Tribuna

El domingo que llegó tarde: dos pascuas y una ciudad

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El sábado anterior a la Pascua ortodoxa fui a comprar pan a una panadería griega en Kurtuluş. No era estrictamente necesario; podía haber ido a la del barrio. Pero la mujer mayor que vive en el piso de abajo me había pedido tsoureki, ese pan trenzado y dulce que en su casa marca la mañana del domingo de Resurrección. Ella ya no baja a comprarlo sola, y este año tampoco bajaría a la iglesia. Yo había celebrado mi Pascua una semana antes.



La panadería estaba llena. Afuera, la calle tenía esa humedad vieja de Estambul que se queda en las fachadas y en los escalones. Dentro, en cambio, todo olía a mahleb y a mástique, ese olor que aparece una sola vez al año y que uno reconoce antes de saber nombrarlo. El panadero tenía las manos blancas de harina. Una mujer elegía con cuidado seis huevos rojos, pintados con el color profundo de siempre. Un hombre de unos sesenta años, en turco, le dijo al panadero: “Bu sene aynı haftaya gelmedi”. Este año no han caído en la misma semana. Lo dijo sin pena ni juicio, como quien comenta el tiempo.

En 2025 las dos pascuas coincidieron. Fue un domingo extraño, casi simbólico: cristianos de tradiciones distintas celebrando el mismo día, justo cuando se cumplían mil setecientos años del Concilio de Nicea. Hubo discursos, hubo gestos. El patriarca Bartolomé y el papa León XIV mencionaron, por separado y luego juntos, la posibilidad de buscar una fecha común. Como tantas otras veces. Pero 2026 ha vuelto a separarnos: la Pascua católica fue el 5 de abril, la ortodoxa el 12.

Ese desfase de una semana parece poca cosa visto desde fuera. Para la inmensa mayoría de los habitantes de Estambul, no significa nada. Para una minoría pequeña, en cambio, marca el ritmo de varias semanas: dos cuaresmas que no coinciden, dos vigilias, dos calendarios litúrgicos que se rozan sin tocarse. Y en familias mixtas, en parroquias mixtas, en barrios donde conviven distintas tradiciones, esa diferencia se vuelve doméstica.

La pregunta de una niña

Mi hija Melissa, que tiene ocho años, ya empieza a entender lo suficiente como para no conformarse con una explicación demasiado rápida. Lo intentamos explicar el año pasado, cuando las dos pascuas coincidieron. Y este año, cuando volvieron a separarse, preguntó por qué su amiga del colegio iba a celebrar “su Pascua” más tarde. Le dije lo más sencillo que pude: que hace mucho tiempo los cristianos no se pusieron de acuerdo sobre cómo contar los días, y que desde entonces a veces celebramos juntos y a veces no.

Me miró un momento y respondió:

“Pero Cristo resucitó una sola vez, ¿no?”.

Es la clase de pregunta que los adultos hemos aprendido a rodear con explicaciones. Por supuesto que sí. Y, sin embargo, durante siglos hemos celebrado esa misma resurrección en fechas distintas, con cálculos astronómicos y conciliares que pocos entienden del todo. La división no es teológica. Es de calendario, de método. Pero ha pesado más que muchas diferencias doctrinales.

Mi mujer, que es más práctica que yo, lo resolvió con menos drama.

“Entonces este año la celebramos dos veces”, dijo.

Y así fue: el 5 de abril en nuestra parroquia, el 12 con la familia de la vecina, llevándoselos a su mesa. Melissa contó después en clase que en su casa “Pascua dura dos semanas”. No es exactamente la doctrina, pero tampoco está tan lejos.

Una historia que pesa

Mientras esperaba en la panadería, mirando los huevos rojos alineados junto al mostrador y el paño enharinado que el panadero dejaba una y otra vez sobre la mesa, pensé en lo extraño que es que una cuestión tan antigua termine, tantos siglos después, en una escena tan pequeña: una bolsa de pan dulce, una vecina que ya no baja sola, una niña que pregunta por qué Cristo parece resucitar en dos domingos distintos.

El cálculo nos lleva, inevitablemente, a Nicea, al año 325: el primer domingo después de la primera luna llena que sigue al equinoccio de primavera. Sencillo en apariencia. Pero las Iglesias de Oriente conservaron el calendario juliano para el cómputo, mientras Occidente adoptó el gregoriano en 1582. De ahí la diferencia, que oscila entre cero y cinco semanas según los años.

En 2025, durante el aniversario de Nicea, hubo un nuevo impulso. Hablaron los teólogos, los obispos, los patriarcas. Se mencionó la propuesta de Alepo, formulada por el Consejo Mundial de Iglesias en 1997, que nunca llegó a aplicarse. Se habló de la voluntad común. Se habló también del escándalo, repetido cada año, de celebrar la misma resurrección en domingos distintos.

Y, sin embargo, aquí estamos en 2026, comprando dos veces tsoureki.

La unidad litúrgica, como casi todo en el ecumenismo, avanza más despacio que las declaraciones. Los obstáculos son reales: cambiar el calendario implica reorganizar el ciclo de cuaresma, las fiestas asociadas, los hábitos de comunidades enteras. Para muchas Iglesias ortodoxas, especialmente las más tradicionales, el calendario juliano no es solo un método de cómputo; es identidad. Tocarlo se vive como cesión.

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Lo que enseña la espera

Pero hay algo que se me ha quedado de esta semana intermedia, entre una Pascua y la otra. Es difícil de explicar sin caer en el lirismo barato.

Cuando uno ha celebrado ya la resurrección y vive durante siete días junto a vecinos que aún no la han celebrado, algo se descoloca. La tentación es la superioridad: nosotros ya estamos en el tiempo pascual, ellos todavía no. Es exactamente la tentación que mejor describe lo peor del ecumenismo: creerse en lo cierto antes que el otro.

Pero también puede leerse al revés. Que la resurrección, en una ciudad como esta, llega en distintos momentos, a distintas mesas, en distintos idiomas litúrgicos. Y que ninguna de esas llegadas es menos verdadera por llegar según otro calendario.

No estoy proponiendo una teología improvisada. Sé que el problema del calendario tiene una solución técnica posible, y que sería deseable alcanzarla. Pero mientras tanto, en Estambul, la diferencia se vive. Y vivirla bien —sin sarcasmo, sin superioridad, sin nostalgia— es ya una forma de ecumenismo.

Dos veces

El domingo 12, por la mañana temprano, oí desde la ventana las campanas de una iglesia ortodoxa cercana. No las oigo casi nunca, porque suelen tocar fuera de mi horario habitual. Esa mañana las oí. Y pensé en la vecina del piso de abajo, con el tsoureki ya cortado sobre la mesa, y en las palabras que se dicen en griego desde hace siglos: ‘Christós anésti’. Cristo ha resucitado. Y en la respuesta: ‘Alithós anésti’. Verdaderamente ha resucitado.

Yo ya lo había celebrado una semana antes. Pero lo escuché de nuevo, en otra lengua, en otra tradición, con otra forma de contar los días. Y por un momento, sin espectáculo, sin ninguna declaración oficial, me pareció entender mejor por qué importa que sigamos diciéndolo de todas las formas posibles. Tal vez la unidad no empiece siempre cuando todos miramos el mismo calendario, sino cuando alguien sube una bolsa de tsoureki a una vecina que ya no puede bajar sola, y acepta que también esa mesa tiene algo que enseñarle sobre la Resurrección