Actor, director y dramaturgo, Javier Veiga está en el madrileño Teatro Maravillas hasta el verano con ‘Un matrimonio sin filtros’, una comedia incómoda sobre el desgaste de la pareja, la vivienda como trampa y la exposición constante de la intimidad. Al tiempo, sigue de promoción con ‘Playa de Lobos’, una película que parte de un conflicto mínimo para radiografiar, con humor y desasosiego, la hipocresía social, el turismo y la burocracia.
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PREGUNTA.- Escribe, dirige e interpreta junto a su mujer, Marta Hazas, ‘Un matrimonio sin filtros’. ¿Qué se va a encontrar el público?
RESPUESTA.- El formato es de comedia, así que lo primero es que el público se ría. Pero habla de una relación de pareja que atraviesa una crisis profunda, el amor se ha acabado o, al menos, está seriamente dañado.
Terapia de pareja
P.- Comparte matrimonio real y de ficción en escena. ¿Es incómodo interpretar una ruptura tan descarnada?
R.- Los actores solemos decir que nos encanta interpretar porque nos obliga a reflexionar sobre cosas que quizá no nos habíamos planteado. Cuando encarnas personajes extremos, ya te remueve, pero si hablas de algo tan cercano como una relación de pareja, la conexión es todavía más directa. Es una manera de enfrentarte a tus propios problemas. En el fondo, casi funciona como una terapia.
P.- El conflicto por la vivienda es el eje de la obra…
R.- Es el núcleo de la trama. El detonante es una crisis de pareja, pero todo gira en torno a qué pasa con esa casa compartida. A veces, no puedes separarte porque eso implicaría cambiar por completo tu manera de vivir.
La esclavitud del móvil
P.- El teléfono móvil también distancia a esa pareja.
R.- Es transgeneracional. Tendemos a pensar que es un problema de adolescentes, pero no es verdad. Mi padre mira Facebook, un milenial mira TikTok, todos nos pasamos pendientes del teléfono una barbaridad de horas. Afecta a cualquier relación: de amistad, familiar o de pareja. (…)
P.- ¿Tiene sentido de la trascendencia… o de la fe?
R.- Me considero muy racional, pero creo que vivimos una crisis de identidad. Al perderse los grandes dogmas que han regido la sociedad durante siglos, buscamos nuevas formas de creencia, nuevos ritos. Eso genera una especie de pubertad intelectual o espiritual. Todos necesitamos algún sentido de trascendencia. Cuando se pierden los dogmas tradicionales, tendemos a abrazar otras formas de pertenencia. El problema es cuando esas nuevas creencias nos hacen peores en lugar de mejores.