Mateo González Alonso, SDB
Redactor de Vida Nueva Digital y de la revista Vida Nueva

¿Qué hacer con los hábitos y las sotanas en verano?


El monje

En una entrevista publicada en el portal católico alemán katholisch.de, el célebre monje y escritor benedictino Anselm Grün aborda con naturalidad un tema aparentemente prosaico: cómo sobreviven los benedictinos al sofocante calor del verano vistiendo sus hábitos tradicionales. Con temperaturas que superan los 30 grados en Alemania, el sacerdote admite sin ambages que vestir el pesado hábito negro tradicional de su orden bajo el sol puede llegar a ser “una verdadera tortura”.



Lejos de cualquier idealización ascética rígida o victimismo místico, el monje relata con humor que recurren a usar pantalones cortos debajo de la túnica para permitir que corra el aire, y confiesa abiertamente que cuando trabaja en labores internas de la administración prescinde de él, vistiendo una camisa de manga corta adaptada a la situación.

El hábito se reserva para los compromisos oficiales, los viajes o la oración comunitaria; se le trata con profundo respeto institucional, pero siempre bajo el tamiz de un inapelable sentido común. Esta visión desmitificada, madura y profundamente libre de un hombre cuya solidez espiritual está fuera de toda duda, contrasta de manera flagrante con un fenómeno al alza en diversos sectores de la Iglesia católica contemporánea: el rebrote de las sotanas.

Los movimientos

Puede que la proliferación de las sotanas sea un signo más del tímido –aunque ruidoso– crecimiento de algunos movimientos eclesiales marcadamente tradicionalistas. En estos grupos, constituidos con frecuencia por jóvenes que ni siquiera conocieron la Iglesia preconciliar, se observa una fascinación casi absoluta por el restañado de la indumentaria histórica. Vuelta que incluye el rescate de sotanas clericales de cortes antiguos, manteos, velos ceremoniales o hábitos solemnes… y liturgias cuya sacralidad parece depender de la rigidez de su coreografía y de la acumulación de signos externos.

La sencillez de Grün nos invita a una disección necesaria: ¿responde este retorno a las formas antiguas a una auténtica sed de radicalidad evangélica, o se trata más bien de un refugio en el ropaje externo ante las complejidades y deudas del mundo moderno?

La sociología de la religión lleva tiempo advirtiendo que, en épocas de crisis de identidad o de lo que Zygmunt Bauman denominó “modernidad líquida”, los seres humanos tienden a buscar anclajes hipervisibles. El rebrote tradicionalista en la Iglesia no es una excepción. El problema teológico fundamental surge cuando los accesorios históricos de la fe —el corte de una sotana, el encaje de un roquete o el mimetismo indumentario— pasan de ser signos funcionales o históricos a convertirse en los pilares mismos de la identidad creyente.

Se produce entonces una preocupante inversión de prioridades: la estética empieza a operar como un sucedáneo de la mística. Vestirse como un clérigo del siglo XIX o adoptar una disciplina exterior milimétrica es relativamente sencillo; requiere voluntad formal, recursos económicos y obediencia coreográfica. Sin embargo, la verdadera asimilación del evangelio exige procesos mucho más desestabilizadores para el ego.

Contrasta esta vuelta de tuerca con las palabras de Jesús hacia aquellos que “alargaban las filacterias y ensanchaban los flecos de sus mantos” (Mt 23,5) buscando la distinción y la distancia respecto al pueblo llano. La radicalidad que Cristo propone no es formal, sino existencial: el abajamiento, el lavado de los pies ajenos, la renuncia implacable a las seguridades materiales, el amor incondicional al enemigo y la inserción gozosa en las periferias del sufrimiento humano.

Cuando se compara la propuesta contracultural del evangelio con la agenda del neotradicionalismo reactivo, la brecha resulta evidente. Muchos de estos rebrotes no nacen de un impulso profético de entrega desinteresada, sino de un repliegue defensivo frente a una sociedad secularizada que ya no otorga privilegios institucionales a la fe. Al no saber cómo habitar un mundo culturalmente plural, el tradicionalismo edifica un microcosmos autorreferencial donde las vestiduras actúan como el uniforme de un ejército en resistencia. No es radicalidad evangélica; es la sacralización de la trinchera.

AnselmGrun

Anselm Grun. Foto: Vida Nueva

El hábito

Grün, con sus palabras, no desprecia su hábito benedictino; lo viste porque expresa su pertenencia a una comunidad bimilenaria y porque reconoce su valor simbólico ante el pueblo de Dios. Pero lo hace desde la libertad de los hijos de Dios. Sabe perfectamente que el hábito es para el monje, y no el monje para el hábito. Si el termómetro aprieta y el cuerpo exige una camisa corta para poder trabajar con dignidad en la oficina del monasterio, el sentido común –derivado de la caridad y la prudencia– se impone sobre la rúbrica indumentaria.

El gran desafío de la Iglesia contemporánea no consiste en hacer arqueología litúrgica ni en diseñar vestiduras sacras que nos aíslen del presente. Consiste, como pedía san Pablo, en “despojarse del hombre viejo” y “revestirse de la nueva condición humana creada a imagen de Dios” (Ef 4,22-24). Este revestimiento es invisible a los ojos de las cámaras y de las redes sociales, tan dadas a estetizar la fe; se teje en la paciencia, en la misericordia hacia el herido y en la fidelidad diaria a un Dios que camina con la humanidad, nunca detrás de ella.

Ojalá la sensatez del monje alemán que suda bajo el sol de verano y decide, con meridiana madurez evangélica, buscar la sombra y la sencillez de una camisa de manga corta, nos recuerde que el Reino de Dios no es cuestión de telas, encajes o nostalgias de corte imperial, sino de justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo.

Misa Tradicional Ad Orientem Espaldas Portugal

Un misa tradicional ad orientem en Portugal. Foto: Vida Nueva