Caminar juntos es quizá la propuesta más repetida en los últimos años, como un verso que se ha hecho antífona en todo discurso y formación que se precie. No es una moda, es la seña de identidad que se ha desvelado como nueva para seguir profundizando en este proceso sinodal que “todos, todos, todos” estamos llamados a recorrer. Exige una gran dosis de honestidad, de escucha, de mirada compasiva, de conocimiento personal, de experimentar que el Espíritu Santo nos conduce a la conversión personal, comunitaria e institucional.
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Es tiempo para dejarse llevar por un proceso que se desconoce, aunque se suele explicar con una amplia reflexión. Es un proceso que precisa experiencia, concreción y realismo. Es un proceso que se aprende al experimentarlo. Es una necesidad y una urgencia de la Iglesia española: que cada bautizado esté dispuesto a escuchar al Espíritu que habla en cada uno, independientemente de la vocación a la que ha sido llamado.
En relación con otros
En esta corriente del Espíritu emergen con fuerza en España la sabiduría de la vida religiosa, la experiencia vocacional de los laicos y la mujer que busca al Señor con Amor.
La vida consagrada en España ya no se concibe sola, sino en relación con otros: en misión compartida con laicos y laicas; y en ese horizonte que se diseña con la intercongregacionalidad. Una y otra vocación se unen por la misión de Jesús para poner en el centro el anuncio del Evangelio y los gritos del mundo, una Palabra que se hace carne hoy.
Bien se podría alzar la voz para decir que nunca más solos, que somos el Pueblo que camina alzando la mirada hacia Dios, con los pies tocando la tierra de la vulnerabilidad. Somos en relación constante, vivimos en comunidad y, cuanto más se profundiza en la sinodalidad, más se destapa lo que habíamos guardado bajo la alfombra por miedo a afrontar conflictos, a acoger la diversidad y a vivirnos en vulnerabilidad. Nunca más solos.
Escucha y entrega
León XIV recuerda que cada bautizado tiene una palabra que decir y una luz que encender; el Espíritu habla a través de quien se pone a su escucha, de quien alza la voz en actitud de entrega. Por eso, la vida consagrada, una especie de laboratorio del Evangelio y una escuela del afecto y la relación, camina ya empujada por el Espíritu hacia al despojamiento más radical que la hace ser más auténtica, más honesta, más de Dios.
En la vulnerabilidad más profunda, religiosas y religiosos somos artesanos de la Palabra profética que se hace carne, expertos en buscar aquello que más puede ayudar a la persona de hoy a encontrarse con Cristo. El discernimiento comunitario ha sido la barca que de una a otra orilla ha ido marcando el compás de las decisiones congregacionales.
Pisar con pies descalzos
Alzar la mirada en la Iglesia española supone entonces pisar esta tierra de la vulnerabilidad, caminar con los pies descalzos por las calles de las ciudades sabiendo que son tierra sagrada, que todos somos necesarios para llevar adelante lo que Dios quiere: que la persona viva con sentido y dignidad. No todos pensamos igual, ni celebramos igual ni sentimos igual…
Con la anestesia de la posmodernidad y la confusión que anida en los corazones, es preciso integrar todas las voces eclesiales para caminar juntos y descubrir la presencia del Señor. ¿Acaso se ha pensado alguna vez que Cristo no está encarnado en el siglo XXI?
La voz de la mujer
Las mujeres lo supieron ver con sencillez: el Señor ha resucitado. Hoy también las mujeres alzan la mirada en la Iglesia para decir con claridad que “lo que viene del Espíritu Santo no puede detenerse”. Se precisa la voz de la mujer en los lugares donde se toman decisiones para que nuestras estructuras sean más sinodales; y se necesita que las mujeres tomen la palabra para nombrar lo que viven, sufren y desean.
Nunca más solos. Porque “ser Iglesia sinodal significa reconocer que la verdad no se posee, sino que se busca juntos, dejándonos guiar por un corazón inquieto y enamorado del Amor”.
