Aunque el fenómeno español tenga sus peculiaridades propias, parece ser compartido por algunos otros países: Francia, Finlandia o Estados Unidos, al menos. Los jóvenes, en especial los de la Generación Z, comienzan a romper el silencio impuesto por el laicismo todavía imperante: empiezan a hablar de Dios con normalidad.
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¿Estamos asistiendo al inicio del fin de la era secular, como parece indicar el propio Charles Taylor en su último libro, ‘Cosmic Connections’ (2024), que ahonda en ese camino de reencantamiento del mundo a través de la belleza? ¿Tal vez, según el análisis de Hans Joas, a una resituación de lo sagrado desde la inmanencia secular hacia la trascendencia divina?
Responder a estas cuestiones no resulta fácil, pero sí podemos constatar que el fracaso del proyecto de la Modernidad es un hecho. Anunciado, aunque no consumado, los síntomas de su imparable deterioro son palpables. El optimismo ilustrado se transmutó en desencanto posmoderno –o tardomoderno– y en un intento de deconstruir la realidad a fin de constituirla de nuevo. El resultado: el hombre sin moldes, líquido –¿o tal vez gaseoso?–, que intenta crear su continente a golpe de cambiante deseo, ya que ahí reside su autonomía –su libertad–. Pero, al licuarse, en vez alcanzar plenitud, ha devenido desconcertado, vacío, desequilibrado, roto y…, en muchos casos, abocado a la muerte. (No en vano, el creciente número de suicidios entre jóvenes aflora como uno de los problemas más alarmantes).
Voces ‘sin pudor’
En medio del desconcierto, se empiezan a oír voces que reclaman algo. Se vuelve a pedir sentido, a buscar sólida identidad y, como no podía ser de otro modo, a desear trascendencia.
Aunque, todavía tímidas, esas voces comienzan a hablar ‘sin pudor’. Se ha perdido el miedo a preguntar si ese deseo íntimo de una belleza que no defraude apunta realmente hacia Alguien. La pregunta por el Dios que me persigue en ese deseo de Absoluto –el Dios ‘stalker’ de Rosalía– se plantea con normalidad. Se inquiere por su existencia, por quién es y si es el que propone alguna religión o el de ninguna… Y quienes comienzan a alzar la voz son los ‘centennials’ y algunos de los Alfa, que –al parecer– están contagiando a ‘millenials’ e incluso abriendo la mente más laicista de unos cuantos ‘boomers’.
¿Podemos decir que asistimos al comienzo de una era postsecular? No me atrevería a afirmarlo, pero sí es un hecho que el laicismo de la modernidad, seguro de la construcción de un mundo con única residencia en la inmanencia, no podía imaginar que, por mucho que se licuara la naturaleza humana, el deseo de Absoluto fuera inextinguible y que, mientras más se la deconstruyera, con mayor intensidad se manifestaría. Eso sí, para llegar aquí se ha llenado el camino de multitud de heridos y no pocos cadáveres. Testigo de ello es la fragilidad de estas inquietas generaciones.
Melancolía y nostalgia
Tendemos a identificar melancolía y nostalgia y, al calificar este rebrote del deseo de Absoluto, muchos modernos y tardomodernos –ya sean liberales comecuras, cuyo único dios es ‘mammón’, o ‘wokistas pijiprogres’ (‘bobós’ los llaman los franceses) que siguen reivindicando un laicismo agresivo– tienden a ubicar este fenómeno en el sentimentalismo que invade a nuestros jóvenes y, en consecuencia, lo identifican con una suerte de romántica reacción que mira hacia un pasado en que Dios establecía seguridades y consuelos. Esa melancolía –o nostalgia– es una crisis de adolescencia que pasará, cuajando en el nacimiento de una nueva humanidad que se construirá sin límites al albur de sus deseos.
Aunque en este análisis hay algo de verdad –porque el ‘siento luego existo’, reivindicado por Kundera en ‘La inmortalidad’, define muy bien, quizás extremadamente bien, a las generaciones Z y Alfa, pero los sentimientos son bien variados y el sentimentalismo pueda tender a la melancolía–, no todo sentimiento apunta a ella. Quizás, parte del error en el análisis provenga de esta confusión que se hace patente al identificar melancolía y nostalgia.
Melancolía es sentimiento de huida, de negación. El melancólico busca refugio frente a una realidad que percibe como mal. Y ansía luz, pero mirando al pasado e intentando recrearlo. La busca en el negro sol del recuerdo. No añora el sol luminoso al que no mira. Así la retrata Durero con gran finura en uno de sus grabados.
Sentimiento de hogar
Nostalgia es sentimiento de hogar. Sueña con él y se duele en su ausencia esperando su presencia. Mira a lo lejos, a la luz, y quiere caminar hacia el sol de su deseo.
Estos jóvenes que comienzan a girar sufren de nostalgia, no de melancolía. Sienten aversión hacia aquello que les licúa haciéndoles carecer de identidad. Huyen del laicismo imperante que les ha negado solidez propia, yo auténtico, porque comienzan a percibir que no puede haber auténtica libertad sin fuerte identidad. Están hartos de microrrelatos, de experiencias, y sueñan con encuentros. Tienen nostalgia de plenitud, no melancolía de consuelo. Nostalgia de Alguien que les acoja en su fragilidad y les restaure. Esperan a Dios.
Su reacción no es romántica melancolía sino esperanzada nostalgia. Y, como tal, puede frustrarse o no. Y es que el colapso de la Modernidad en cualquiera de sus versiones se encuentra en el corazón del hombre, en su sed de eterna felicidad. (El ‘eros’ platónico o la ‘inquietudo cordis’ agustiniana). Anhelan y esperan la llegada de Alguien que les acoja incondicionalmente. Y ese Alguien llega porque no se ha ido. Reside, al menos, en su deseo, donde se vislumbra como ausente experimentando su velada presencia. Reside en su paradójica nostalgia. (…)
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Índice del Pliego
¿POSTSECULARIZACIÓN?
¿MELANCOLÍA O NOSTALGIA DE ABSOLUTO?
NI TRIUNFALISMO NI ESCEPTICISMO
MOTIVOS Y EXIGENCIAS
LOS PELIGROS
ANAMNESIS DEL ENCUENTRO
ALGUNAS SUGERENCIAS
‘KAIRÓS’