Cuando Vox emergió como partido político en la vida pública española, se presentó de forma implícita como la voz de los católicos. De hecho, los estudios estadísticos visibilizan que han encontrado en los creyentes un caladero de votos nada desdeñable.
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Para lograrlo, al estilo de la ultraderecha norteamericana, se han presentado como abanderados de la defensa de la vida frente a la eutanasia y el aborto, orillando la defensa de las vidas de los más vulnerables, esto es, de los migrantes. O lo que es lo mismo, retorciendo y parcelando el Evangelio para convencer a su electorado.
Injustificada xenofobia
En este tiempo, su injustificada xenofobia –o mejor dicho, aporofobia– les ha llevado a anunciar expulsiones masivas, a rechazar la reciente regularización o, como en estos días, a amenazar con retirar las ayudas públicas a todo proyecto de Cáritas.
El presidente de Vox, Santiago Abascal, ha ido más lejos, al acusar al obispo de Canarias, José Mazuelos, de “hacer negocio con la inmigración ilegal”. Criminalizar a brochazos al migrante, agitando el odio y el miedo a golpe de falacias, nada tiene que ver con Jesús de Nazaret. Eso sí que es un negocio. Y no precisamente católico. Por un puñado de votos.