Cáritas es, hoy por hoy, la plataforma social de lucha contra la pobreza con mayor capilaridad de España. Así lo visibiliza su memoria 2025, que pone en el foco al millón de personas a las que se acompañaron en nuestro país, a los que hay que sumar otro millón más allá de nuestras fronteras.
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Una labor que solo es posible gracias a la entrega de los casi 68.000 voluntarios y los más de 6.000 trabajadores que se dejan la piel y el alma para dignificar con nombres y apellidos a quienes se ven arrojados fuera del sistema.
Tal y como expone en ‘Vida Nueva’ la secretaria general de Cáritas Española, María González Dyne, la principal urgencia de la organización pasa por abordar una exclusión cronificada en rostros tan diversos como el del migrante, el desempleado, las víctimas de la trata, los que tienen un trabajo precario, el joven sin acceso a la vivienda, los niños y ancianos descartados por la brecha digital…
La Iglesia no quiere ni puede ponerse de perfil ante esta crisis estructural. Es más, está llamada a ser voz de denuncia y motor de cambio, como lo ha testimoniado a través del proceso de regularización extraordinaria. Se han volcado todos: desde quien ha asesorado en un salón parroquial sobre el papeleo a quien ha batallado en los pasillos de las Cortes, sin olvidar el respaldo implacable de León XIV en su viaje a España. El Papa instó a redoblar el compromiso eclesial en la pastoral migratoria en particular y, con la Doctrina Social, en general.
Su contundente homilía en la misa del Corpus Christi, ante un millón y medio de personas, no deja lugar a dudas: “Nadie puede arrodillarse ante el Señor y despreciar al hermano”. Esta máxima evangélica resuena con más fuerza en medio de discursos polarizantes que hablan de prioridades nacionales y de derivas intimistas y desencarnadas de la fe.
Acción social de la Iglesia
Incluso, con voces eclesiales de fondo que, si no cuestionan la acción social de la Iglesia, sí continúan sembrando la sospecha sobre lo que consideran un credo descafeinado, olvidando ese riesgo de caer en una fe ideologizada que tanto preocupaba a Francisco y que preocupa –tal y como ha manifestado públicamente y en privado– a León XIV.
En este contexto, la misión de Cáritas es la del resto de realidades eclesiales que nunca han perdido de vista que la opción preferencial por los pobres no es un anexo. Es la Buena Noticia de Jesús de Nazaret encarnada en un tiempo y en un lugar concretos, con un ser y hacer inequívocamente cristiano.
Y tan católica como para acoger a creyentes y no creyentes, sin reservarse el derecho de admisión y sin miedo a perder la identidad por abrirse de par en par al mundo. Porque es esa magnífica humanidad la que a Cáritas le hace redescubrir a los crucificados de hoy en el Crucificado.
