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Txuo Rodríguez: “Cuatro meses después de los terremotos, aún sigue la fase de emergencia en Venezuela”

| 22/10/2026 - 17:00

  • La fundación Unidos en la Misión, que dirige este jesuita, coordinó desde el primer día a todas las obras de la Compañía de Jesús
  • Desde el Colegio San Ignacio se ha acompañado a 70.111 personas y se han movilizado 471,22 toneladas de ayuda humanitaria
  • Manos Unidas ya ha apoyado en un primer envío a su socio local con cerca de 300.000 euros, dirigidos a recuperar colegios y a ayudar a 17.617 personas





El pasado 24 de junio, dos terremotos de 7,2 y 7,5 grados en la Escala de Richter (y sus más de 1.200 réplicas) hicieron tambalearse Venezuela, causando 6.509 muertos y 226.696 heridos. Una destrucción que afectó a 856 edificios, siendo otra consecuencia que 23.820 personas perdieron su hogar y se vieron obligadas a vivir en campamentos.



Desde el primer día, Manos Unidas se ha volcado con el país latinoamericano y, a través del compromiso de muchos donantes, ya ha podido hacer un primer envío con algo más de 468.000 euros, aunque la recepción de donativos sigue abierta. De estos, una parte han sido para otros proyectos y cerca de 300.000 se han destinado a la fundación Unidos en la Misión, socio local con el que apoya numerosos proyectos educativos.

De paso por Madrid

Su director, el sacerdote jesuita Txuo Rodríguez Villarroel, ha estado hoy en la sede madrileña de la entidad eclesial para compartir el estado actual de la situación. Una visita que ha aprovechado Vida Nueva para charlar con el organizador de una fase de emergencia que, desgraciadamente, cuatro meses después, aún sigue.

PREGUNTA.- ¿Qué es lo primero que le viene a la cabeza al recordar ese trágico 24 de junio?

RESPUESTA.- Justo ese día era feriado y yo no estaba en Caracas, sino visitando un proyecto de Fe y Alegría en la Gran Sabana, en el Estado de Bolívar. Cuando nos disponíamos a volver, nos enteramos de lo ocurrido y nos llenamos de angustia.

Nos encontramos con el aeropuerto cerrado, así que, como decimos aquí, empezó Cristo a padecer… Al no poder volar, alquilamos un coche y tardamos ocho horas en llegar a Caracas. Viajaba conmigo una coordinadora de Fe y Alegría. Durante todo el trayecto, íbamos hablando con todos y ya íbamos organizando una respuesta inmediata.

P.- ¿Qué se encontró al llegar a Caracas?

R.- Vivo en la zona de La Castellana. Cerca de mi casa, cayeron dos edificios y la gente dormía en calle por el miedo a que sus casas se les vinieran encima por las réplicas. Ese caos duró cinco días.

Pero me quedo con algo muy positivo: todo el mundo se organizaba para repartir mantas o comida caliente. La solidaridad del pueblo venezolano se desbordó, pues todos nos sabíamos afectados de un modo u otro.

La primera reunión, a las pocas horas

P.- Un compromiso solidario que también interpeló a la Compañía de Jesús…

R.- Así es. Solo horas después de los seísmos, ya tuvimos la primera reunión. Nos juntamos todas las obras jesuitas: la Universidad Católica Andrés Bello (UCAB), Fe y Alegría, el Colegio San Ignacio, el Complejo Educativo Jesús Obrero, el Centro de Reflexión y Planificación Educativa (CERPE), el Centro Gumilla, el Servicio Jesuita a Refugiados (SJR) y la red de parroquias participaron.

Todos se pusieron bajo la coordinación de Unidos en la Misión. Conscientes de las posibilidades y de la cultura de organización de cada obra, siempre con el objetivo de actuar con rapidez, tras esa reunión ya salió un equipo de respuesta inmediata para trabajar sobre el terreno.

Txuo, director de la fundación venezolana Unidos en la Misión, a la derecha. Foto: Manos Unidas

Así, pusimos en marcha dos centros de acopio. Uno en la UCAB y otro en el Colegio San Ignacio. En el primero, la ayuda humanitaria se canalizó a través de la labor impagable de muchos voluntarios, incluidos bastantes profesores y estudiantes.

En San Ignacio se apostó por crear una plataforma online para ofrecer ayuda (como voluntario o donante) o para compartir que se necesitaba apoyo. Ahí recibíamos todas las solicitudes, contactábamos con las personas que lo necesitaban y organizábamos la acción.

A través de un código QR, sabíamos perfectamente el estado de la respuesta y cuánta gente se beneficiaba de ella. Gracias a ello, como documentamos en nuestra última memoria, cuyo lema es ‘La tierra tembló. La misión se hizo una’, podemos decir que en San Ignacio se ha acompañado a 70.111 personas y se movilizaron 471,22 toneladas de ayuda humanitaria, entre alimentos, medicinas y bienes de primera necesidad.

P.- Conscientes de que el trabajo en red es fundamental, ¿qué otros criterios movieron su acción?

R.- Partiendo de la base de que juntos llegamos mucho más lejos, siempre tuvimos claro que en el centro de toda respuesta estaban la persona y su dignidad. Eso pasa por trabajar con cada uno sin hacerle daño. Al fin y al cabo, se trata de aliviar su sufrimiento sin ser invasivo con su propia situación, pues son muchos los que lo han perdido todo o atraviesan por un duelo.

Una etapa más larga y menos visible para los medios

P.- Tras cuatro meses, ¿en qué fase se encuentra la labor de ayuda?

R.- Hay que recalcar que la etapa de emergencia aún no ha terminado. Tal vez ha entrado en una vía más larga y menos visible para los medios, pero, tras esa respuesta inmediata, hoy nos encontramos con que muchas familias todavía tratan de recuperar un lugar seguro donde vivir.

Ayuda humanitaria de los jesuitas en Venezuela tras los terremotos. Foto: Manos Unidas

La emergencia se mide en las viviendas que no se han recuperado, en las escuelas que no funcionan, en las heridas físicas y emocionales que padecen las personas, en las comunidades que aún tratan de recomponer sus vínculos. Hablamos de un daño que alcanza a la educación, a la salud y a la estabilidad de las familias y la vida comunitaria.

Así que la realidad es que, cuatro meses después de los terremotos, aún sigue la fase de emergencia. La recuperación está comenzando y se encarna en un acompañamiento sostenido, pero queda mucho camino por delante.

P.- ¿Hasta qué punto ha sido importante la ayuda recibida desde fuera?

R.- Es fundamental. Dentro, hemos recibido mucho apoyo de la parte privada, tanto de empresas como de ONG. Y, a nivel internacional, ha habido un sostén muy grande, especialmente, desde República Dominicana y España.

Aquí solo podemos dar las gracias a Manos Unidas, que es actor importante para nosotros. Desde el momento de la respuesta inmediata, movilizó a la sociedad española y esa generosidad ha llegado a Venezuela.

Sentimos a Manos Unidas muy cerca de nosotros. Y, gracias a ellos, podemos celebrar que se ha mantenido su apuesta por la educación, reparando colegios que ya sufrían por una gran vulnerabilidad social y económica previa, con el consecuente deterioro de los servicios públicos.

Somos socios locales suyos desde hace tiempo y, en esta crisis, debemos agradecerles su implicación en 24 centros educativos de Fe y Alegría, de la que se han beneficiado 17.617 personas de cuatro regiones.

Capacidad de apertura y comprensión

P.- Después de más de 30 años de compromiso con la educación y con la promoción de la cultura de la paz y de la dignidad de las personas, ¿cómo ha fortalecido su vocación esta labor de coordinación de la ayuda humanitaria tras los seísmos?

R.- Ha sido todo un desafío este tratar de sostener un acompañamiento de largo aliento, aun cuando la noticia deja de ser visible en los medios. Pero, como decía antes, lo primero a destacar es que, como sacerdote, la emergencia me ha enseñado a ser capaz de abrirme y apoyar desde la comprensión de cada persona y darle lo que uno necesita.

No podemos deshumanizarnos. Al revés, hay que apostar por una ayuda que dignifique a la persona sin vulnerar su dignidad, entendiendo su duelo, comprendiendo su identidad y realidad. Por ello, aspiro a una vocación que no pierda esa dimensión humana.

Ayuda humanitaria de los jesuitas en Venezuela tras los terremotos. Foto: Manos Unidas

Desde esa flexibilidad, hemos de ser capaces de poder dialogar, entender y procesar cada paso a dar y poder ofrecer la palabra y el gesto oportunos. Para eso, antes hay que aprender a dialogar.

Y también está la conciencia de que no podemos solos. Todo hemos de hacerlo con otros. Hay que sumar las capacidades de los demás, ya que el conocimiento no viaja solo.

Finalmente, hay que actuar sin fijarse en las ideas o las filiaciones políticas de las personas. Los terremotos no vinieron solos, sino que profundizaron e hicieron más visible una larga crisis que ya vivíamos en Venezuela.

Ahora solo queda trabajar por el diálogo y la reconciliación. Siempre por todos y con todos, sin caer en la discriminación. Todos necesitan ayuda y a todos les respondemos.

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