Supongo que no te resulta una frase desconocida. Quizá incluso la hayas pronunciado. Yo confieso haber sucumbido a ella alguna que otra vez, y algo parecido le ocurrió el otro día a una amiga que, en medio de una conversación sobre la actualidad, se rendía: “Yo, si pudiera, me bajaba ahora mismo del mundo”.
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Desencanto, desesperación, frustración
“Bajarse del mundo” es una forma educada de expresar lo que muchos/as sienten: que la sociedad en la que vivimos y la historia que transitamos están para echarse a llorar. Y lo peor es que parece no faltar razones.
Conflictos violentos que se eternizan causando miles de víctimas inocentes; mandatarios que juegan con la geopolítica como en una partida de ‘Monopoly’; discursos excluyentes que dificultan soluciones; decisiones políticas marcadas por intereses electorales; manipulación en redes, algoritmos e informaciones falsas; dificultades de acceso a vivienda, trabajo o sanidad; desigualdad creciente; incertidumbre ante la IA; obstáculos para que los/as jóvenes puedan emanciparse y construir proyectos de vida….
La lista es larga. Y cada semana se amplía con nuevos frentes, incluidas corrupciones, accidentes y catástrofes naturales.
Ciertamente, dan ganas de decir: “apaga y vámonos”.
Del avestruz al colibrí
Pero, ¿hay alternativa a ese impulso comprensible?
Lo cierto es que bajarse del mundo no es una opción real, salvo para quienes –por desgracia– llegan a decisiones extremas, o para quienes pueden permitirse aislarse del ruido colectivo.
Por otro lado, la técnica del avestruz no mejora lo más mínimo la situación. Quizá solo nos anestesia un rato.
Así que no. No nos bajemos del mundo.
Entre otras cosas, porque ese elenco de desgracias es solo parte del relato. Real, sí, pero incompleto.
Mientras escribo estas líneas, me vienen a la cabeza varias escenas: una amiga que lleva años trabajando contra el sinhogarismo, y que sostiene que, aunque ella no llegue a verlo, la situación mejorará; un amigo, que coordina en Granada una fundación donde conviven 170 personas de 40 nacionalidades distintas, procedentes de contextos de exclusión y pobreza, y que, pese a las muchas dificultades, está construyendo un modelo de convivencia basado en el servicio y la comunidad; la llamada de un conocido del centro penitenciario de Albolote, de permiso unos días, que me contaba con emoción que ha tenido una entrevista para un posible trabajo cuando obtenga la libertad definitiva; las miles de personas que celebran la ILP para la regularización extraordinaria de personas extranjeras; o el grupo de jóvenes del proyecto de liderazgo juvenil que tenemos en la fundación en la que estoy, que quieren vivir con otras coordenadas y aportar su grano de arena a una sociedad más habitable, fraterna y próspera.
Así es. Mientras el discurso y las actuaciones del odio, la destrucción y el miedo se amplifican, también crecen otras realidades –quizá menos estridentes, pero humanamente más poderosas– que sostienen activamente la esperanza.
El “efecto colibrí”
Son quienes viven el “efecto colibrí”, cuya historia mi amigo-hermano Augustín Ndour –primer firmante de la citada ILP– ha contado en varias ocasiones.
Un incendio arrasaba el bosque. Todos los animales huían. Todos, menos un pequeño colibrí que volaba al lago cercano y regresaba con una gota de agua en el pico, una y otra vez. Los demás, desconcertados, le preguntaron qué hacía. El colibrí respondió que llevaba agua para apagar el fuego. Le dijeron que no conseguiría nada. Y él contestó, sin detener su vuelo:
– Yo hago lo que me toca hacer.
(En la versión que cuenta Augus, el elefante, avergonzado, comenzó a llenar su trompa para ayudar… y así el resto de animales, hasta que el incendio terminó por apagarse).
Lo que nos toca hacer.
No hay mejor receta aunque no sepamos si lograremos extinguir todos los fuegos.
Las cosas pueden estar mal –tampoco es algo nuevo en la historia; ya Mafalda quería bajarse del mundo hace décadas–, pero siguen existiendo motivos para la esperanza y causas por las que trabajar.
Cada cual lo que pueda. Hasta donde pueda.
Será el “efecto colibrí”.
¿Y tú? ¿Qué gota vas a llevar hoy?
