La afición
El fervor de la Copa del Mundo de fútbol, que moviliza a millones de aficionados, está sacando a relucir también otras pasiones mucho más allá del terreno de juego. Parece que no solo hay fanáticos dentro de los estadios. Un reciente reportaje publicado en el portal katholisch.de describía lo que sucede a las afueras de los estadios en ciudades estadounidenses como Dallas y Houston, donde decenas de predicadores aprovechan las multitudes para lanzar sus mensajes religiosos.
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Allí encontramos a personas como Paul, un hombre que, levantando una enorme cruz de madera frente a las riadas de seguidores, explica así su motivación: “Estoy hoy aquí porque amo a Dios y porque amo a la gente”. Para este lector bíblico, la meta es clara: “Quiero comunicar a la gente que Dios los ama y que Jesucristo es el único camino al cielo. Quiero comunicarles que Jesús dijo que era el único camino. El único camino hacia el Padre”.
Sin embargo, esta estampa, tan tradicional en el llamado “cinturón bíblico” estadounidense, tiene un reverso mucho menos amable. Junto a Paul, otros utilizan la táctica del miedo apocalíptico, levantando carteles que advierten: “El Anticristo viene pronto”. Esta agresividad alcanzó su punto crítico en Houston, donde un predicador cristiano decidió enfrentarse a los aficionados marroquíes advirtiéndoles que, de no amar a Jesús, les esperaba el infierno.
Las consecuencias de esta provocación fueron inmediatas y lamentables: gritos airados de “¡mentiroso, mentiroso!”, ensalzamientos a gritos del profeta Mahoma y, finalmente, un aficionado bloqueando las palabras del predicador con el estridente claxon de su coche. El diálogo fue sustituido por el ruido.
El testimonio
En las antípodas de este enfrentamiento, el propio reportaje destaca una imagen diametralmente opuesta vivida sobre el césped: el rezo conjunto de jugadores de selecciones rivales tras un partido. Una escena que la Archidiócesis de Ciudad de México no dudó en alabar, destacando que “se trata de un mensaje poderoso que emana del evento deportivo más seguido del mundo: la oración nos une por encima de todas las diferencias”. A esto se suma, siempre, el programa espiritual del seleccionador de Croacia.
Estas dos realidades –el griterío condenatorio a las puertas del estadio y el rezo compartido en el campo– pueden ser una invitación a una profunda reflexión en torno a cómo comunicar nuestra fe hoy en día. El papa Francisco nos ha recordado de forma insistente, haciendo suya una célebre frase de Benedicto XVI, que “la Iglesia no crece por proselitismo, sino por atracción”.
Lo ocurrido en las calles de Houston es el ejemplo perfecto de las consecuencias negativas del proselitismo. Cuando la religión se convierte en un arma arrojadiza, cuando se utiliza la amenaza, la superioridad moral o el ataque directo a las creencias del otro (como ocurrió con los seguidores musulmanes), el evangelio queda desvirtuado.
El proselitismo –en el sentido más extremo del término– no busca el encuentro con el hermano, sino engrosar filas y ganar discusiones. Sus frutos nunca son la paz ni la conversión, sino el rechazo, el conflicto y la polarización. Al alzar la voz para condenar, el predicador callejero no logra que escuchen a Dios; solo consigue que el mundo pite más fuerte para acallar su intolerancia.
El proselitismo agresivo olvida que la fe cristiana es, ante todo, una propuesta de amor, no una imposición. Reducir el mensaje de Jesús a pancartas apocalípticas o a condenas públicas denota una profunda falta de confianza en la fuerza del propio evangelio.
Ante estos gritos agoreros que hacen profundizar la polarización de la sociedad, el remdio parece apostar por la vía del testimonio. Es la alegría auténtica, la coherencia de vida y el respeto profundo por la libertad del otro lo que verdaderamente cautiva los corazones. Aprendamos de esos jugadores que, tras haber competido lealmente, son capaces de abrazarse en la oración. Porque el amor de Dios no se grita con un megáfono en un cruce de semáforos, sino que se irradia desde la humildad de quien sabe ser hermano.

