Aunque el papa León XIV intervino en la tarde del sábado, 3 de enero, al final del concierto navideño del coro de la Capilla Sixtina en el templo que le da nombre, ha sido el ángelus el momento esperado para escuchar una primera valoración por parte del pontífice sobre la incursión de las tropas estadounidenses en Venezuela y la detención de Nicolás Maduro y su esposa en la madrugada del 2 al 3 de enero.
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El Papa estadounidense, en su alocución tras la oración mariana, mostró su “preocupación” por cómo se está desarrollando la situación en Venezuela. “El bien del amado pueblo venezolano debe prevalecer sobre cualquier otra consideración e inducir a superar la violencia y emprender caminos de justicia y de paz garantizando la soberanía del país” que se plasma en la constitución y los derechos humanos y civiles de cada uno y de todos para “construir juntos un futuro sereno, de colaboración, de estabilidad y de concordia con especial atención a los más pobres que sufren por la difícil situación económica”, que encomendó a la Virgen María y a los santos venezolanos. También mostró su cercanía a cuantos están sufriendo las consecuencias de la tragedia de Nochevieja en Suiza.
Compromiso por la dignidad humana
En su reflexión, además de volver a felicitar el año nuevo, recordó que el 6 de enero concluye el Jubileo de la esperanza con el cierre de la Puerta Santa de la basílica de San Pedro. Por ello destacó que la Navidad “nos recuerda que el fundamento de nuestra esperanza es la encarnación de Dios”. Para el Papa “la esperanza cristiana no se basa en previsiones optimistas o cálculos humanos, sino en la decisión de Dios de compartir nuestro camino, para que nunca estemos solos en la travesía de la vida”. Dios “en Jesús se hizo uno de nosotros, eligió estar con nosotros, quiso ser para siempre el Dios-con-nosotros”, destacó.
Para ello invitó a un “doble compromiso, uno hacia Dios y el otro hacia el ser humano”, porque “estamos llamados a pensar en Dios a partir de la carne de Jesús y no desde una doctrina abstracta” verificando “nuestra espiritualidad y las formas en las que expresamos la fe, para que sean realmente encarnadas, es decir, capaces de pensar, rezar y anunciar al Dios que viene a nuestro encuentro en Jesús; no un Dios distante que habita en un cielo perfecto sobre nosotros, sino un Dios cercano que habita nuestra tierra frágil, se hace presente en el rostro de los hermanos, se revela en las situaciones de cada día”.
Y en cuanto al compromiso “hacia el ser humano”, destacó, “toda criatura humana es un reflejo suyo, lleva en sí su imagen, conserva un destello de su luz; y esto nos llama a reconocer en cada persona su dignidad inviolable y a ejercitarnos en el amor mutuo unos hacia otros”. Por ello, apeló a una “promoción de la fraternidad y de la comunión, para que la solidaridad sea el criterio de las relaciones humanas; por la justicia y por la paz; por el cuidado de los más frágiles y la defensa de los débiles”.