Tribuna

La conexión entre la cruz, la resurrección y la celebración eucarística en pascua

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El Triduo pascual, la pasión, muerte y resurrección de nuestro Señor Jesucristo, marca a cada uno de nosotros en la fe, como una celebración profunda que nos conecta con Jesús, porque lo acompañamos en sus momentos más importantes y decisivos de su vida e incluso en el hombre que aguarda y espera la verdadera vida.



Todas las celebraciones litúrgicas y devocionales, están marcadas por signos, símbolos y una gran afluencia de personas que viven y que acompañamos; queda en el corazón las experiencias profundas de un pueblo que renueva la fe, cada año en nuestras comunidades parroquiales. Solo quiero detenerme en algunas reflexiones, después de vivir la Semana Santa y que tocan el tiempo pascual.

Los vivos, son quienes te alaban, no los muertos

Uno solo debe estar vivo para alabar, bendecir y dar gracias al Señor, recordemos que desde el Antiguo Testamento se habla de la vida: “en el reino de la muerte nadie te invoca, y en el abismo, ¿quién te alabará?”(Sal 6,5); “¿Qué ganas con mi muerte, con que yo baje a la fosa? ¿Te va a dar gracias el polvo?”(Sal 30(29),10); “¿Se anuncia en el sepulcro tu misericordia, o tu fidelidad en el reino de la muerte?”(Sal 88 (87),12); “los muertos ya no alaban al Señor, ni los que bajan al silencio”(Sal 115(113B),17); “que mi alma viva para alabarte” (Sal 119(118),175); “alabaré al Señor mientras viva, tañeré para mi Dios mientras exista” (Sal 146 (145),2); “todo ser que alienta, alabe al Señor” (Sal 150,6).

Así, que por excelencia, los vivos son quienes alaban al Señor, los que aguardan la vida plena, la espera del Mesías. En la experiencia de nuestras comunidades, experimentamos la “anti-cultura” de la muerte, por ende, anunciamos que la vida, es mas importante que la muerte y que Jesús vence la vida, para darnos vida en abundancia.

Eucaristia

En la cena pascual

En la cena y en la cruz culmina la vida y la misión de Jesús; el cáliz desborda una existencia servicial, y el pan ácimo es el pan de la Pascua del Señor que lleva a cumplimiento el pan de las fatigas y de la prisa de la pascua de Israel (cfr. Ex 12,1ss., Dt 6,20-25).

El Concilio nos dice: “la Eucaristía es el principio y el culmen de la vida cristiana” (LG 11). La Eucaristía es fuente y cumbre de la vida de la Iglesia; es su centro y corazón; el seno fecundo de su vitalidad y la realización más intensa de su misterio. Como esta frase que nos inspira a todos: “fuente que mana y corre… en este vivo pan por darnos vida, aunque es de noche” (San Juan de la Cruz). Esto es, dinamismo, una Iglesia viva, que pastorea, que nos da el pan vivo bajado del cielo para todos, aunque muchas veces vivamos en situaciones adversas e incluso de noche.

La Eucaristía es entrega y suplica de Jesús

“La Eucaristía es la recolección (analepsis) de toda la vida de Jesús hasta el momento en que, siendo traicionado por los hombres, él se entrega por ellos, a la vez que anticipación (prolepsis) de su muerte en cruz vivida como entrega y súplica para la vida del mundo (Jn 6, 48).

Es el quicio en torno al cual giran la historia de Jesús, que queda recogida como fuente de vida para los que se unan a él, y la historia de la Iglesia, resultado de la santidad y perfección que Cristo logra ofreciéndose en la cruz por todos nosotros. La historia de Cristo desemboca así en la Eucaristía y de ella surge la Iglesia”. (Cfr. O. González de Cardedal, El obispo en la Iglesia, Madrid 2002, P. 134).

 La agonía de Jesús

Jesús en el Getsemaní ora: “Padre, si es posible aparta de mi este cáliz, pero que no haga mi voluntad sino la tuya” (Lc 22, 42). Llega el momento mas importante de Jesús, la oración de la  agonía, recordemos que el término proviene del griego antiguo ἀγωνία (agōnía), que significa lucha, contienda, angustia o congoja, derivada a su vez de agón (lucha, certamen).

Originalmente, describía la tensión emocional y física extrema de un atleta o luchador, evolucionando para representar el sufrimiento intenso o la lucha hasta el final. Esto es, dar el todo por el todo, no rendirse, si una persona sabe que está cerca la meta, saca fuerzas extraordinarias para llegar.

Jesús en oración

Me imagino a Jesús, en el momento más importante de su vida, en la decisión mas importante; sin embargo, la vida del ser humano es frágil, es vulnerable. Lo es siempre en sus comienzos; lo es casi siempre en la etapa final y lo es muchas veces en cualquier otro momento.

Pero Jesús, sabe desde su oración profunda e intima con el Padre, que como ser humano es normal sentir angustia, dolor, deseo de rendirse, no sé si llegaría a querer tirar la toalla, como decimos coloquialmente; pero en el fondo sabía que la fuerza venía del Padre y de su conciencia de ser el Hijo de Dios, el escogido, por eso, debía dar el paso definitivo de su entrega hasta el final, esto es dar el todo por el todo hasta el final mismo de su vida, hasta las últimas consecuencias e incluso una muerte de cruz.

Existe una comunicación entre el Padre y el Hijo, no recuerda el evangelio: “El Padre, que me ha enviado, posee la vida, y yo vivo por él. Así también, el que me coma vivirá por mí”(Jn 6, 57), es la vida divina comunicada al hombre y si el hombre come de su cuerpo y su sangre tendrá vida en abundancia.

¡Cristo ha resucitado y estamos alegres!

Es la preparación del corazón de todos los creyentes, desde el salmo 125, 1: “El Señor ha estado grande con nosotros, y estamos alegres. la boca se nos llenaba de risas, la lengua de cantares”. Pero, me gusta, cuando hablamos del “viviente”, según los evangelios y san Pablo, porque es el ausente-presente, es el ausente-vivo, porque ¡Cristo ha resucitado y estamos alegres!.

La resurrección de Jesús significa que el amor y la misericordia del Señor son más fuertes, que el mal y también que la muerte, significa que el amor de Dios puede transformar nuestra vida como la de Nicodemo que Jesús lo invitó a “nacer de nuevo” (Jn 3,1- 8).

Los que aman la muerte vs los que aman la vida

Decía Erich Fromm que “no hay distinción más fundamental entre los hombres, psicológica y moralmente, que la existente entre los que aman la muerte y los que aman la vida, entre los necrófilos y los biófilos” (Fromm, Erich, El corazón del hombre, Fondo de Cultura Económica, Madrid, 9ª ed., 1984, p. 37).

Nosotros como creyentes amamos la vida y la respetamos, la valoramos, la queremos e incluso, ante las fragilidades de los discípulos de Jesús, cada uno en su libertad, toma su decisión final, Judas, lamentablemente, después de la entrega y la traición, se ahorco, en su libertad y Simón Pedro, se arrepintió, después de negarlo tres veces, el Señor resucitado le va ha renovar su segundo llamado, para apacentar al rebaño. Cada uno, tomo su decisión, libre, voluntariamente e incluso, estando cerca a Jesús vivo.

¿Tememos morir?

San Francisco de Asís amaba entrañablemente la vida. Sin embargo, cuando al atardecer de aquel sábado 3 de octubre de 1226 le llegó la hora de la muerte la recibió con mucha paz: “Bienvenida sea mi hermana la muerte”(San Francisco de Asís. Escritos. Biografías. Documentos de la época, BAC, Madrid, 4ªed., 1991, P. 791).

Seguro que en este año jubilar franciscano, esta fuente nos deberá inspirar a todos para cultivar esa cultura de la vida sobre la muerte y ser gestores desde el mismo “tejido social” (profundizado en varios artículos de Vida Nueva) de una cultura de la vida en nuestras comunidades, como Sierra Morena (Ciudad Bolívar), tejer la vida, tejer las oportunidades y ser gestores de vida en nuestros contextos.

Jesús, vence la muerte y nos da vida en abundancia

El paso ya lo dio Jesucristo, venciendo el mal y la muerte. “Si Cristo no hubiese resucitado, si Caifás hubiese tenido razón y Herodes y Pilato se hubiesen revelado como sabios, el mundo sería un absurdo, sería el reino del mal, del engaño y de la muerte.

No se trataba del final de una vida cualquiera, sino del final de la vida verdadera, de la vida de un ser absolutamente justo. Si ni siquiera una vida así podía vencer al enemigo, ¿qué esperanza quedaba en el futuro? Si Cristo no había resucitado, ¿qué otro podía hacerlo” (Soloviev V., Obras completas, tomo 10, 36-47).

Cristo, presente en la Iglesia hasta el fin de los tiempos

“Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28,20, Jn 14,18-21). Jesús no se ha alejado visiblemente para desentenderse de nosotros, ¡está vivo!. Como la enseñanza del Concilio Vaticano II: «Cristo está siempre presente en su Iglesia, principalmente en las acciones litúrgicas. Está presente en el sacrificio de la misa, sea en la persona del ministro, “ofreciéndose ahora por el ministerio de los sacerdotes el mismo que entonces se ofreció en la cruz”, sea sobre todo bajo las especies eucarísticas.

Está presente con su virtud en los sacramentos, de modo que, cuando alguien bautiza, es Cristo mismo quien bautiza. Está presente en su Palabra, pues cuando se lee en la Iglesia la sagrada Escritura, es Él quien habla. Está presente finalmente, cuando la Iglesia suplica y canta salmos, el mismo que prometió: Donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos (Mt 18,20) (Sacrosanctum Concilium, 7).

La Eucaristía celebrada hoy

Los cristianos estamos invitados a sentarnos a la mesa de la Palabra y a la mesa del Cuerpo de Cristo. El ambón, lugar de la proclamación de la Palabra, y el altar, lugar de la presencia sacramental del Señor, constituyen el fulcro de la celebración eucarística. Ambas mesas están internamente comunicadas: El caminante misterioso, que salió al encuentro de los discípulos de Emaús, les explicó las Escrituras y partió para ellos el pan (cfr. L c 24, 13ss.). Recordemos que  en el capítulo 6 del Evangelio de San Juan contiene probablemente dos discursos estrechamente unidos: uno sobre el pan de vida (6, 22-50) y otro sobre el pan eucarístico (6, 51-59).

Esto nos hace reflexionar sobre la importancia del pan de la Palabra y el Pan de la Eucaristía, porque están estrechamente unidos, no están separados sino que desde el principio, las comunidades celebran la fe, escuchando la Palabra y viviendo la Eucaristía.

En fin, somos comunidades que celebramos la fe en la vida y esa vida se alimenta del pan de la Palabra y del pan de la Eucaristía; esa misma vida celebrada se transforma en una continúa vivencia diaria en la vida cotidiana. Así como celebro la vida en la Eucaristía, así mismo vivo la vida es celebrada en la cotidianidad de mi vida. El sufrimiento, la agonía y la cruz, tienen un sentido profundo de salvación, porque se hace memoria del Golgota en cada altar donde se celebra la Eucaristía para revivirlo y tener una experiencia siempre nueva de Jesús en cada celebración. Dime ¿Cómo celebras la Eucaristía? y de diré ¿Quién eres?; Dime ¿Cómo presides la Eucaristía? Y te diré ¿Cómo eres un buen pastor?


Por Wilson Javier Sossa López. Sacerdote eudista del Minuto de Dios