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Pliego
Portadilla del Pliego, nº 3.442
Nº 3.442

La maravilla de las cosas (Conversaciones con Ana María Schlüter)

PREGUNTA.- Empezamos recordando tu infancia, porque es siempre cimiento de la vida. ¿Qué recuerdos más sustanciales tienes de ella, de tus padres, de tus abuelos, de los lugares donde viviste?

RESPUESTA.- Nací en Barcelona. Mi padre era alemán de Berlín, y había venido a España para trabajar en el Banco Alemán Transatlántico de Barcelona. Mi madre era española de Barcelona. Era entonces maestra del grupo escolar Milà i Fontanals, del que era directora Rosa Sensat.



El 18 de julio del 36, cuando yo tenía poco más de quince meses, tenían proyectado un viaje en avión a Berlín para que los abuelos de Berlín conocieran a su nietecita. Mi abuelo catalán dijo por la mañana, cuando se iban conmigo al aeropuerto, que había oído una tormenta rarísima, un solo trueno, y que no había notado que lloviera. Cuando llegamos a Berlín, nos enteramos por el abuelo alemán que había estallado la Guerra Civil en España.

Ana María Schlüter

Ana María Schlüter

Tengo recuerdos muy buenos de Berlín, a pesar de los tiempos de guerra. Mi padre jugaba con nosotros, corría con nosotros cuando venía de permiso. Mandaba postales que podía descifrar con las primeras letras aprendidas en el colegio. Sobre todo, recuerdo el jardín de mis abuelos; ellos vivían en una casa con jardín. Una mañana, muy temprano, bajé al jardín que estaba todavía cubierto de rocío. Vi una pequeña flor amarilla en el césped.

La importancia de una flor

P.- Esa flor es una flor clave en tu vida.

R.- Vi la flor, y se me ha quedado grabada hasta el día de hoy: pequeña, amarilla. Muchos años después, Castermane me sugirió que fuera un tiempo a Alemania con Dürckheim. Dirigía un centro de terapia iniciática, en la línea de Carlos Gustavo Jung. Me ha influido mucho. Escribí un Pliego en ‘Vida Nueva’ sobre su centro. Pero eso ya es muy posterior a los recuerdos de mi infancia.  En una entrevista con Dürckheim me dijo: “Ver la flor fue muy importante para usted”, pero yo no le había dado nunca importancia hasta ese momento.

P.- No cabe duda de que el vivir la infancia en un país en guerra marca…

R.- Sí, marca. Una cosa que yo poseo –creo que desde entonces– es el hábito de que, cuando hay que hacer una cosa, guste o no guste, hay que hacerla y además enseguida. Porque allí, si había alarma, no podías decir “no, ahora no quiero”. Es la sensación de que hay que hacer las cosas ya, sin esperar, aunque no apetezcan. Yo creo que es un tic que tengo desde entonces.

Del pueblo en el que estuvimos evacuados, me han quedado otras enseñanzas envueltas en un aire bueno de paz. Una vez nos fueron a recoger a los niños del colegio unitario en un camión, para ir a una finca muy grande lejos del pueblo y entresacar plantitas de remolacha, porque no había ya gente para trabajar en el campo. La maquinaria no era tan moderna como ahora y sembraban las semillas sin distancias, todo seguido; había que entresacar no sé cuántas plantitas dejando una cierta distancia entre ellas para que las remolachas pudieran crecer. Y allí estábamos los niños una mañana entera, fila arriba, fila abajo, sin rechistar. Era así. Al final de aquel día nos dieron cerezas como recompensa. ¡Una gran cosa desconocida: unas cerezas! Aprendimos a aguantar, y a seguir, a seguir, a seguir. Una actitud de vida. Eso lo aprendí allí. Sin más. Sin palabras.

(…)

Solidaridad femenina

Al cabo de muchos años volví a ese pueblo, Gross-Lengden. Una de las campesinas, al verme por la calle, me reconoció y se puso a llorar: “Ay, Annemie, qué solidaridad había entonces entre nosotras; todas sabíamos lo que pasaba en la casa de al lado, en la familia vecina, nos consolábamos, nos ayudábamos… Si supieras, ahora todas las puertas están cerradas, nadie sabe nada del otro, una tristeza…”. Lloraba por lo de ahora, no por el tiempo durante la guerra mundial.

(…)

Una cosa muy importante, que no quiero que se me olvide. Estando todavía en Berlín, a los siete años o así, de la parroquia que nos correspondía, pero que no solíamos frecuentar, cuyo capellán fue ahorcado por Hitler porque se resistía a meter el veneno nazi en los jóvenes, de esta parroquia vino una catequista a casa a visitarnos. Recuerdo que dijo a mi madre: “Esta niña ¿no debería conocer al Heiland (‘Salvador’)?”. No sé qué dijo mi madre, pero a raíz de esta visita empecé a ir a catequesis de primera comunión, pocas clases nada más, porque enseguida llegó la orden de evacuación. Esta catequista, cuyo nombre aún recuerdo, Fräulein Gorke, nos mandó al pueblo una Biblia abreviada y un Catecismo sencillo; para mí fueron una bendición. En el pueblo no teníamos más que cuatro libros traídos de Berlín, que cabían en la repisa de la ventana. Esa Biblia era una Biblia de verdad, pero más corta, adaptada en este sentido a niños; era el texto auténtico, sin ilustraciones ñoñas. La Biblia y ese Catecismo fueron muy importantes para mí, para abrirme a la fe cristiana. La Biblia afianzó la certeza de que Dios estaba con nosotros.

Estemos donde estemos, siempre está con nosotros. Llegué a experimentarlo desde la Biblia; leyéndola me di cuenta de lo que vivía. El Catecismo no era uno de estos que dice lo que hay que creer, era otra cosa.

Culturas y lenguas diversas

P.- Tuviste en tu infancia cultura alemana de tu padre, cultura catalano-española de tu madre, evangélica luterana y católica.

R.- Entre culturas y lenguas diversas… así crecí. No hay que olvidar que la abuelita de Barcelona, madre de mi madre, además era francesa de origen. Ya no tenía la nacionalidad francesa porque se había casado con un español, pero su hermana, mi tía abuela, mantuvo la nacionalidad francesa; y en la Guerra Civil el consulado francés de Barcelona le daba ayudas extra por ser francesa. El bisabuelo fue un francés de la Cataluña francesa que había venido a la Cataluña española a fundar con un catalán español una fábrica de zapatos de charol en Badalona. Culturas diversas, inculturaciones, un mundo de encuentro y diálogo, que tanto ha influido en mi manera de ser.

La honradez de mi madre y la lealtad de mi padre, una cierta elegancia humana, han marcado el aire de una familia siempre itinerante por las guerras y con lo puesto. Mi madre decía que lo más importante era la educación, que no la podía quitar ninguna guerra, a diferencia de muebles, vajilla, etc. Cuando después de la guerra aún no sabíamos si mi padre estaba vivo o muerto, apareció un testigo de Jehová en el pueblo para convertirla a ella y a otras personas, y ella le dijo: “Mire, lo he perdido todo, no me quite ahora la fe, que es lo que me queda”.

PPC

A veces he pensado qué tenían mis padres o qué les faltaba, que tenían algunas familias de mis amigas. Ya mayor, he llegado a la conclusión de que mis padres no tenían una ideología. Establecían contacto con unos, con otros, más allá de las ideologías, del estatus social, de religión o de nacionalidades. Eran seres humanos que se relacionaban con otros seres humanos. No tenían ideología. Ninguna. Funcionaban de otra manera. Ahí está la clave. También para una convivencia en paz hoy.

P.- Es muy interesante lo que comentas. Porque las ideologías al final acaban pervirtiendo a las personas.

R.- Tapan lo humano. Ocultan lo que es común. Seas evangélico, católico, masón o lo que sea. Francés, o alemán, o prusiano, o lo que sea. De mi infancia guardo verdaderos tesoros. (…)

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Índice del Pliego

LA MARAVILLA DEL ORIGEN: UNA FLOR AMARILLA

LA MARAVILLA DEL MISTERIO EN LO REAL

LA MARAVILLA DE LA CONSAGRACIÓN EN EL MUNDO

LA MARAVILLA DEL CONCILIO VATICANO II

LA MARAVILLA DEL ABRIR LOS OJOS Y VER

LA MARAVILLA DEL ARAR Y SEMBRAR

LA MARAVILLA DEL DIÁLOGO ENTRE RELIGIONES

LA MARAVILLA DEL SER MUJER

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