Carl Maria von Weber (Eutin, 1786–Londres, 1826), vivió y murió –joven, con solo 39 años– una profunda fe, reflejada sin duda en el eremita de ‘El cazador furtivo’ (1821), la primera gran ópera romántica alemana. Ese personaje simboliza a la perfección lo que fue su música y su corta vida: un testimonio de gracia divina, de autoridad moral y de perdón.
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El compositor, y el hombre, dejó continua constancia –como en sus dos formidables ‘missa sancta’– de su devoción católica, compleja como la Alemania a la que le dio identidad musical, pero enormemente vivida: “Confío en Dios y no tiemblo”.
“La madre, la actriz y cantante Genovefa von Weber, treinta años más joven que su esposo, Franz Anton, pertenecía al entorno católico del sur germánico, aunque el nacimiento y bautismo de Carl Maria se produjeran en un contexto confesional complejo y mayoritariamente protestante. De hecho, aunque se declarará católico toda su vida, el niño fue bautizado por un predicador luterano. Esta circunstancia no es excepcional en el clima fragmentado de la Germania del XVIII, pero sí revela la flexibilidad con la que se vivían entonces las identidades nacionales y religiosas”, escribe el compositor y director de orquesta Ernesto Monsalve en Scherzo.
Imagen del busto del artista grabado en cobre por el escultor Carl Christian Vogel von Vogelstein en 1823 Foto: Vida Nueva
En cualquier caso, para el joven pianista resultó premonitorio, en tanto que entendió –como se lee en sus innumerables cartas– que hizo continuamente profesión de fe, a lo que la partitura no fue en absoluto ajena. Entre todas, quizás la que le definió fue “Wie Gott will!”.
Hasta el punto de que da título a uno de sus retratos más conocidos, un busto grabado en cobre por el escultor Carl Christian Vogel von Vogelstein en 1823. Ese “Si Dios quiere” fue literalmente el “lema de su vida”, como llega a afirmar Romy Donath, actual directora del Carl Maria von Weber Museum de Dresde.
La voluntad de Dios
Esa invocación a Dios –y no solo de palabra– la llevó también a las óperas, especialmente a la famosa ‘El cazador furtivo’ (1821), donde el bien y el mal combaten entre escenografías de la mitología popular alemana. Pero también a otras composiciones para concierto –sobre todo ‘lied’, la canción característica del romanticismo alemán–, donde la voluntad de Dios, la providencia divina, están continuamente presentes. Una de las más reconocidas es ‘Abschied vom Leben’, compuesta a partir de un poema de Theodor Körner, precisamente sobre la confianza en la voluntad de Dios.
La música sacra es un pilar fundamental en su carrera, sobre todo tras el encuentro en Dresde con el abbé Georg Joseph Vogler en 1803, y no solo como proclama Monsalve en lo musical: “Más adelante, en Viena, entró en contacto con el padre Georg Joseph Vogler. Aquella fue una figura tan controvertida como influyente, pues su poco ortodoxa pedagogía dejó una profunda huella en Weber y en muchos de sus contemporáneos, especialmente en lo tocante a la armonía, la orquestación y la libertad formal”.
Vogler, maestro de capilla y organista, transmitió al adolescente Weber que la música es “el lenguaje más puro para comunicarse con Dios y elevar el alma de los oyentes”.
Un regalo del cielo
Weber expresó esta intensa relación con Dios –para él, la música nunca dejó de ser un “regalo del cielo”– a través de composiciones litúrgicas, compuestas sobre todo para la corte católica de Dresde, como la Missa Sancta N.º 1 en mi bemol mayor, Op. 75a (Freischütz-Messe), escrita entre 1817 y 1818. Es decir, mientras componía Der Freischütz, la ópera traducida como ‘El cazador furtivo’ (1821).
Más brillante –y festiva– es la ‘Missa Sancta N.º 2 en sol mayor’, Op. 76 (Jubel-Messe), que entre 1818 y 1819 concibió para celebrar las bodas de oro del rey Federico Augusto I de Sajonia, y que fue tachada de “demasiado operística”. Pero Weber veía así también la eucaristía: como una gran fiesta de la fe.
