“Príncipe de la música, genio de la polifonía, el compositor italiano más importante del siglo XVI. Así ha sido definido Giovanni Pierluigi da Palestrina, nacido en 1525 y fallecido en Roma en 1594”. La descripción es de sor Raffaella Petrini, presidenta de la Gobernación del Estado de Ciudad del Vaticano. Pero esta es, exactamente, la imagen de un compositor, de un maestro de coro, que no solo sobrevive como uno de los referentes de la música sacra de todos los tiempos, sino que se interpreta, se vive, se siente. Palestrina es –sigue siendo– oración, rito, liturgia, espíritu de Dios.
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“Es una especie de funambulista que, en el siglo XVI, justo cuando la reforma tridentina había impuesto una nueva sobriedad a la música sacra, asumió la tarea de asegurar la inteligibilidad del texto sin renunciar a la polifonía. Varias voces se superponen, pero el fiel no se pierde ni una palabra. El sonido es abstracto, puro, atemporal. Este es el espíritu creador de Palestrina”, explica el musicólogo vaticano Marcello Filotei, autor de ‘La solita “solfa”. Storia de la Cappella musicale pontificia Sistina’ (Libreria Editrice Vaticana).
Giovanni Pierluigi nació en Palestrina, una pequeña localidad a escasos 40 kilómetros de Roma, pero creó escuela en todo el mundo: ahí están Tomás Luis de Victoria y Gregorio Allegri por testigos. Desde desde Santa María la Mayor, desde la Capilla Sixtina, desde San Juan de Letrán, desde el Seminario Romano, desde la Cappella Giulia, resuena aún y “constituye uno de los pilares fundamentales de la música europea”, como lo encumbra el historiador y musicólogo Pepe Rey. “La perfección absoluta de Palestrina –afirma rotundo– ha sido alabada sin desmayos a lo largo de más de cinco siglos, y no hay razón alguna para que hoy variemos de opinión”.
Él mismo, el propio Palestrina, su intensa vida –según Rey– es testimonio de “perfección”. Así lo define: “Imagínese: un niño educado entre sonatas que, tras componer centenares de misas y motetes, sin moverse de Roma y siempre al servicio de la Iglesia, acaba sus días administrando negocios inmobiliarios y de peletería. Eso sí, cualquiera de esos centenares de misas o motetes es perfecto, merecedor de más que sobresaliente. La particularidad de este genio de la música estriba en que nunca innovó nada, nunca se opuso a nada de lo establecido”.
Con apenas 12 años, ya cantaba en el coro de Santa María la Mayor; con 19, era organista de la catedral de Palestrina; con 29, publica su ‘Missarum liber primus’, dedicado al papa Julio III. “Es el primer libro enteramente de misas publicado en Roma por un músico italiano, tiene un notable éxito y alcanza numerosas reediciones”, expone Rey. “Si el Cid ganó después de muerto, Palestrina consiguió homenajes y reconocimientos generales en vida, que es más difícil –añade–. Ya en 1575, un embajador del Duque de Ferrara lo menciona en una carta como ‘el primer músico del mundo’”.
Obra cumbre
La famosísima ‘Missa Papae Marcelli ‘(1562) –en honor al fugaz papa Marcelo II– es su obra cumbre, pero, bajo su alargada maestría a seis voces, el propio Rey da cuenta de una ferviente y prolija producción: “En fríos números son 104 misas, 375 motetes, 68 ofertorios, 65 himnos, 35 ‘Magníficat’, cinco colecciones de lamentaciones y 140 madrigales, profanos o espirituales. Sus dedicatorias se dirigen a papas, reyes, entre ellos dedicó dos libros a Felipe II, cardenales o nobles poderosos”. A finales del siglo XVI, aún en vida, “tratadistas y teóricos musicales, ya citan sus obras como ejemplo a estudiar y seguir”, confirma Rey. “Su nombre llega así, sin haber caído nunca en el olvido, hasta los primeros historiadores de la música, como el padre Martini, Hawkins o Burney”.