León XIV ha venido a España y ha dejado sobre la mesa una pregunta que las cofradías y hermandades no podemos esquivar con incienso, música ni memoria. La pregunta no es si la religiosidad popular tiene pasado. Lo tiene, y en muchos lugares pesa como una catedral sobre los hombros de generaciones enteras. La pregunta verdadera es otra: si tiene Evangelio. Si conduce a Cristo o se limita a conservar una emoción. Si abre una escuela de fe o administra un museo con horario de cultos.
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El Papa no ha pronunciado una frase decorativa. Ha tocado un nervio. Porque una cofradía puede tener patrimonio, archivo, túnica, paso, banda, insignias, cultos, quinario, procesión, pregón y una agenda perfectamente ordenada, y aun así estar espiritualmente distraída. Puede convocar a miles y no formar a nadie. Puede llenar una calle y no tocar una conciencia. Puede emocionar a un barrio y no acercar a un solo descartado de la sociedad: ancianos condenados a morir sin compañía, trabajadores pobres que llegan agotados a una mesa insuficiente, jóvenes expulsados del futuro por la precariedad, migrantes tratados como amenaza, presos enterrados en el olvido, familias rotas por la vivienda imposible, enfermos que estorban al ritmo de la ciudad. Puede defender una tradición y olvidar al Cristo que la hizo nacer.
Ahí está la cuestión. La religiosidad popular no se salva por su capacidad de permanecer, sino por su capacidad de convertir. No basta con haber recibido una devoción de los abuelos. Hay que preguntarse qué Evangelio están recibiendo los nietos. No basta con que una imagen salga a la calle. Hay que preguntarse si nosotros salimos de nuestra comodidad, de nuestra autorreferencialidad, de nuestras pequeñas cortes internas, de esa religiosidad que sabe llorar ante un paso y pasar de largo ante una herida.
Procesión en Roma durante el Jubileo de las Cofradías. Foto: Jaime Ocón
El centro es Cristo. No la costumbre. No la estética. No la identidad local. No la satisfacción de pertenecer a algo antiguo. Cristo. El Señor vivo que mira, llama, perdona, desarma, desinstala y envía. El Cristo de la Eucaristía, que no se deja encerrar en el templo ni reducir a una escena solemne, sino que se hace pan partido para que la Iglesia aprenda a partirse también. Si nuestras hermandades no conducen a ese Cristo, si no educan en ese encuentro, si no hacen arder el deseo de una vida más evangélica, entonces no son escuela. Son conservación.
Y conservar, en la Iglesia, puede ser una forma elegante de desobedecer. Se conserva lo recibido para entregarlo vivo, no para embalsamarlo. Una tradición cristiana no es una pieza inmóvil bajo cristal. Es una brasa. Y una brasa se custodia encendiendo otro fuego. Por eso cada hermandad debería atreverse a revisar su vida entera a la luz del Evangelio: estatutos, presupuesto, cultos, formación, comunicación, caridad, presencia pública, relaciones internas, prioridades reales. Todo. No para destruir nada, sino para someterlo todo a la única pregunta que importa: ¿esto acerca a Cristo o solo protege una costumbre?
De ese encuentro con Cristo nace la caridad. No como capítulo secundario. No como gesto amable. No como limosna que tranquiliza después de haber gastado en lo que luce. La caridad es el termómetro verdadero de la religiosidad popular. Sin caridad, el incienso se queda en humo. Sin caridad, el bordado puede convertirse en coartada. Sin caridad, la procesión corre el riesgo de ser una estética de la emoción sin obediencia evangélica. Sin caridad, las imágenes pasan por la calle, pero Cristo no pasa por nuestra vida.
Obras de caridad
Cada culto, cada triduo, cada novena, cada salida procesional, cada fiesta principal debería llevar unida una obra concreta de caridad: visible, sostenida, evaluable, con responsables, calendario y memoria. No hablo de una sensibilidad genérica hacia los pobres. Hablo de nombres, domicilios, prisiones, hospitales, barrios, residencias, contratos precarios, mesas vacías, soledades largas. Hablo del anciano que no recibe visita, del joven sin horizonte, del parado que ya no sabe cómo mirar a sus hijos, del migrante reducido a expediente, de la familia rota, del preso olvidado, del trabajador usado y descartado, de quien no aparece en ninguna fotografía de nuestras celebraciones.
Una cofradía debería poder responder, sin retórica, a esta pregunta: ¿a qué pobres acompaña? ¿Qué heridas toca? ¿Qué vidas sostiene? ¿Qué soledades visita? ¿Qué descartados de la sociedad encuentran en ella una puerta abierta? Si no puede responder, tiene un problema que no se arregla con más cultos ni con mejor comunicación. Tiene un problema de Evangelio.
Ahora bien, la caridad no sustituye a la formación. La reclama. Una religiosidad popular sin formación queda expuesta a la nostalgia, al sentimentalismo, al localismo, al poder pequeño, a la rivalidad estéril, a la estética sin alma. Hace falta formar. Pero formar de verdad. Evangelio, liturgia, símbolos, oración, historia de la propia devoción, Doctrina Social de la Iglesia, compromiso público, lectura creyente de la realidad. No cursos para cubrir expediente. No charlas que nadie escucha. No programas pensados solo para los de siempre. Formación breve cuando convenga, exigente siempre, intelectualmente seria, espiritualmente honda, pastoralmente útil.
Llegar a quien ya no llega nadie
Las cofradías tienen una oportunidad que muchas estructuras eclesiales han perdido: llegan a quien ya no llega nadie. Al joven que no pisa una parroquia. Al adulto que abandonó la práctica religiosa, pero sigue deteniéndose ante una imagen. A la familia que conserva una devoción casi sin palabras. Al alejado que no sabe rezar, pero sabe que hay un dolor suyo que solo se arrodilla ante Cristo o ante la Virgen. Al buscador que no conoce la doctrina, pero intuye que en esa calle, en ese silencio, en ese rostro, algo le está llamando.
Por eso la acogida no puede ser una consigna. Tiene que ser una forma de gobierno. Las casas de hermandad deberían ser lugares de escucha, no solo almacenes, oficinas o espacios de convivencia interna. Puertas abiertas para quien necesita volver sin ser interrogado como sospechoso. Espacios donde un joven no tenga que aprender primero todos los códigos para sentirse parte. Lugares donde el alejado no sea mirado como intruso y donde el cofrade de toda la vida no confunda antigüedad con propiedad. La hermandad no pertenece a quienes más mandan, ni a quienes más saben, ni a quienes más tiempo llevan. Pertenece a Cristo y, por eso mismo, debe estar abierta al pueblo.
También hay que decirlo con claridad: una parte de la sociedad ha dado la espalda a la Iglesia. A veces por prejuicio, sí. Pero otras veces por heridas reales, por desencanto, por incoherencias nuestras, por lenguajes que no han sabido tocar la vida. Y, al mismo tiempo, muchos cristianos han dado la espalda a las cofradías, mirándolas con superioridad, como si fueran una religiosidad menor, tolerable solo por su fuerza cultural. Esa doble distancia ha hecho daño. A la Iglesia, porque ha despreciado una vía popular de Evangelio. A las cofradías, porque a veces han respondido refugiándose en sí mismas, en vez de dejarse purificar.
Presencia cofrade
La presencia pública cofrade no puede consistir únicamente en ocupar la calle durante unas horas. Ocupar la calle no es lo mismo que evangelizarla. La presencia pública exige estar cuando no hay música, cuando no hay flores, cuando no hay focos, cuando no hay aplausos. Estar en el barrio. En el colegio. En la cárcel. En el hospital. En la residencia. En las periferias laborales. En los duelos. En los conflictos. En los lugares donde la ciudad esconde aquello que no quiere mirar. Una hermandad que solo aparece cuando procesiona todavía no ha comprendido del todo lo que significa acompañar el paso de Cristo.
León XIV ha hablado de tejer redes. También ahí las cofradías tienen tarea. No para diluir su identidad, sino para hacerla fecunda. Redes con Cáritas, con pastoral obrera, con pastoral penitenciaria, con migraciones, con colegios, con entidades sociales, con instituciones civiles, con el mundo de la cultura y del trabajo. La religiosidad popular no debe encerrarse en su propio lenguaje hasta volverse indescifrable. Debe hablar al mundo sin pedir perdón por creer en Cristo y sin convertir la fe en propaganda. Debe ofrecer presencia, pensamiento, consuelo, justicia, fraternidad.
La Iglesia española necesita que las hermandades y cofradías dejen de pedir solo reconocimiento y asuman misión. No basta con reclamar que se valore lo que son. Tienen que mostrar para qué existen. No basta con defender la tradición ante quienes no la entienden. Hay que hacerla inteligible con una vida atravesada por el Evangelio. No basta con decir que somos pueblo. Hay que ser pueblo que acompaña. Pueblo que reza. Pueblo que sirve. Pueblo que se arrodilla ante Dios y se inclina ante el hermano.
¿Caridad o archivo fotográfico?
La pregunta final no es si nuestras procesiones seguirán saliendo. La pregunta es si saldrán de verdad de nosotros mismos. Si nos sacarán del egoísmo, de la indiferencia, de la fe privada, de la comodidad, de la simple emoción religiosa. La pregunta es si cada imagen será espejo o decorado. Si cada cirio alumbrará una herida concreta o solo nuestro deseo de seguir brillando. Si cada cofradía será puerta de Cristo para los alejados o refugio cerrado para los convencidos. Si cada culto terminará en caridad o en archivo fotográfico.
Ahí se decide todo. En Cristo, primero. En la caridad que nace de Él. En la formación que sostiene la conversión. En la acogida que abre la puerta. En la presencia pública que no huye de la sociedad, aunque la sociedad mire hacia otro lado. En la capacidad de acompañar a los descartados de la sociedad sin convertirlos en argumento, sino reconociéndolos como lugar teológico, como carne donde Cristo sigue pasando.
Si no aceptamos este examen, tendremos museos activos, agendas llenas, calles conmovidas y cofradías satisfechas. Pero si lo aceptamos, si dejamos que el Evangelio nos desinstale de verdad, la religiosidad popular podrá ser en España una de las grandes vías de nueva evangelización: no por nostalgia, no por número, no por brillo, sino porque el pueblo habrá aprendido de nuevo a mirar a Cristo, a acompañar al hermano y a levantar, desde abajo, la civilización del amor.
