Editorial

Injusticia al raso

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Se cumple un mes del conflicto diplomático entre España y Marruecos que desembocó en una crisis humanitaria que dejó atrapados en Ceuta a miles de migrantes, que cruzaron la frontera en su deseo de llegar a Europa.Pasados los primeros días, los debates partidistas y los focos mediáticos se esfumaron. Con ellos, también, se desvaneció un escenario todavía alarmante que se palpa en las calles y playas ceutíes.



Son más de mil personas, en gran parte jóvenes y niños, las que deambulan por la localidad en un limbo al que algunos adosan el calificativo de legal, pero que en realidad se traduce en un abandono a su suerte y una vulneración de los derechos humanos más básicos de cualquier ciudadano extranjero. Lamentablemente, aquellos que no han podido o no han querido regresar a territorio marroquí se están viendo atados de pies y manos.

Necesidades vitales

Necesitan cubrir necesidades vitales como comer, asearse o dormir, y no tienen techo, alimento o posibilidad alguna de acceder a un empleo. Se encuentran literalmente en la acera, invisibilizados e ignorados, convertidos tristemente en un elemento más del paisaje, con la única posibilidad de la mendicidad. O lo que es lo mismo, abocados a una situación de vulnerabilidad que comienza a cronificarse en una telaraña de injusticia de la que es imposible escapar.

Cáritas_Ceuta

Cuando esto ocurre y la opinión pública hace mutis por el foro, emerge la labor callada y discreta de la Iglesia. Así lo ha podido constatar de primera mano Vida Nueva, al ver la entrega del equipo de voluntarios de Cáritas Ceuta con estos nuevos descartados. Si en un primer momento las diferentes administraciones asumieron el operativo de emergencia, limitando la acción de terceros, ahora la plataforma eclesial se ve desbordada ante la dejación de los poderes públicos. Sin embargo, por mucho empeño y recursos que destinen Cáritas, las parroquias, las congregaciones religiosas y los ciudadanos ceutíes, no tienen la llave para abordar el problema de fondo.

El migrante no es el culpable. El problema son los responsables políticos, que siguen sin querer abordar de frente una realidad que requiere de algo más que intervenciones quirúrgicas puntuales de urgencia. No vale mirar para otro lado, echar mano de proclamas populistas o aplicar soluciones de brocha gorda, que solo sirven para disimular por unos días las grietas de un sistema que se resquebraja de raíz.

Los cuatro verbos bergoglianos que invitan a acoger, proteger, promover e integrar no buscan ser una conjugación buenista de las migraciones, sino que ofrecen un modelo sostenible y humanizador tan realista como samaritano sobre un fenómeno global con consecuencias letales para quienes duermen al raso en Ceuta.

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