sí mismo. El término griego diábolos significa “el que divide”.

La teóloga Stefanie Knauss, de la Universidad de Villanova, explica que “en la Iglesia, la identificación de las mujeres como ‘colaboradoras’ del mal proviene de una interpretación parcial de la Biblia que subraya la estrecha relación entre Eva y la serpiente. Esta relación se sexualiza, aunque este elemento está ausente en las Escrituras. La mujer es quien empuja a Adán a transgredir el mandato de Dios. Esta perspectiva se ve reforzada por la tradición griega que asocia lo femenino con la corporeidad, las pasiones y lo irracional. Religión y filosofía convergieron, en la Edad Media, en la persecución de las brujas”.

Tentadora

Según Knauss, “el prejuicio sobrevive incluso a la modernidad. Por un lado, el patriarcado encuentra en la religión una justificación para la inferioridad femenina y la necesidad de controlar su comportamiento, especialmente el sexual. Por otro, la Ilustración exalta la racionalidad devaluando el cuerpo, las emociones y la sensibilidad, asociadas una vez más a las mujeres. La teología y la filosofía, aunque desde perspectivas diferentes, terminan así reforzando la figura de la mujer como tentadora”.

Pero junto al ámbito de la fe, existe también uno cultural y antropológico. El diablo es una figura narrativa que abarca siglos, adoptando diferentes formas: miedo social, control moral, represión del deseo y construcción del enemigo. En la historia occidental, el diablo no solo ha sido una creencia religiosa, sino también un lenguaje colectivo a través del cual las sociedades han expresado inquietudes, conflictos y temores.

Hoy, ha abandonado los cuernos y las pezuñas para adoptar formas culturales, económicas e interiores. Persisten los antiguos estereotipos: la manipuladora, la seductora, la histérica, la mujer demasiado ambiciosa o demasiado emocional. El control sobre el cuerpo femenino aún se basa en la misma lógica que durante siglos ha asociado a las mujeres con la tentación, y las cifras lo confirman. Según datos estadísticos italianos, casi uno de cada cuatro italianos cree que una mujer puede provocar violencia sexual a través de su forma de vestir.

Mujeres seductoras

Para la hermana Anna Maria Vitagliani, religiosa de Nazaret y directora de los Ejercicios Ignacianos, el tema de la seducción merece una reflexión más sutil. “Durante siglos, ha sido la acusación contra las mujeres y la característica por la que se las ha asociado con lo diabólico. La cuestión es que las mujeres somos potencialmente seductoras porque somos extraordinariamente intuitivas. Entendemos y sentimos a los demás. Esto no es malo en absoluto”.

El riesgo surge cuando esta capacidad se convierte en manipulación o se transforma en lo que la monja llama “el espíritu de una enfermera de la Cruz Roja o el complejo de salvadora”: la necesidad de salvar a todos, de asumir todos los problemas o de existir únicamente a través del cuidado de los demás. “Nosotras, las mujeres, somos instintivamente maternales, instintivamente viscerales; a esto se le suma la educación, los modelos interiorizados. Esto es una fragilidad, no un pecado ni algo demoníaco. Sin embargo, a partir de ahí, el enemigo puede infiltrarse”, concluye.

Impulso demoníaco

Para Francesca Serra, estudiosa de Hildegarda de Bingen, “el demonio femenino por excelencia de nuestro tiempo es la obsesión por un cuerpo performativo, por sobreexponerlo hasta el agotamiento, por mantenerlo perpetuamente sexualizado, incluso como un cadáver”. “La ansiedad por la perfección revela un profundo desprecio por el cuerpo. Este último carece de valor a menos que sea productivo”.

Se trata de un impulso demoníaco, para Serra, en el sentido etimológico del término, porque divide, porque “separa el cuerpo de su dimensión sagrada, de la Creación y de las genealogías y el conocimiento femeninos, y lo ‘encierra’ en el mercado”.

“Un proceso que comenzó con el fin de la Edad Media y se aceleró con la Revolución Industrial, en la que el cuerpo mágico se transformó en carne para ser confinado a las fábricas o, en el caso de las mujeres, al hogar. Ahora estamos presenciando una nueva evolución. El control capitalista y patriarcal sobre el cuerpo ha sido interiorizado por las propias mujeres, que se miran, se miden y se pesan con los parámetros del anterior”, asegura Serra.

El diablo

Alberto Durero, “Melencolia”, 1514

La exigencia de rendimiento, una maternidad perfecta, éxito profesional, la necesidad de ser a la vez deseable, productiva, cariñosa e impecable: ¿coincide lo nuevo demoníaco con la imposibilidad de simplemente humanas? “Construir sobre lo bueno significa aceptar los límites y las debilidades de la humanidad sin considerarlos un error que corregir”, escribe el Papa León XIV en ‘Magnifica Humanitas’.

¿Y si el verdadero pacto diabólico contemporáneo reside en la incapacidad de aceptar estos límites? ¿Y si consiste en intercambiar el propio valor por el juicio ajeno, la autoestima por la aprobación? No es casualidad que en los últimos años se haya popularizado el término ‘mom guilt’, ese sentimiento de culpa que acompaña a muchas madres al creer que nunca hacen lo suficiente. Y que hayan surgido movimientos como “No Mom Guilt”, que reivindican la posibilidad de ser madres sin tener que disculparse constantemente.

Frustración

Para Maria Grazia Bovani, quien junto a su esposo Umberto dirige los Ejercicios Espirituales en el Santuario de Boves –un centro de espiritualidad en Piamonte– una de las principales tentaciones contemporáneas es precisamente la obligación de elegir entre la realización personal y el cuidado de la familia. Dice que “es obvio que conciliarlas es difícil. La tentación, sin embargo, reside en su naturaleza extrema, que lleva a muchas a verse obligadas a elegir, con enorme peso, una u otra”.

El problema es la exigencia imposible de serlo todo a la vez. “Esto de ser una supermadre, una superesposa, una superprofesional… es demoníaco porque impide a las mujeres ver su valor intrínseco, apreciar su forma de ser, única y singular”. Esta presión genera frustración e impide que las mujeres reconozcan su propio valor independientemente de su desempeño.

“Como dice Ignacio, la pesadez es señal de tentación. Cuando uno se encuentra en este estado, es mejor no tomar decisiones, pues podrían no corresponder a sus verdaderos deseos. Es mejor esperar, dejar que las cosas se calmen. El consuelo trae ligereza, plenitud y vida”.

Espiritualidad ignaciana

En la espiritualidad ignaciana, el mal se reconoce por sus efectos. Ignacio de Loyola casi nunca habla del diablo. Prefiere la expresión “enemigo de la naturaleza humana”. Como explica la hermana Vitagliani, no es enemigo de Dios, sino de la persona. Mientras Dios nos impulsa hacia “más vida”, el enemigo busca mortificarnos. Para las mujeres, esto puede traducirse en la creencia de que deben demostrar siempre su valía: estar siempre disponibles, siempre necesarias, siempre perfectas. Quizás sea aquí donde el diablo contemporáneo se hace reconocible.

No en grandes transgresiones, sino en las pequeñas frases que muchas mujeres se repiten a sí mismas cada día; no soy suficiente: no soy lo suficientemente guapa, no soy lo suficientemente joven, no soy lo suficientemente madre, no soy lo suficientemente competente, no soy lo suficientemente delgada, no soy lo suficientemente fuerte. Teresa de Ávila vio al diablo sentado a su lado en el oratorio.

Las mujeres del siglo XXI lo encuentran con más frecuencia en el espejo, en los algoritmos, en la comparación incesante con modelos imposibles y en las expectativas que las aplastan entre la perfección y la culpa. En definitiva, el desafío sigue siendo el mismo que hace cinco siglos: reconocer la mentira. Porque el diablo, incluso antes de ser una presencia, es una división. Y la libertad comienza cuando una mujer deja de mirarse a sí misma con ojos de juicio y vuelve a mirarse con sus propios ojos.

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*Artículo original publicado en el número de julio de 2026 de Donne Chiesa Mondo. Traducción de Vida Nueva