La comunión vale más que los recursos jurídicos y las negociaciones entre clericalismos. No basta con apelar al derecho.
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Por todo ello, hay que apuntar que la ruptura exige conversión, escucha del Pueblo de Dios y una sinodalidad que transforme estructuras.
Introducción: el problema que nos interpela
La reciente maniobra administrativa de los lefebvrianos (recurrir al Derecho Canónico para intentar suspender la excomunión impuesta por ordenar obispos sin mandato pontificio) no es un simple pleito jurídico. Es la manifestación de una ruptura más profunda: la pretensión de convertir la sucesión apostólica en un rito autónomo, desvinculado de la comunión eclesial.
También implica la tentación de resolver una fractura teológica y pastoral con artimañas legales. La tradición no es patrimonio de una casta clerical ni la autoridad un instrumento para proteger privilegios; es servicio al Pueblo de Dios y fidelidad al Evangelio.
I. El peligro del legalismo: cuando la letra mata el espíritu
El recurso administrativo que busca anular la sanción canónica revela una fe en el Derecho que sustituye a la fe en la comunión. El lefebvrismo ha hecho de la liturgia, del rito tridentino y de una idea de tradición cerrada su búnker, haciendo que la tradición deje de ser memoria viva y pase a ser un fetiche.
La sucesión apostólica, en la historia de la Iglesia, no es un mecanismo mágico que reproduce autoridad por sí mismo: es una sucesión en comunión. Requiere respirar mediante una sucesión profética que ausculte los nuevos “signos de los tiempos” para no morir asfixiada con formulaciones hechas con culturas perimidas.
Esta lefebvriana es una herida que nos obliga a mirar donde antes no mirábamos; revela lo que dábamos por supuesto. Es un síntoma de preguntas más profundas que no responden la disputa legal o litúrgica.
Jesús fue implacable con quienes reducían la fe a cumplimiento ritualista y legalista. Recordemos su denuncia: “¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! Porque cerráis el reino de los cielos delante de los hombres; ni entráis vosotros, ni dejáis entrar a los que quieren entrar” (Mt 23:13).
Su crítica no era rebeldía contra la ley, sino el reclamo para que la ley sirva a la vida y a la compasión, no para la preservación de privilegios de los fariseos (del hebreo pĕrušīm, “separados”).
Cuando la autoridad eclesial se convierte en instrumento para proteger una identidad clerical cerrada, separada y por encima del Pueblo, reproduce el mismo pecado que Jesús condenó: la sustitución del amor por la letra.
El recurso legal es insuficiente y peligroso: no aborda la raíz teológica de la ruptura y normaliza la idea de que la comunión puede ser negociada en despachos jurídicos. La historia de la Iglesia enseña que las soluciones meramente jurídicas no curan las heridas del Pueblo de Dios. Solo pueden hacerlo los procesos de escucha, arrepentimiento y conversión comunitaria.
La Tradición para la Iglesia católica es la transmisión viva del depósito de la fe, inseparable de la Escritura y del Magisterio, que permite que la Revelación se custodie y se actualice bajo la acción del Espíritu Santo. La deformación lefebriana consiste en petrificar esa Tradición en un conjunto cerrado de formas históricas e interpretar todo desarrollo (especialmente el Concilio Vaticano II) como ruptura o corrupción.
II. Clericalismo frente a Pueblo de Dios: la disputa por el sujeto eclesial
La disputa entre Roma y la Fraternidad Sacerdotal San Pío X revela una disputa por el sujeto de la Iglesia. Mientras los lefebvrianos defienden un modelo elitista y cerrado, la recepción auténtica del Concilio Vaticano II apunta a una Iglesia entendida como Pueblo de Dios, corresponsable y sinodal.
El recurso legal que pretende anular la excomunión tiene una lógica de casta: negociaciones entre clérigos para proteger a clérigos, con el Pueblo de Dios ausente.
Por eso, este cisma pone a prueba una débil sinodalidad muy proclamada y poco implementada. El riesgo del “gatopardismo” eclesial (cambiar las formas para que todo siga igual) es real: se multiplican asambleas, pero las decisiones siguen concentradas en las minorías de siempre.
Basta enterarse hace algunos días cómo el Vaticano prohibió la predicación ocasional de laicos preparados en la misa a propuesta de la sinodalidad alemana…
Consagración episcopal ilícita organizada por la Fraternidad Sacerdotal San Pío X en Ecône (Suiza). Foto: EFE
Jesús nos ofrece criterios para discernir: “El sábado fue hecho para el hombre, y no el hombre para el sábado” (Mc 2:27). La norma existe para la vida; la autoridad existe para el servicio. Cuando la liturgia, la disciplina o el Derecho Canónico se convierten en fines en sí mismos, la Iglesia traiciona su misión. La sucesión apostólica que no se vive en comunión es un rito vacío.
Además, la estrategia legal puede alentar a otros grupos integristas que sueñan con restaurar un pasado idealizado y sepultar la apertura conciliar.
Si la sanción a quienes actúan fuera de la comunión se relativiza por procedimientos técnicos, se abre una puerta a la normalización de actitudes preconciliares que ya fueron superadas por la Iglesia en su camino de apertura y diálogo.
Mientras la Iglesia se reduzca a sus cúpulas clericales (sea Roma o la Fraternidad San Pío X), serán solo matices en la ideología eclesiástica donde el destino de la Iglesia depende solo de componendas entre cúpulas.
Conclusión profética y esperanzadora
No necesitamos más pleitos jurídicos; necesitamos conversión y sinodalidad auténtica. Necesitamos responder con claridad: la sucesión apostólica es legítima solo en la comunión; la tradición es viva cuando camina con el Pueblo de Dios y la historia.
Esto exige coraje: no basta con sancionar ni hacer concesiones particulares; hace falta un proceso que incluya a las comunidades, que escuche a las víctimas de los clericalismos y que recupere la práctica del discernimiento comunitario.
Siguiendo la lógica evangélica, el juicio se demuestra en la humildad y en la cercanía a los excluidos, algo alejado de esta secta de diseño para clases acomodadas.
La espiritualidad liberadora mira a los pobres y toca sus heridas, es siempre la brújula para salir de las crisis. No se trata de aplastar a nadie, sino de reconstruir la comunión sobre la verdad y la justicia.
Es importante que la Iglesia no responda a la fractura con más legalismo, sino con conversión, escucha y reparación. Solo así la sucesión apostólica tendrá sentido: no como fetiche, sino como servicio compartido al Evangelio y al Pueblo de Dios.
Entonces, la sinodalidad dejará de ser un eslogan y se convertirá en la forma concreta de ser Iglesia en el mundo de hoy.
