La selección española de fútbol se ha coronado como la ganadora de la Copa del Mundo. Se impuso el domingo 19 de julio a Argentina gracias a un gol de Ferran Torres. España logra su segunda estrella, dieciséis años, como el país menos goleado del torneo y con un reconocimiento internacional forjado partido a partido.
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El seleccionador Luis de la Fuente ha explicado que el secreto del éxito no lo es tal. Frente a las mejores selecciones del mundo con estrellas reconocidas, él ha buscado confomar “el mejor equipo del mundo”. “Ese equipo se forma con buenas personas, gente solidaria, con valores y principios que anteponen el bien común al bien particular”, desveló.
Lo cierto es que De la Fuente ha logrado conformar un grupo que ha desterrado los protagonismos individualistas y la dependencia de un liderazgo único. La rotación de los jugadores en las diferentes fases del Mundial ha reflejado la fortaleza que ofrece la unión en la diversidad cuando hay un objetivo compartido, dejando aflorar cómo los acentos que presenta cada uno enriquecen al proyecto de todos. Ese ‘nosotros’ es el que ha llevado a construir una realidad nueva, ese todo superior a la parte del que hablaba el papa Francisco.
Triunfo de la selección española en el Mundial de fútbol en Nueva York. Foto: Real Federación Española de Fútbol
Esta lección magistral la regala sin buscarlo un hombre profundamente creyente, que se ha expresado con naturalidad en sus comparecencias públicas, alejado de cualquier mercadeo o superstición milagrera. “Rezo todos los días, pero no porque esté en un Mundial ni pretendo sacar un resultado. Sería injusto pedirle ayuda a Dios para que me ayude a mí y no al rival”, llegó a decir en la antesala de la final.
Campeona del juego limpio
Esta coherencia personal y madurez en la fe se han traducido en una deportividad que ha contagiado a sus jóvenes. Y es que ahí también la selección española se ha mostrado como una campeona del juego limpio. Orillar las provocaciones y agresiones que sufrieron en el partido definitivo no se improvisa. Es fruto de sesiones de trabajo en las que han potenciado la deportividad y el respeto en un contexto de tensión y crispación.
Este proceder del entrenador resulta interpelante para una Iglesia inmersa en una dinámica sinodal, llamada a ser comunión en la misión desde una corresponsabilidad real. La catolicidad y la sinodalidad se entrenan, desde la escucha del Espíritu, al acoger y potenciar los matices que aporta cada uno desde su vocación y ministerio, lo mismo los delanteros que los defensas, el obispo que el diácono, el portero que el central, la religiosa que el converso. El balón de la sinodalidad está rodando y depende de todos y de cada uno lograr que nadie se quede fuera de juego, sino que participe en cada pase, en cada remate.
