Con su Pascua, Cristo nos abrió el horizonte. Estar frente al horizonte nos invita a sacarnos las anteojeras, nos amplía el panorama, a la vez que nos advierte que la realidad es mucho más grande que nosotros mismos y que el pedacito que podemos estar percibiendo y en el cual, quizá, estemos enfocados.
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El horizonte nos invita a respirar confiados, profunda y generosamente, sin miedo. “¡No teman!” dice varias veces el Resucitado. El horizonte también nos llama a lanzarnos a una meta de “alto vuelo”.
Benedicto XVI en aquel inicio tan contundente de Deus caritas est, su primera encíclica, lo afirmaba de una manera que bien la pondría poner en la lista de libros que tienen inicios emblemáticos, por la fuerza con que presentan una situación y el panorama al que asoman: “No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva”.
Cristo nos ha abierto el horizonte y el camino, pero no para que los quedemos contemplando. Su Pascua es un paso, y justamente a eso nos invita: a que nosotros también lo demos -operativamente-. El paso (un verdadero “paso al frente”) no sólo tiene mucho de intemperie sino también de riesgo y de vértigo. Más allá del entusiasmo puede amedrentar e intimidar. ¿Quién, que ha captado por dónde va el llamamiento de Jesús, no se ha dado cuenta que se trata de una llamada radical? (recuerden las parábolas del tesoro y la perla).
No solo una “noticia”
La Buena noticia es que su Pascua no es solo “noticia” sino que además carga con la dynamis, la fuerza de Su Espíritu capaz de impulsarnos aún en medio de nuestras inseguridades, debilidades y sospechas. Es Vida nueva “prendiendo” dentro nuestro. Su Pascua no es sólo promesa y nueva perspectiva sino también soplo que lleva hacia adelante.
Es como si estando náufragos en una isla solitaria, un navegante experimentado nos enviara un mapa asegurándonos que un poco más allá encontraremos una buena tierra firme en la que nos espera… pero además nos enviara una lancha con motor de última generación y el combustible necesario y suficiente.
Pero aún así, nos puede pasar que nos quedemos en la isla, contemplando el horizonte. Existe la tentación, o la costumbre, de un cristianismo que se establece en la isla y allí se queda. Aún cuando esa fe pueda ser orante, celebrante, ortodoxa, el Resucitado llama a lanzarse al agua, a “remar mar adentro”. ¿Podrá el cristiano ser un buen cristiano (discípulo) si no tiene la osadía de salir de su propio lugar y de meterse en el agua?
No se trata de entender este movimiento de salida como si todos tuviéramos que salir de misioneros, dejar nuestras parroquias vacías, olvidar nuestras responsabilidades… sino de dejarnos transformar en nuestro cotidiano a aquello que nos impulsa la Vida nueva que nos ha donado el Resucitado, y que sí, es para nosotros pero también para llevarlo a los demás.
“Remar mar adentro”, salir, es la consecuencia “obligada” de que se nos haya señalado una nueva tierra y regalado los medios necesarios para ir hacia ella. Alguno podrá interponer: “Estoy bien en mi isla. Agradezco el mapa y la lancha y el combustible y todo eso, pero quiero permanecer aquí. Me basta saber que más allá hay esperanza”. Pero el navegante que nos abrió la ruta no nos hará llegar allá sin nuestro compromiso con la aventura. La Vida nueva supone salida de sí (llámese a esta salida: conversión, compromiso, comunidad…).
Seguir siendo náufragos
Hay un viejo proverbio que dice “Lo que no das, lo pierdes”. Con “la gracia”, con la Vida nueva, nos puede pasar lo mismo. Quedándola para nosotros, la podemos terminar perdiendo; permaneciendo en la isla, no llegaremos a destino.
Pienso no sólo en lo personal y en lo comunitario, sino sobre todo en la misión de la Iglesia. En la Misa Crismal reciente, el papa León recordaba y advertía que la misión cristiana es la misma de Jesús, no otra. Jesús viene al encuentro de la humanidad con la Buena Noticia del amor de Dios, Buena Noticia que se concreta en cercanía, perdón, banquete, familia, el llamado a participar de una humanidad nueva.
Hablamos (¿y soñamos?) con una Buena Noticia que llegue a todos, con una Iglesia que acoja las periferias de la soledad, de los desechados, de los que se sienten perdidos, de los descreídos y desesperanzados, de los violentados, de los que desde lo profundo claman por un sentido… Pero si nuestro anuncio no pone un pie fuera de la isla, seguiremos siendo unos náufragos… viviendo en el espejismo de la autocomplacencia (sea personal o comunitaria). “Rema mar adentro”: no hay otra forma de salir de la isla.