Tribuna

Estadios llenos, iglesias medio vacías

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Mientras el Mundial de 2026 congrega a cinco mil millones de personas ante la misma imagen, muchas parroquias siguen vaciándose. No es una coincidencia. Es una interpelación con mucho que aportar a la Iglesia si está dispuesta a escuchar. Hay una imagen que resume mejor que muchos diagnósticos pastorales los tiempos que vivimos.



El domingo por la mañana, la iglesia con un tercio de los bancos vacíos; por la tarde, el bar de enfrente con la pantalla encendida, lleno de gente que lleva la camiseta de su equipo, que grita, que abraza a desconocidos, que llora cuando el gol entra y que vive, en ese momento, algo que les cuesta mucho describir pero que nadie que lo haya sentido lo confunde con mero entretenimiento.

El fútbol –y en particular el Mundial, su expresión más universal– no es enemigo de la fe. De alguna manera, es su espejo. Un espejo que refleja, sin aditivos teológicos, las mismas necesidades a las que la fe ha respondido durante siglos: pertenecer a una comunidad que nos trasciende, vivir momentos de intensa emoción compartida que rompan la monotonía de la vida individual, encontrar héroes que encarnen valores y narrar la propia historia dentro de una historia más grande.

Vacantes

Norbert Elias y Eric Dunning lo documentaron con rigor sociológico hace décadas. El deporte moderno ha heredado muchas de las funciones que las festividades religiosas desempeñaron durante siglos. No las ha usurpado con perfidia. Al encontrarlas parcialmente vacantes, las ha ocupado. Esa es la pregunta que el Mundial de 2026 vuelve a plantearle a la Iglesia. ¿Por qué estaban vacantes?

La literatura lo comprendió y lo narró mucho antes que la teología pastoral. Eduardo Galeano abrió ‘El fútbol a sol y sombra’ con una tesis que la sociología de la religión ha ido confirmando desde entonces: el fútbol es una religión con millones de creyentes. Lo decía sin ironía, como quien describe una realidad fascinante e inquietante a partes iguales.

Fútbol. Gol

Primer gol del Mundial de Fútbol 2026. Foto: EFE

Galeano, hombre de izquierdas y de ninguna Iglesia, defendía que la devoción futbolística no era ni superstición ni infantilismo de masas. Era la expresión de una necesidad humana profunda e irrenunciable. Nick Hornby, en ‘Fiebre en las gradas’, fue mucho más allá. Describió esa lealtad al Arsenal como algo que no se elige, que se hereda como una identidad y que no se puede abandonar sin sentir que se traiciona algo esencial de uno mismo.

El vocabulario y la estructura emocional son exactamente los de la fe. Juan Villoro tituló su ensayo sobre el fútbol ‘Dios es redondo’. No como una broma, sino como un diagnóstico. El balón ocupa el espacio que el dios ausente ha dejado libre en la cultura contemporánea. Rueda, genera devoción, pero no explica nada. Y, sin embargo, convoca. ¡Y de qué manera!

Hierosfera

La hierosfera es el campo simbólico en el que los seres humanos vivimos y gestionamos nuestras necesidades de significado, pertenencia, trascendencia y ultimidad. No es exclusiva de las religiones instituidas, aunque es el territorio que la Iglesia ha habitado con nombre propio durante siglos, territorio que nunca ha sido solo suyo.

El fútbol –y el Mundial como su liturgia mayor– opera parcialmente dentro de esa hierosfera. No con una doctrina explícita, sino con lo que podríamos llamar una criptosacralización: una apropiación de la gramática de lo sagrado sin reclamar ese nombre. Veamos cómo. El estadio tiene su espacio diferenciado del mundo ordinario, al igual que el templo.

El partido tiene su estructura litúrgica: apertura solemne, desarrollo con momentos de clímax, cierre ritual. El equipo tiene sus héroes salvíficos, sus mitos fundacionales, sus reliquias. El aficionado tiene su fe futbolística más allá de lo racional, su esperanza escatológica –la próxima temporada será la buena–, su teodicea, que busca chivos expiatorios cuando se produce una derrota, y su comunidad, que lo sostiene cuando el mundo de fuera no puede hacerlo.

Esto no convierte al fútbol en una religión en sentido estricto. Pero sí lo coloca, de modo inequívoco, dentro del mismo territorio en el que opera la fe. Y la Iglesia que no lo tiene en cuenta está ignorando dónde viven realmente sus fieles, qué les mueve por dentro, qué experiencias están teniendo fuera del templo que el templo ya no les da. “El estadio le dice a la Iglesia: la gente no busca verdades que no se pueden sentir. Busca presencia. Cuerpo. Voz común. Una experiencia que deje huella. ¿Cuándo fue la última vez que tu liturgia produjo eso?”.

¿Qué dice el fútbol a la Iglesia?

  • Lo primero que el fútbol le dice a la Iglesia es duro y necesario. La gente necesita sentir, no solo adherirse. El estadio no pide credo, no reparte folletos ni interroga sobre los pecados. ¿Qué pide? Que grites, que te abraces con el de al lado, que pongas el cuerpo en juego. Y esa entrega física y emocional produce una experiencia que millones de personas en el mundo describen con un vocabulario que, sin saberlo, es profundamente espiritual: comunión, éxtasis, trascendencia, pertenencia.
  • Lo segundo es aún más incómodo: la comunidad del estadio es de carne y hueso. No es una comunidad de ideas, ni de adhesiones doctrinales, ni de compromisos virtuales. Es la comunidad del abrazo en el gol, del llanto compartido en la derrota, de la voz que se rompe al cantar el himno. El empresario y el obrero de la construcción, juntos, sin que nadie les pregunte por sus diferencias. Eso es lo que Victor Turner llamó communitas y lo que muchas parroquias llevan décadas perdiendo.
  • Lo tercero, quizá lo más importante: el fútbol transmite su fe de generación en generación a través del cuerpo, no de la doctrina. El abuelo que lleva al nieto al estadio por primera vez no le explica por qué debe querer al equipo. Lo abraza cuando marca el gol y eso basta. La fe se contagia por el contacto, por la emoción, por la memoria compartida. La Iglesia lo supo durante siglos. Y en algún momento se olvidó.

¿Qué dice la Iglesia al fútbol?

Pero el diálogo no se produce en una sola dirección. La Iglesia tiene cosas importantes que decir sobre el fútbol, y no se trata solo de reproches morales ni de llamadas a la moderación. Son observaciones que nacen de siglos de acompañamiento a seres humanos en aquello en lo que el estadio no puede acompañarlos.

  • La primera: tu comunidad dura 90 minutos. El estadio es extraordinariamente eficaz en la euforia compartida. Pero cuando llega el duelo, la enfermedad, el fracaso existencial, ¿qué tiene que decir el estadio? No tiene nada que decir. No hay liturgia del luto en el vestuario. No hay sacramento posible cuando se recibe un diagnóstico muy grave. No hay palabra para el vacío que deja la muerte de alguien amado. La Iglesia, en cambio, ha construido durante milenios un lenguaje precisamente para eso. Un lenguaje para las oscuridades vitales. El estadio te abandona cuando más lo necesitas. La Iglesia, en sus mejores momentos, es la comunidad que queda cuando todo lo demás se va.
  • La segunda: tu trascendencia está atada al mercado. Un mal presidente puede arruinar la devoción de toda una vida. Un árbitro comprado puede destruir la fe de una temporada. Un empresario puede vender el equipo y dejarte sin dios. Lo sagrado que depende del capital tiene una vulnerabilidad radical que lo hace insuficiente ante las preguntas más hondas. El estadio proporciona éxtasis, pero no da paz; construye tribu, pero no da redención; suscita euforia, pero no da sentido al sufrimiento.
  • La tercera, y quizá la más urgente para el creyente que también es hincha: cuidado con la idolatría. No en el sentido moralista del término, sino en el sentido teológico preciso. Cuando algo finito –un club, unos colores, una plantilla de jugadores– ocupa el lugar de lo infinito. Cuando el marcador configura el estado de ánimo de la semana, cuando la afición absorbe más que la familia o la oración, cuando se invierte en el equipo energía espiritual reservada para otro fin. La Iglesia no condena al hincha, sino que le pregunta: ¿Qué estás buscando ahí? ¿Estás seguro de que lo estás encontrando?

Preguntas para los/as hinchas católicos:

  • ¿Qué encuentras en el estadio que echas de menos en la comunidad parroquial? ¿Has intentado llevar eso a tu fe?
  • ¿Alguna vez has vivido en la liturgia algo comparable a lo que sientes cuando tu equipo marca un gol? Si no, ¿qué faltó?
  • ¿Hay algo que le pedirías a tu comunidad de fe que el estadio ya te da? ¿Tienes algo que solo la fe puede darte y que el fútbol no?

Para las/os católicos no hinchas:

  • ¿Cómo explicas que millones de personas encuentren en el fútbol experiencias que describen con el vocabulario de la fe? ¿Eso te interpela o te resulta ajeno?
  • ¿Qué puede aprender hoy en día la Iglesia de la capacidad del fútbol para generar una comunidad real, encarnada y emocional?
  • ¿Hay algo en tu vida de fe que produzca la intensidad de pertenencia que el estadio genera? ¿Qué lo bloquea o lo facilita?
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