El silencio de Madrid


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La vigilia con el papa León XIX y el concierto de Bad Bunny, una comparación entre dos peregrinaciones contemporáneas. Una hacia un escenario y otra hacia un altar. No conviene plantearlo como una oposición moral entre Bad Bunny y el Papa, porque eso empobrece la reflexión. Lo interesante es que ambas convocatorias hablan de una misma sed humana: la necesidad de pertenecer, emocionarse y buscar algo que dé sentido a la vida.



Volvía de Madrid en un tren abarrotado de recuerdos. En aquel vagón viajaban dos ciudades distintas que habían compartido las mismas calles. Algunos regresaban de la vigilia presidida por León XIV y otros volvían del concierto de Bad Bunny. Todos tenían la misma expresión cansada y satisfecha de quien siente que ha vivido algo que merecía la pena. Uno de los chicos lamentaba no haber hecho más fotos. Yo pensé que, precisamente, las mejores no las había tomado nadie.

No sé cuánto tiempo hicieron cola quienes acudieron al concierto ni qué emociones despertó el ‘conejo malo’. Pero sí sé lo que ocurrió cuando más de medio millón de personas guardaron silencio ante el Santísimo Sacramento. Aquella noche, medio millón de almas callaron para escuchar.

Vigilia. Jóvenes. Plaza de Lima. Leon XIV

Jóvenes en la Vigilia de Oración presidida por el papa León XIV en la madrileña Plaza de Lima. Foto: EFE

La historia de la humanidad está llena de concentraciones masivas, pero pocas veces una multitud se reúne para reconocer que existe algo más grande que ella misma. Durante unos minutos nadie fue protagonista. Ni el Papa. El centro era Otro.

Si existe una imagen capaz de explicar el cristianismo, probablemente no sea la de una multitud gritando, sino la de una multitud silente. Y eso es la fe: dejar espacio para que Dios pueda hablar.

Como estar en el cielo

No sé cómo será el cielo… Pero los momentos más cercanos a esa intuición de plenitud los he vivido en una vigilia en Lisboa, en una celebración jubilar en Roma y ahora en Madrid. Instantes en los que uno comprende que somos un pueblo imperfecto, contradictorio y pecador, pero capaz de caminar unido hacia una misma esperanza.

Decía un amigo jesuita que qué bonito es ser católico. Muchos recibimos la fe como herencia, nos llegó antes de que pudiéramos elegirla. Pero llega un momento en que toda herencia debe convertirse en decisión personal y quizá la belleza del catolicismo no reside tanto en haberla recibido como en seguir sosteniéndola cuando el contexto ofrece alternativas más cómodas y menos comprometidas.

El Papa ha venido a recordar algo sencillo y es que un pueblo se construye compartiendo esperanza. El mensaje del Evangelio recuerda hacia dónde debemos mirar. Y Madrid dejó de discutir para alzar la mirada.