Santidad en zapatillas: un título así puede resultar sorprendente… o, al menos, llamar la atención. De eso se trata, porque dos conceptos muy diferentes, santidad y zapatillas, nos ayudarán a centrar el modo de acercarnos a Dios desde la experiencia que Francisco Butiña, SJ, dejó entrar en su corazón de artesano y trabajador, de sacerdote jesuita, de servidor de los pobres, de caminante y buscador de Dios en lo sencillo de cada día.
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Los invitamos a entrar en este camino apasionante, que nos mueve, por un lado, a descalzarnos, ya que lo que vamos a recorrer es tierra sagrada y nos adentra en nuestra historia personal y congregacional, donde tocamos nuestras raíces, experimentamos quiénes somos y sentimos la fuerza que nos lanza a compartir, a convertirnos en don para los demás. Por otro lado, la invitación es a calzarnos, “ponernos las zapatillas”, y seguir haciendo historia, paso a paso.
Santidad en zapatillas nos habla de un modo de encontrarnos con Dios, nos sitúa ante su voluntad, decidida y amorosa, de salir a nuestro encuentro en el diario vivir. Tenemos la suerte de conocer a un Dios que se acomoda a nuestros espacios y tiempos. Lo cotidiano, lo frágil, lo vulnerable, lo imperfecto, son lugares donde Dios habita. Dios se hace carne de nuestra carne en la humildad y sencillez del día a día; de eso nos hablan las zapatillas. Es tan fácil que uno se asombra de no haberlo descubierto antes; pero también es tan misterioso, que realmente solo los de corazón transparente y sencillo alcanzan a comprenderlo.
Camino y Caminante
Sentir que Dios entra en nuestra realidad, la conoce y se encarna en ella, es una de las experiencias más profundas y transformadoras de la vida. Es lo que nos mueve a caminar sin temor, animados por este Dios presente, cercano, que al mismo tiempo es Camino y Caminante.
El origen de esta historia está en Bañolas. Un niño nacido en Cataluña, en la primera mitad del siglo XIX, geográfica y temporalmente próximo a la revolución industrial, contemplaba asombrado el lago de Bañolas, como un regalo del Creador. La experiencia de Dios así cultivada y la implicación en el negocio familiar de “corders” le fue preparando para calzarse las zapatillas de peregrino, de compañero de Jesús. Así comenzó todo.
