1. En la vida cotidiana
La vida es un arcoíris de experiencias y ante cada una de ellas la forma de festejarla, indefectiblemente, variará. Están aquellos momentos, que quedan como bálsamos de la existencia. Existen personas que tendrán un rol de transitoriedad, porque están en algún momento de la historia y luego; por diversas razones, se dejan de frecuentar. Con el tiempo se hará memoria de todo lo vivido y, según el balance realizado, se dará gracias o se lamentará dicha presencia. También tienen un lugar muy importante, quienes dejan huella brindándonos identidad, características, proyectos, etc., y que siempre están presentes.
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Lo más hermoso de esta vida es que nos ha vivido y nos permite recordar, re–vivir el pasado haciéndolo presente con emociones, frutos y hechos.
Con el correr del tiempo, el protagonismo lo tomarán otros y ellos celebrarán algo similar… Aunque seguramente aportándole sus propias características, vivencias y lo novedoso de cada tiempo, porque:
“Celebrar es alabar, glorificar, bendecir, gozar. En toda fiesta siempre se alaba las cualidades del que invitó o de algún comensal en particular. Se bendice, que no sólo es decir una oración sobre los alimentos, sino que es decir cosas buenas, desear el bien sobre una o más personas. Por eso, celebramos bendiciéndonos unos a otros. También se goza. Deleitarse es alegrarse en y con los comensales, disfrutar de sus presencias, mutuamente” (Curia, Christian, 2006, pág. 48)
2. En la fe cristiana: creer es festejar
¿La fiesta tiene un lugar destacado en la fe que sigue al Mesías nacido en Palestina? La pregunta tiene una sola respuesta: ¡SI! (así, en mayúscula y con signos de admiración). En primer lugar, porque forma parte de la vida misma, es un acto que, por lo general, invita a participar y ser parte. En segundo lugar, es valorar lo importante de lo secundario, reconociendo a los demás como valiosos, revalorizándolos por su presencia y aportes brindados. También, porque es traer al presente, por medio de la memoria, los sueños, anhelos y proyectos de otros seres humanos que se compartieron con nosotros y de quienes heredamos muchas peculiaridades. Porque, en definitiva, es expresar y periodizar el acompañamiento vital.
Desde la Sagrada Escritura podemos apropiar algunos criterios para descubrir la importancia de la fiesta. Ya en el Primer Testamento nos encontramos con alegorías y afirmaciones concretas sobre el festejo, principalmente relacionada con lo cultual, sin embargo, por lo general nada queda exento. Tal es así, que se festeja el casamiento durante una semana, incluso si tenía dos esposas (Gn. 29, 14 – 30). Algunos se desempeñan a la manera de encargados al peticionar al Faraón que el pueblo viva en libertad así celebrar a Yahveh (Ex. 5, 1 – ss), una vez que salen de esa esclavitud, el texto nos presenta que es Dios quien establece ese día como una fiesta en su honor (Ex. 12, 1 – 20), instituyendo así la fiesta de la Pascua, la fiesta de los Ácimos (Ex. 13, 3 – 10), y todas las que de ella brotan: la de la Cosecha y de la Recolección (Ex. 23, 14 – 17). El libro del Éxodo contiene traducciones que hacen hincapié en la fiesta del Señor con su pueblo. En el libro de los Números podemos encontrar prescripciones para las festividades (Núm. 28, 1 – ss). En muchos textos los autores sagrados dan a entender que es Él quien toma la iniciativa en “poner vestidos de fiestas” (Is. 3, 22. 30, 29; Zac. 3, 4 – 5. Sal. 30/29, 12), e invita a festejar y hacer sonar los instrumentos musicales porque él actúa en favor del pueblo (Sal. 81/80), 4). Para el creyente de la primera alianza, el obrar de Dios es motivo para celebrar y recordar. Desde esta experiencia, podemos hacer la asociación afirmando que al transmitir a las generaciones las maravillas realizadas, se festeja la iniciativa divina, y ésta queda revelada como amor permanente: “grandes cosas, hizo el Señor por nosotros, y estamos rebosantes de alegría” (Sal. 126/125, 3)
Contemplando el Segundo Testamento, podemos intuir que la fiesta también es un eje transversal. La perspectiva pascual traspasa el anuncio y la experiencia comunitaria. El texto escrito del Evangelio es memoria celebrativa de ese sideral acontecimiento. Allí se nos presenta la perspectiva de la fiesta en las parábolas y en los signos que el Cordero de Dios realiza para la salvación del ser humano (Mt. 22, 1 – 11). Un indicador de esta predicación lo encontramos en la narración del Padre Misericordioso con la expresión “y comenzó la fiesta” (Lc. 15, 24). En este relato se acentúa la iniciativa de Dios, idea que podemos ya intuir en el Primer Testamento (Ex. Lev., Ez. 16). Por otro lado, es de destacar que el texto del evangelio según Juan nos narra la participación en una boda (Jn. 2, 1 – 11), y que ahí realiza su primer signo impidiendo que la fiesta humana se transforme en algo penoso. El meollo de la acción pastoral del Mesías se encuentra en su obra redentora, Pasión, Muerte y Resurrección. Y es justamente aquí, que comienza con la fiesta de la Pascua hebrea, instituyendo su propia presencia sacramental en la vida. Desde este texto evangélico hasta el Apocalipsis, tanto Juan como la comunidad joánica, insisten en las bodas, sinónimo de fiesta. Las de Caná es la inicial y las del Cordero, que es la definitiva donde la plenitud del Reino será para todos. Y como paradoja, nuevamente el binomio (inicio – fin, alfa – omega, primero/a – último/a) se hace tangible: se inicia la fiesta, finaliza el lamento.
Además, con estas y otras orientaciones, destacamos que a Dios le gusta festejar y participar de las celebraciones humanas. Vuelve a resonar en nosotros que no hay nada humano que no tenga valor para el Abba/Imma Dios, que nos revelaron los escritores bíblicos (Concilio Vaticano II – GS, 1965) (#1).
3. En la pastoral eclesiástica
En la fe cristiana, con esta intuición de la continuidad festiva, podríamos afirmar que alegría, gozo, encuentro, compartir, invitación, etc., son notas distintivas de una comunidad seguidora del nazareno y que ella es una oportunidad maravillosa para: celebrar lo que vivimos. Es importante que, con nuestra pastoral creyente, ayudemos a descubrir la cercanía y el acompañamiento de Dios, que es uno de los motivos fundamentales del festejo. Esta iniciativa, se ve y transmite a través de muchas personas y de los hechos cotidianos. Es por esto, que Dios reconoce y valora toda fiesta, especialmente aquellas que apuntan a valorizar y reconocer la dignidad del ser humano. Dios, Abba/Imma, festeja con nosotros, porque somos su alegría, porque cree que es una oportunidad para suscitar gozo y esperanza, porque afirma su confianza en nuestra capacidad de colorear la vida, aunque, a veces, muchos se esfuercen en presentarla como una existencia monocromática.
Una vida cristiana fiestera (Curia, Christian, 2013), manifestará:
- Fiestas y encuentros para comunicar la alegría y la tristeza, transmitir un mensaje de aliento y contención.
- “Buenas noticias” para que la vida tenga más sentido. Y una buena noticia se hace fiesta.
- A la Trinidad como el principio, quicio y meta de la vida que se hace visible en la Pascua.
- El agasajo como ambiente, estrategia y recurso, valorando la presencia no reprochando la ausencia.
- Donación: una vida plena, o en búsqueda de plenitud, que se vive amada, no se guarda para sí, sino que saciando sobra en plenitud ( 6, 13). El mensaje central de todo el Evangelio y especialmente del Sermón de la montaña es Felices. La fiesta, solidariza, fraterniza, une, liga, vincula, asocia, comparte.
- Creyentes (laicos y clérigos), con caras de redimidos y no con caras de tristes(Pablo VI – EN, 1975) (# 80) o de luto permanente (Francisco – JMJ Discurso en Aparecida, 2013).
- La alegría como algo propio de nuestra fe, que se vive y anuncia en un mundo en cambio(De Vos, Frans, 1990).
- Un mensaje de buena noticia que nos provoque una fuerte conmoción y no sermones moralistas que conducen al letargo y la parálisis(CELAM – DA, 2007) (#362).
- Al juego como una dimensión fundamental de la experiencia de fe.
- El festejo de todo lo que vivimos para evitar cualquier espiritualidad desencarnada.
- Vivir y celebrar la fe, como respuesta de amor y no porque sea un precepto o un mandamiento.
- Apertura a todos en una comensalidad abierta en torno a la Mesa(Curia, Christian, 2006).
4. Plegaria
Amados amigos que están el mundo, es bello y deleitable verlos compartir sus alegrías y tristezas, sus gozos y esperanzas, siempre y en todo lugar, porque, aunque no nos perciban, estamos.
¡Cuánto nos alegra verlos festejar logros personales y comunitarios! Nos alegramos con y junto a ustedes porque la alegría, el gozo, el regocijo hace visible el don del Reino y de la fiesta de la Pascua eterna. Quizás no se dan cuenta, pero cada vez que celebran, festejan, recuerdan, reviven, están manifestando que creen en nosotros como aquellos que queremos festejar.
Ya saben que amamos la fiesta, por eso les pedimos un favor, que la manera en cómo comunican la fe en Jesús manifieste al Dios de los ritmos, músicas, cantos, danzas, buscado por quienes hacen sonar los diversos instrumentos musicales y que, siendo comunidades alegres, se vistan de fiesta para dejar de lado la pecaminosidad y culpabilidad de la existencia, la evasión pietista, la virtuosidad espartana de la fe.
Gracias porque a través de sus fiestas, nos podemos seguir comunicando. Un abrazo desbordante de amor, de parte del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
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Bibliografía
CELAM – DA. (2007). Documento de Aparecida. CABA: Oficina del Libro.
Curia, Christian. (2006). En torno a la mesa. CABA: Claretiana.
Curia, Christian. (2013). Te creo. Una propuesta pastoral desde Jesús. CABA: Claretiana.
De Vos, Frans. (1990). Presencia, solidaridad y alegría. La santidad. Lomas de Zamora: La Semilla.
Francisco – JMJ – Discurso en Aparecida (2013). Obtenido de https://www.vatican.va
Pablo VI – Evangelii Nuntiandi (1975). Obtenido de https://www.vatican.va

