Trinidad Ried
Presidenta de la Fundación Vínculo

Un cambio de percepción


La percepción es el proceso mediante el cual recibimos, organizamos e interpretamos la información captada por nuestros sentidos para darle significado a lo que sucede dentro y fuera de nosotros.



Los ojos, por ejemplo, registran colores y formas, pero es la percepción la que nos permite reconocer un rostro, advertir un peligro o descubrir una escena placentera.

Influida por las experiencias vividas

Nuestra manera de percibir está influida por las experiencias vividas, las emociones, las expectativas, la cultura y aquello en lo que fijamos nuestra atención. Por eso, dos personas pueden interpretar de manera muy distinta una misma situación.

Incluso nosotros podemos contemplar un mismo acontecimiento de otra forma cuando ha pasado el tiempo o ha cambiado nuestro estado interior.

Muchas veces sufrimos más por la interpretación que hacemos de lo ocurrido que por el hecho mismo. Una percepción distorsionada puede intensificar el miedo, mientras que una mirada más amplia y proporcionada nos ayuda a recuperar la confianza y la paz.

Fuertes temporales e inundaciones

En estos días hemos vivido en Chile fuertes temporales e inundaciones que han afectado a numerosas localidades. Hasta ahora, mi reacción ante las fuerzas desatadas de la naturaleza había sido de terror. Cada segundo esperaba que ocurriera lo peor, condicionada por experiencias anteriores en las que había sentido peligro, desamparo e indefensión.

Esta vez decidí mirar de frente ese temor que estaba limitando mis decisiones, debilitando mi ánimo y afectando incluso mi salud. Procuré observar racionalmente la situación, distinguir los peligros reales de aquellos imaginados por mi mente y escuchar también el corazón.

La prudencia seguía siendo necesaria, pero el miedo debía guardar proporción con lo que verdaderamente estaba ocurriendo.

La atención en todo lo que tenía

Para lograrlo, me ayudó poner la atención en todo lo que tenía para agradecer, escuchar la percepción de otras personas y solidarizarme con quienes estaban sufriendo directamente las consecuencias del temporal. Fue un buen “cachetazo” para la “loca de la casa”, que por fin logró serenarse.

Pero, al ir más hondo, quizás una de nuestras percepciones más dolorosas sea creer que estamos separados de Dios; sentir que hemos quedado abandonados a nuestra suerte en medio de los avatares de la vida y que contamos únicamente con nuestros propios recursos y capacidades para enfrentar la adversidad.

Inundaciones II

Al percibirnos separados, aparece el temor, desconfiamos unos de otros y nuestra mente se infla, como un pez globo, de angustia y desesperación. Pensamos que solo en ciertos momentos excepcionales logramos acercarnos al Padre y llegamos a imaginarlo arbitrario o ambivalente en su protección.

Dios no es así

Esta percepción puede provenir de experiencias reales de abandono y descuido por parte de quienes debían cuidarnos, pero Dios no es así.

Jesús nos enseñó algo mucho más profundo: Él y el Padre son uno, y nosotros, al permanecer en su amor, estamos unidos a Él como los sarmientos a la vid. Acoger esta verdad nos permite avanzar desde la incertidumbre hacia la confianza.

La confianza cristiana puede convivir con el dolor, la injusticia y la pérdida. Hay trigo y cizaña dentro de nosotros y en el mundo, pero Dios permanece a nuestro lado hasta el final y puede hacer brotar amor, aprendizaje y sentido incluso de aquello que todavía no alcanzamos a comprender.

Abandonar la desesperanza del sinsentido

Esa confianza nos ayuda a abandonar la desesperanza del sinsentido y a esperar, aunque sea lentamente, una comprensión más profunda de su presencia y de su acción amorosa. Nos permite atravesar el miedo, entregarnos y descansar en Él.

El dolor continúa doliendo, pero deja de ser únicamente un territorio vacío y solitario. La alegría puede entonces convivir con las lágrimas.

Cuando cambia nuestra percepción de la relación con Dios, también cambia la manera en que contemplamos a los demás y a la creación. El Señor puede valerse de la naturaleza, de los vínculos, de los acontecimientos cotidianos y hasta de nuestra fragilidad para expresarnos cuánto nos ama y nos cuida.

A veces nos atrincheramos

Somos nosotros quienes muchas veces dejamos de percibir ese amor: nos atrincheramos, nos creemos propietarios absolutos de la tierra, acaparamos y peleamos por el poder, la riqueza o la necesidad de tener la razón. Esto ocurre entre los líderes y los poderosos, pero también en nuestros vínculos más cercanos.

¡Cuántas veces nos distanciamos por heridas, prejuicios, desconfianzas y resentimientos que nos impiden reconocer la profunda unión que existe entre nosotros!

Somos sarmientos de una misma vid. En la medida en que aprendamos a mirarnos desde esa pertenencia, podremos comenzar a construir verdaderamente el Reino de Dios.