Sonó el último silbatazo y España levantó merecidamente la Copa del Mundo 16 años después de Sudáfrica 2010. Millones de personas celebraron una victoria que ya forma parte de la memoria deportiva del país y, sin embargo, cuando se apaga el estadio y el confeti deja de caer, aparece una pregunta más importante que el resultado: ¿qué queda cuando termina un Mundial?
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Durante varias semanas, el fútbol volvió a reunir a pueblos, generaciones y personas de culturas distintas que viajaron, se encontraron y compartieron una misma emoción. Los estadios estuvieron llenos de banderas, lenguas y rostros diferentes. También de trabajadores, voluntarios, médicos, cocineros, conductores, utilleros y equipos de seguridad que hicieron posible la fiesta sin aparecer casi nunca en las fotografías.
Esa es quizá la primera gran lección: nadie llega solo. La copa la levanta un equipo, pero un Mundial lo sostienen miles de personas que nunca tocarán el balón. Detrás de cada futbolista hay familias, entrenadores, compañeros, médicos y formadores. Detrás de cada victoria hay una red de relaciones, sacrificios y fidelidades silenciosas.
La Selección Española también nos recordó algo esencial: su triunfo no fue únicamente el resultado de grandes individualidades, sino de una manera de jugar en la que el balón circula y el protagonismo se comparte.
El verdadero símbolo del fútbol quizá no sea el disparo, sino el pase, porque pasar el balón significa levantar la cabeza, reconocer que no podemos hacerlo todo solos y confiar en que otro continuará la jugada. También significa aceptar que quien comenzó en la banca puede terminar decidiendo el partido. Así se ganó un Mundial donde la calidad del vínculo acabó siendo tan decisiva como la calidad técnica.
Más grande que sí mismo
Esta lógica vale también fuera del campo, donde la familia, la empresa, la comunidad cristiana y la propia Iglesia necesitan personas capaces de asumir su responsabilidad sin apropiarse de toda la misión. La comunión no elimina la responsabilidad personal; la vuelve más necesaria y, por eso, cada uno debe responder por su metro de cancha, sabiendo que juega para algo más grande que sí mismo.
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