Tribuna

El camino espiritual de la Iglesia: la fiesta del Pentecostés

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“La venida del paráclito que nos enseñará todo” (Jn 14, 16)

La vida cristiana desde sus inicios, está marcada por un cristianismo, guiado por el Espíritu Santo, desde la misma actitud de Jesús que fue distinta a las anteriores escuelas de espiritualidad propias de su época, como la de Juan Bautista, que en su esencia era apartarse del mundo, Jesús quiere encarnarse en la historia misma del hombre: “se metió en la ciudad, en las casas, en la sinagoga y en el templo, en la calle y  en la plaza pública, para anunciar allí la presencia gratuita del Reino e invitar a vivir en ese mismo ambiente el gozo de la salvación y los valores del Evangelio” (Cfr. Álvarez Carlos, La Espiritualidad Presbiteral: un camino propio del Espíritu, 2002).



¿Quién es el paráclito?

Recordemos que viene del griego parakletos, es el abogado, es el Consolador prometido por Jesús que acompaña, sostiene y guía a los creyentes en la verdad. En griego, el Paráclito es el que sostiene, acompaña para no caer, te mantiene firme, está cerca de ti para apoyarte.

Y el Señor nos ha prometido ese apoyo, que es Dios como Él: el Espíritu Santo. Es alguien llamado a acompañar a otro,  actuando como abogado defensor, consejero, consolador y apoyo para no caer. Esto es lo mas autentico del cristianismo desde sus inicios, reunirse para pedir la fuerza de lo alto, orar, estar unidos en oración, es por excelencia el mejor compañero que tiene nuestra vida y quien nos guía en cada decisión que tomamos y cada acción que realizamos.

El Espíritu Santo renueva la vida interior en el Antiguo Testamento

El Espíritu Santo, ya presente en la creación y la revelación, tenemos un énfasis especial en la renovación interior del ser humano: “Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, y renueva un espíritu recto dentro de mí. No me eches de delante de ti, Y no quites de mí tu santo Espíritu” (Sal 51, 10-11 y Ez. 36, 25-27). David sentía que no era suficiente que Dios simplemente limpiara el corazón que tenía. La súplica “crea” indica que necesitaba un corazón nuevo de Dios, un corazón limpio. Es necesario una renovación integral, desde el propio corazón nuevo, según Dios, que se le promete la presencia permanente del Espíritu Santo. El sentido profundo de la necesidad de restauración y de regresar a las primeras cosas, que pueden renovar la vida espiritual de un hijo de Dios.

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La promesa se cumple en el Nuevo Testamento

“Esta promesa se hace realidad en Jesús, el Hombre nuevo y lleno del Espíritu. Para Marcos, la nueva creación se inicia con la presencia de Jesús en la historia, al abrirse plenamente a la acción de Dios que despliega los cielos y derrama sobre él su Espíritu (Mc 1, 9-11) para restaurar la primera creación. Para Lucas, en cambio, la nueva creación y el tiempo del Espíritu se inicia con la fiesta de Pentecostés, fiesta de la cosecha y de la renovación de la Alianza, como iniciación de una humanidad nueva, llena del Viento y del Poder de Dios y capaz de abrir su boca para una alabanza sin límites (Hech 2, 1-4)” (Álvarez, Carlos, El Espíritu y la Iglesia edifican al mundo, Universidad Simón Bolívar, 2022, P. 49-50).

El Espíritu nos guiara a la verdad

Ya en el Nuevo testamento tenemos claro que el Espíritu Santo es un persona distinta a Jesús, es la tercera Persona de la Santísima Trinidad: “Cuando venga el Espíritu de verdad, él los guiará a toda la verdad. No hablará por su propia cuenta, sino que hablará todo lo que oiga, y les anunciará las cosas que han de venir. Él me glorificará tomando de lo mío y dándoselo a conocer a ustedes (Jn 16, 13-14). 

Las características del Espíritu Santo

El Espíritu Santo es la promesa del Padre y del Hijo, que no nos abandonará ni nos dejará solos, nos dice el texto de san Juan, no nos dejará huérfanos (Jn 14, 18) nos habla (Hechos 1,16; 8,29; 10,19; 11,12; 13,2; 28,25), nos enseña (Juan 14, 26), da testimonio (Juan 15, 26), escudriña (1 Corintios 2, 11), determina (1 Corintios 12, 11), intercede (Romanos 8, 26-27); pero también, se le puede mentir (Hechos 5, 3) y se le puede entristecer (Efesios 4, 30). Todo esto, es para mostrarnos que el Espíritu Santo, escudriña y conoce lo más profundo del ser humano.

San Pablo, la creación gesta algo nuevo

En san Pablo a los Romanos, nos dice sobre la identidad cristiana como hijos adoptados de Dios, pertenecemos a la familia de Dios y somos guiados por el Espíritu Santo. Esta relación permite llamar a Dios “¡Abba! Padre!” (una expresión cercana y filial), confirma la herencia espiritual y garantiza que, al compartir el sufrimiento de Cristo, también se compartirá su gloria:

“Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios son hijos de Dios. Y ustedes no recibieron un espíritu que de nuevo los esclavice al miedo, sino el Espíritu que los adopta como hijos y les permite clamar: “¡Abba! ¡Padre!”. El Espíritu mismo asegura a nuestro espíritu que somos hijos de Dios. Y si somos hijos, somos herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo, pues si ahora sufrimos con él, también tendremos parte con él en su gloria (Rom 8, 14-17).

En fin, dejémonos guiar por la fuerza del Espíritu Santo, que habita en nuestros corazones, que mora, que quiere hacer nuevas todas las cosas, debemos dejarnos sintonizar por esos gemidos de la creación y del Espíritu Santo, porque quiere transformar nuestros corazones cansados, esclavizados del pecado, quiere soltar todo lo que nos hace daño, a veces, nos cuesta soltar, recuerdos dolorosos o heridas del corazón, pero el Espíritu viene a mostrarnos la raíz de esos males, la principal herida es le pecado, como lo dirían los padres de la Iglesia, porque, si queremos construir algo nuevo y distinto, en todos nosotros como Iglesia, debemos dejar actuar al Señor, en las pastorales, en los movimientos, que enriquecen nuestras parroquias y en el mismo corazón de nuestra Iglesia.


Por Wilson Javier Sossa López. Sacerdote eudista del Minuto de Dios