Las vacaciones estivales pueden convertirse en una gran experiencia de renaturalización de nuestras vidas si somos capaces de combinar la inmersión en la naturaleza con la reconexión, contemplación y fraternidad con sus criaturas, un estilo de vida sano y sostenible, y la unión con Dios a través de la Creación que nos regaló, que despliega las formas del amor y cuyo ser sigue sosteniendo cada día.
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Lamentablemente, también los incendios que estamos sufriendo, el turismo masificado, la visión de los abusos inmobiliarios contra el paisaje y el consumismo forman parte de esa experiencia. Hechos que agudizan nuestra conciencia y nos urgen al compromiso activo.
El descanso veraniego abre nuestros sentidos y nos invita a meditar en naturaleza. El legado del naturalista Félix Rodríguez de la Fuente, padre espiritual de varias generaciones, nos ayuda a alimentar esa meditación. Para él, la contemplación curiosa, estudiosa y compasiva de los animales y plantas era una vía para el amor, porque, a su juicio, “del conocimiento nace el amor”.
Admirar la silueta del vuelo de la aves, descubrir el secreto de los pequeños insectos o asombrarse ante el salto de los peces llevó a Félix a que le invadiera “un profundo sentimiento de ternura, de amor a la Madre Tierra, de hermandad con sus criaturas”.
Mano destructora
Se escandalizaba Félix de que la mayor obra de la creación divina, la que es a su imagen y semejanza, fuese su destructora: “Todas cuantas criaturas poblamos el planeta hemos salido de las manos del Creador y dependemos de su eterna Providencia. ¿Va a ser precisamente el ‘Homo sapiens’, el más favorecido por el Sumo Hacedor, quien se atreva a enmendar la plana de su Obra?”.
Dejemos que el verano nos hermane con todas las criaturas, sean piedras, flores o zorros, cuidemos y celebremos la comunidad de vida que formamos bajo el sol de Dios.
