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“En muchas regiones de México el ministerio sacerdotal implica riesgos reales”: Padre ‘Fili’

José Filiberto Velázquez -quien deja su parroquia ante el riesgo que le implicaba permanecer- comparte con Vida Nueva: “un sacerdote que escucha a las víctimas y denuncia abusos se coloca en una zona incómoda para los que se benefician de la violencia”

Padre Fili

El padre José Filiberto Velázquez Florencio aseguró que “en muchas regiones de México el ministerio sacerdotal implica riesgos reales. No porque los sacerdotes busquemos el conflicto, sino porque acompañamos a comunidades atravesadas por la violencia, la pobreza, la injusticia y el abandono institucional”.



En entrevista para Vida Nueva, el padre ‘Fili’ -quien tuvo que dejar su parroquia hace más de un mes ante el riesgo para su vida que le implicaba permanecer- lamentó que “cuando un sacerdote escucha a las víctimas, denuncia abusos o defiende la dignidad humana, inevitablemente se coloca en una zona incómoda para quienes se benefician de la violencia. Aun así, la misión de la Iglesia no es callar, sino ser presencia de consuelo, verdad y esperanza, incluso en contextos adversos”.

El sacerdote, perteneciente a la Diócesis de Chilpancingo-Chilapa, llegó en octubre de 2025 como párroco interino de la parroquia San Cristóbal, en la localidad de Mezcala, estado de Guerrero, en sustitución del padre Bertoldo Pantaleón, quien fue asesinado; sin embargo, debió salir de su comunidad poco más de un mes después.

“Continúo mi ministerio sin exponer a las comunidades ni a otras personas”

En ese contexto el padre ‘Fili’ -fundador y director del Centro de Derechos de las Víctimas de Violencia ‘Minerva Bello’– detalló: “Mi salida de la parroquia no fue una decisión personal ni pastoral en el sentido ordinario, sino una medida de protección ante un contexto de riesgo creciente. Desde hace tiempo, mi labor en defensa de los derechos humanos y de las víctimas de la violencia me colocó en una situación de vulnerabilidad que fue evaluada con seriedad“.

Por lo anterior -añadió- “con el acompañamiento de mi obispo (José de Jesús González) y de personas cercanas, se consideró prudente hacer una pausa en el ejercicio parroquial directo, sin que esto signifique un abandono de la misión sacerdotal ni de la diócesis. Actualmente me encuentro en un espacio seguro, continuando mi ministerio de forma distinta: acompañando procesos pastorales, humanos y de paz, sin exponer innecesariamente a las comunidades ni a otras personas”.

Padre Filiberto

Foto: Padre José Filiberto Velázquez Florencio

Si bien -señaló el padre ‘Fili’- el tiempo como párroco de San Cristobal fue corto, “hago un balance profundamente agradecido. La parroquia fue un lugar de encuentro, fe viva y resistencia comunitaria en medio de contextos muy duros. Compartí la vida con personas sencillas, marcadas por la violencia, pero también por una enorme capacidad de esperanza”.

“Las comunidades necesitan procesos colectivos de cuidado, justicia y verdad”

Manifestó que “pastoralmente fue un tiempo fecundo: de escucha, de cercanía con el dolor, y de una Iglesia que no se encierra en el templo, sino que sale al encuentro de las heridas del pueblo. Salgo con gratitud, con vínculos que permanecen y con la certeza de que la semilla sembrada sigue viva en la comunidad”.

Por otro lado, al ser preguntado acerca de los retos de su comunidad parroquial, expresó que el principal es sanar el miedo: “muchas comunidades viven bajo una normalización de la violencia que fragmenta el tejido social y debilita la confianza. El desafío pastoral es seguir construyendo comunidad, fortalecer la fe como fuente de esperanza, y promover caminos de reconciliación, participación y cuidado mutuo. La Iglesia está llamada a ser un espacio seguro, donde las personas puedan reencontrarse con su dignidad y su voz”.

Para concluir, el sacerdote enfatizó que la violencia “no puede ni debe tener la última palabra. La salida temporal de un sacerdote de una parroquia no es una derrota, sino una llamada urgente a que, como sociedad, como Iglesia y como Estado, asumamos con mayor responsabilidad la construcción de la paz. Las comunidades no necesitan héroes aislados, sino procesos colectivos de cuidado, justicia y verdad. Ahí sigue estando mi compromiso sacerdotal y humano”.

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