Estoy tan convencido de que he convivido con una santa de las que le gustan a Dios, de las que lo han dado todo por los pobres… Tanto es así que, desde hace años, decidí poner una foto de Viqui Molins en la galería de santos que tenemos en la iglesia de San Antón, cerca de Pablo VI y del cardenal Tarancón. Lo volví a corroborar cuando, una semana antes de que muriera, fui a Barcelona solo para estar con ella.
- WHATSAPP: Sigue nuestro canal para recibir gratis la mejor información
- Regístrate en el boletín gratuito y recibe un avance de los contenidos
Cuando nos fuimos a despedir, me pidió que la bendijera. Solo le puse una condición: “Bendíceme tú a mí”. Y así lo hizo. Cada vez que paseaba con ella por el Raval, comprobaba cómo, no solo la conocían los más vulnerables y descartados, sino que acudían a ella para recibir un abrazo de acogida, de esa familia que ya no tenían o que les rechazaba. Ella encarnaba con su vida el título del libro que escribimos mano a mano: ‘Dios en la calle’.
Tengo la imagen grabada de un drogadicto charlando con ella mirándole a los ojos y devolviéndole la dignidad perdida. Aquella escena fue para mí como una canonización de una mujer que supo encontrarse con Jesús y hacer realidad el Evangelio de quienes lavan los pies a los últimos. Los dos compartíamos el sueño de hacer realidad esa Iglesia en salida, abierta de par en par 24 horas, que nos pide el papa Francisco y los dos nos empeñamos en hacerlo realidad.

