Tribuna

Teresa de Lisieux: una mujer de (y en) misión

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¡Todo un mes! Y más se merecerían las misiones y los miles de misioneras y misioneros que lo dan todo cada día. Mujeres y varones entregados a los demás con una fuerza que no es humana. Para mí son los predilectos, la mejor cara que tiene la Iglesia, los más dispuestos.



Personas así se merecen los patronos que tienen: san Francisco Javier y santa Teresa de Lisieux. Él, un grande de los grandes, aguerrido, valiente, viajero, comprometido, conocido como el “Apóstol de las Indias” que, al conocer su vida, resulta lógico que sea patrón de las misiones. Ella, Teresa de Lisieux, conocida también como Teresita del Niño Jesús, tradicionalmente presentada como una ñoña sin carácter, donde la virtud de la obediencia casi termina siendo sometimiento servil, y sin haber pisado nunca una misión resulta que, al conocer su vida, también resulta lógico que sea patrona de las misiones.

Espíritu aguerrido

Desde que conocí la vida y, sobre todo, leí la correspondencia de esta santa, me ha llamado la atención cómo se ha consentido deformar su vida, su espíritu fuerte, aguerrido, valiente y comprometido, como lo es siempre el de las mujeres que se dejan habitar por Dios y vivir desde su libertad.

Es muy interesante leer su correspondencia e invito a hacerlo, porque sorprende que una mujer joven -en aquella época en la que la Iglesia de Francia se defendía con todas sus fuerzas de una sociedad que comenzaba su historia de laicidad-, hablara tan abierta y convincentemente de su vocación sacerdotal y, no menos sorprendente es que, precisamente en esa Iglesia, nadie se rasgara las vestiduras porque lo hiciera. No es que creyera que su vocación carmelita no era bastante, al contrario, la vivió plena e intensamente, sin embargo, para ella, su vocación sacerdotal era una manera de vivir todavía más a fondo su vocación religiosa.

Combinar contrastes

“Siento en mí la vocación de sacerdote, con qué amor, ¡oh Jesús!, te llevaré en mis manos cuando, ante mi voz, bajes del cielo… ¡Con el amor que te daré a las almas! … ¡Pero ay! Mientras deseo ser sacerdote, admiro y envidio la humildad de San Francisco de Asís y siento la vocación de imitarlo al rechazar la sublime dignidad del sacerdocio. ¡Oh Jesús! Mi amor, mi vida… cómo combinar estos contrastes”, dirá en una de sus cartas.

De su vocación sacerdotal escribe en las cartas a su hermana, y también, en las cartas a un seminarista que quiere ser misionero y, algo más tarde, en otras dirigidas a un misionero, convirtiéndose para ellos en su hermana espiritual. No se anda con rodeos; no hace falta interpretar; es directa: “Soy realmente feliz de poder trabajar contigo para salvar muchas almas; por eso me hice carmelita. Como no podía ser misionera en la acción quise ser misionera en el amor y en la penitencia, como Teresa de Ávila”.

Y, lo más curioso de todo, resulta ser que su vocación sacerdotal se da después hacer un viaje a Roma -para pedir permiso al papa y poder entrar en el monasterio- en el que descubre que los sacerdotes son hombres débiles y frágiles, lo que no hizo sino reforzar su idea de orar por ellos y guardar, con verdadero celo durante toda su corta vida, el deseo de ser sacerdote.

Poco conocida

¡Qué poco se conoce a esta mujer! O peor todavía, ¡cómo se ha desfigurado a esta mujer! Sé que nuestras misioneras y misioneros, con el mismo espíritu fuerte, aguerrido, valiente y comprometido, de su patrón san Francisco Javier y de su patrona, santa Teresa de Lisieux, siguen adelante en esa Iglesia que se mueve, como dice Francisco, en las periferias geográficas y existenciales de un mundo ya globalizado para lo bueno y para lo malo.

Estamos en el mes de las misiones. Buen mes para aprender de sus santos patrones -Teresa y Francisco Javier-, pero aprender sin interpretaciones, sin ensalzamientos ni abajamientos; aprender de sus vidas, de sus anhelos, de sus compromisos, y de sus sueños, tal vez irrealizables en un momento dado, pero no por ello ocultados o negados por ellos mismos. No en vano, Teresa dirá en una de sus cartas, “ando con la idea de que los que lo hayan deseado en la tierra participarán en el cielo del honor del sacerdocio”.

Sé que no gusta a los misioneros que se les ensalce ni que se les considere héroes -aunque lo son-, así que no insisto más. Sin embargo, me vais a permitir que dedique unas palabras a Obras Misionales Pontificias, la “retaguardia” que no es tan visible como vosotros, pero cuya labor, más callada, es precisa y necesaria; y me vais a permitir que lo haga, como un pequeño homenaje, en la figura de otro “grande” que nos dejó hace dos años, y cuya misión ahora es cuidaros desde los brazos de Dios. Me refiero a Anastasio Gil García, el rostro visible de muchos de vosotros que, al igual que Teresa nunca pisó una misión y, sin embargo, su entrega por las misiones y por la evangelización ha dejado la huella profunda de los humildes, la de aquellos que se dedican a lo que Dios les pide. Y a nada más, que ya es bastante.