Ya son tres los eventos en torno al Papa que va a vivir esta generación de jóvenes cristianos españoles. Después, será todo más caro y, seguro, más lejano en el tiempo. Y siempre quedarán en la memoria del corazón en forma de imágenes, discursos, vivencias y silencios conmovedores.
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En 2022, fueron 40.000 de los nuestros los que hicieron que Lisboa hablase castellano durante unos días, ayudando la afinidad lingüística de un pontífice argentino. En Roma, hace menos de un año sucedió algo parecido y la delegación española era la segunda más grande en cuanto a participación jubilar. Ahora, al visitarnos León XIV, se cierra un ciclo de encuentros papales, pero con el deseo de que se abra otro de consolidación de este resurgir católico del que tanto gusta hablar.
Un auténtico regalo
Lo que no cabe duda es que ha sido un auténtico regalo para nuestros jóvenes y para todos los que les acompañamos, pues los efectos de la gracia se palpan fácilmente en todos aquellos que han participado. Y, si alguien lo duda, es que aún no lo ha vivido, no tiene contacto con jóvenes o quizás no lo quiere reconocer, vete a saber por qué.
Para sorpresa de muchos, como señalaba aquel artículo de Vargas-Llosa en El País, allá por 2011, no podemos soslayar el gran testimonio de nuestros jóvenes cristianos en todas estas participaciones, y si no, en contraste, parémonos por las inmediaciones de un estadio en la previa de un partido, en un festival de música o en las fiestas de cualquier pueblo. Sin embargo, en el runrún de todo organizador conviene tener claras algunas amenazas o tentaciones, y a mí me gustaría señalar dos de ellas.
La primera es la del alcohol, reclamo de todo joven distraído que confunde lo espiritual con lo espirituoso, y quizás sin un buen pastor que le apriete las tuercas y le recuerde que hay que estar “a setas o a rolex”. Que, aunque es verano y el cuerpo lo pide, porque a veces parece un concierto de verdad, el Espíritu Santo no necesita doping, y la fiesta es de Dios, no del comercio que hace el agosto a base de vender alcohol a adolescentes con mayoría de edad.
Brindar por Dios
Que brindar por Dios está genial, pero que los santos de verdad no solían hacer eso. Porque la santidad es mucho más discreta, y la gracia no apesta a güisqui. Aunque surgirán algunos ataques desde algunos medios, conviene recordar que el comportamiento de la gran mayoría siempre ha sido ejemplar.
Pero quizás la otra tentación es la ideología, y la más peligrosa a la larga. La que cambia la fe por la idea. Y es que muchos recordamos con tristeza a los cuatro energúmenos (no creo que fueran muchos más) que cantaron (ebrios, seguramente) “que te vote Chapote” durante la consagración en la misa de españoles en Cascais. Y es que esta tentación está ahí, la de mezclar la cruz con la bandera, o con las siglas políticas, que es mucho más ruin.
Banderas hay muchas, y significados secundarios hay más, y no podemos dejar que se utilice el nombre de nuestra religión en vano. Es el sutil paso de transitar de un encuentro cristiano a un festival, a unas fiestas de pueblo o a un partido de fútbol. De convertir la fe del pueblo de Dios en un nacionalismo eufórico o en un provincianismo sectario.
Los políticos no devuelven los favores
Y, por desgracia, sabemos que, en el momento en que cambiamos fe por ideología, nos encantamos a nosotros mismos en calidad de seres tribales. Pero los políticos no devuelven los favores, no lo olvidemos, y el Pentecostés no tendrá mucho recorrido. A Dios lo que es de Dios, y al César lo que es del César. Y católico significa universal, no lo olvidemos.
Pero no perdamos, entre tantas prisas organizativas, esta oportunidad de hacer pedagogía con nuestros jóvenes, para que se pregunten qué tipo de cristianos quieren ser. Si fieles a su esencia o en oposición a otros, pues la llama de la fe es frágil y se apaga fácilmente, y no conviene hoy levantar vientos y mañana tempestades, porque a la larga no nos ayuda.
Esto no niega el uso de banderas, sino que es una invitación a un sentido evangélico y no ideológico de los símbolos de los eventos religiosos. Porque habrá gente, de un extremo y del otro, deseando que se convierta en lo que la Iglesia no pretende, con tal de justificar su cerril planteamiento y sacar a pasear el dedo acusador contra los jóvenes o contra la CEE.
Redescubrir ese nuevo ‘nosotros’
Y, frente a un mundo polarizado, redescubrir ese nuevo ‘nosotros’ del que habló don Luis Agüello en aquella misa legendaria en la Plaza de San Pedro. Un ‘nosotros’ en nuestras diócesis y carismas, en nuestras comunidades y en la Iglesia española, como creo que sabemos hacer más que de sobra.
Un ‘nosotros’ que no está enfrentado, sino que quiere vivir y celebrar su fe con plenitud en una sociedad donde el vecino quizás piensa distinto, y no por ello es un enemigo, que es lo que diferencia a un verdadero país democrático de una república bananera. Donde Dios nos une más allá de nuestras ideologías, acentos y orígenes.
Ojalá que, cuando usemos las banderas en esta visita de León XIV, pensemos en lo que cada uno de nosotros queremos transmitir, y si tienen que ver con el Evangelio, para que así los cristianos mostremos al mundo la fraternidad que no quieren nuestros políticos.
Frente a los prejuicios
Yo soy de los que creen que sí hay un resurgir religioso, y que no es ideología, aunque los políticos y los medios andan al acecho y se quieran aprovechar. Los propios jóvenes nos lo enseñan con sus preguntas, con sus respuestas, con su participación y audacia pastoral que no nos deja de sorprender, y con la falta de prejuicios que muchas veces los mayores (cristianos y no cristianos) suelen tener.
Esperemos que el apasionante mes de junio que llega sea un ‘kairós’ para la Iglesia española, y también para la amistad social. Que sea un impulso para un nuevo ‘nosotros’, y que, entre ‘todos, todos, todos’ lo sepamos celebrar.