La película ‘Los Domingos’ nos muestra cómo la atracción de una joven hacia la vida religiosa altera la convivencia familiar. Las escenas que nos brinda Alauda Ruiz de Azúa, directora de la cinta, nos recuerdan las discusiones familiares de los años 70 y 80 cuando la hija decidía irse a vivir con el novio sin estar casados o el hijo se atrevía a salir del armario y a hacer públicas sus preferencias afectivas. Sí, la sociedad ha cambiado.
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El paradigma sociocultural hegemónico ha experimentado una profunda transformación durante las últimas décadas. Hasta tal punto de que, hoy, la noticia, la anomalía, lo subversivo, lo que perturba el aparente ‘statu quo’ es la voluntad de dar trascendencia a lo transcendente. ¿Refleja esta película el retorno de lo sagrado, un giro católico, un renacer espiritual?
Tal vez, algunos vean con satisfacción que el movimiento pendular de la cultura por fin se vuelve a decantar hacia lo religioso. Un balón de oxígeno para unos esquemas mentales cuyo futuro peligraba por inanición. Sin embargo, estas briznas de espiritualidad también despiertan no pocos recelos. Pueden incomodar a los que, con vocación de cristianos viejos, sienten la fe como su coto privado de caza y no aceptan intrusismos. Desde el otro extremo, comparten este sentimiento de contrariedad los que desde hace años dan por amortizada la rémora de las creencias religiosas y esperan que sea definitivamente finiquitada. Otros, en cambio, menos combativos, no perciben más que una moda intrascendente, una anécdota propia de una sociedad anclada en la superficialidad. Ahora bien, seguramente asistimos a un fenómeno más profundo de lo que algunos apresurados análisis dan a entender.
De Rosalía a La Oreja de Van Gogh
Rosalía ha contribuido a iniciar este debate con la publicación de una cita de la filósofa y mística francesa Simone Weil en su último trabajo, ‘LUX’. Sin embargo, su interés por la espiritualidad viene de lejos. Ya en el año 2017, publicó un vídeo –titulado ‘Aunque es de noche’– que era un auténtico homenaje a la poesía de san Juan de la Cruz y a su indiscutible sed de Dios. Y durante el confinamiento por la pandemia del COVID-19, a través de las redes, nos invitaba a rezar el Padrenuestro.
El vídeo de su canción ‘Berghain’ evoca claramente escenas y contenidos de la película ‘Tres colores: Azul’ (1993), del director polaco Krzysztof Kieślowski, un cristiano poco convencional. La música de fondo –y también el trasfondo de la película– es el himno a la caridad de san Pablo. El argumento ejemplifica la apuesta por el Evangelio en clave de la teología de la gratuidad.
La cita de Weil, “El amor no es consuelo, es luz”, forma parte de una reflexión sobre la paradoja de la cruz escrita en plena eclosión del delirio totalitario. Es una alusión implícita a la parábola del buen samaritano y una invitación a buscar el amor de Dios y la belleza del mundo más allá del escándalo del sufrimiento.
Rosalía no es la única que hace gala de su intimidad espiritual. Son muchos los personajes del mundo de la música que muestran públicamente y de manera desacomplejada su inquietud religiosa. Amaia Montero, vocalista de La Oreja de Van Gogh, proclama: “Yo creo en Dios”, aunque sea, “a mi manera”. Y no olvidemos el éxito obtenido hace un par de años por Íñigo Quintero con ‘Si No Estás’, que rezuma la hondura de la mística de la ausencia.
De Javier Cercas a Byung-Chul Han
Pero no se trata de un fenómeno circunscrito únicamente a ‘celebrities’. El mundo intelectual tampoco es ajeno a esta preocupación por la transcendencia. El filósofo Byung-Chul Han, Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades 2025, se confiesa deudor de la citada filosofa francesa, a la que ha dedicado su último libro: ‘Sobre Dios. Pensar con Simone Weil’. Y el año 2023, el Premio Nobel de Literatura recayó sobre el escritor noruego Jon Fosse, en cuya obra Dios está presente de una manera particular, porque su conversión al catolicismo es fruto de un proceso espiritual complejo, pero para nada superficial.
El escritor y académico Javier Cercas, con su última novela, ‘El loco de Dios en el fin del mundo’, se identifica con el loco sin Dios de Nietzsche. El loco de la linterna, lejos de estar eufórico por la muerte de Dios, se siente desolado porque sin Dios todo carece de sentido y el fundamento de nuestra civilización se resquebraja. Cercas confiesa su admiración por la fe de su madre, que alimenta la esperanza de reencontrase con su padre.
El escritor Javier Cercas, durante la presentación de su libro ‘El loco de Dios en el fin del mundo’ en el Instituto Cervantes
Daniel Vázquez Sallés, hijo de Manuel Vázquez Montalbán y de Anna Sallés, ha escrito ‘El príncipe y la muerte’ para describir el anhelo de trascendencia que ha experimentado a raíz de la enfermedad y de la muerte de su hijo Marc. Por eso, se autodefine como un falso ateo.
Recientemente, dos autores, cuya discrepancia política es evidente, han coincidido en el título y en el contenido de sus respectivos libros publicados casi a la vez. Uno en castellano, Jaime de los Santos, y otro en catalán, Xavier Albertí, nos ofrecen ‘El evangelio según Caravaggio’ para explorar la transgresora espiritualidad de los cuadros de este pintor cuya huella es patente en la obra del cineasta Pier Paolo Pasolini. La inquietud espiritual sigue viva, aunque no siempre discurra por las vías convencionales.
La esperanza de Torralba
El filósofo y teólogo Francesc Torralba acaba de recibir el prestigioso premio literario Josep Pla por su ‘Anatomía de la esperanza’, una exploración de los mecanismos que sostienen el espíritu en tiempos de desencanto y dotan de legitimidad intelectual a esta virtud teologal. Los contenidos religiosos desbordan los círculos confesionales para interactuar con el pensamiento de nuestra época.
En efecto, algo está cambiando. No se trata solo de brotes verdes o de detalles irrelevantes, sino de algo de gran calado. Lo religioso, la experiencia espiritual, lo sagrado se está reubicando en la sociedad postsecularizada. Los avances de la modernidad no han hecho desaparecer la religión, pero, seguramente, la han transformado. A pesar del arrinconamiento de las cuestiones religiosas en muchos ámbitos de la sociedad, el anhelo de trascendencia pervive. Muchas personas, huérfanas de referentes religiosos, sienten nostalgia de lo absoluto. Y buscan poder experimentarlo.
Tal vez tenía razón Karl Rahner cuando señalaba que el cristiano del siglo XXI será místico o no será, puesto que la espiritualidad ya no nace ni se sostiene en un ambiente religioso generalizado. El creyente lo es porque ha experimentado, o está dispuesto a experimentar, una vivencia personal que lo vincule con la transcendencia, aunque ello implique ir a contracorriente respecto a la inercia del paradigma sociocultural vigente.
En mi opinión, nos encontramos frente a una reconfiguración del hecho religioso que se incultura en una sociedad por estrenar; posmoderna, que concede gran relevancia a la experiencia personal; globalizada, que traspasa las fronteras de los monopolios religiosos; y tecnológica, cuya cultura circula por el nuevo areópago: las redes sociales, la música, la exaltación de la imagen. En todo caso, como diría Simone Weil, que no nos engañen y nos hagan creer que no tenemos hambre.