La Fundación Botín, en Madrid, ha acogido este 13 de diciembre la II Mesa del Hambre de Manos Unidas, organizada con motivo del Día Mundial de la Alimentación, que se celebra el viernes 16.
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En dos mesas redondas, la entidad eclesial ha querido poner la mirada en un reto fundamental hoy, cuando 645 millones de personas padecen hambre en el mundo y se registran 65 conflictos armados activos, la cifra más alta desde la II Guerra Mundial. De ahí el lema de las jornadas: ‘Alimentando la paz: hambre, conflictos y derecho a la alimentación’.
Coloquio moderado por Fidèle Podga
El primero de los coloquios ha estado moderado por Fidèle Podga, coordinador de Estudios y Documentación de Manos Unidas, y ha contado con la presencia de los siguientes participantes: Esperanza Santos, que ha estado en 20 conflictos con Médicos Sin Fronteras (MSF); Miguel Ángel de la Fuente, fotoperiodista en RTVE; y Jordi Calvo, investigador especializado en la cultura de la paz.
Santos, que también es enfermera del Hospital Gregorio Marañón, en Madrid, ha incidido en el trinomio “conflicto-hambre-pobreza”, que a la postre “siempre genera injusticia”.
Esa certeza es “la que mueve mi compromiso cada vez que visito un país con MSF”. Lo que le ha llevado a presenciar horrores como el que se vive en la franja palestina de Gaza, “donde se sufre un uso macabro del hambre. Israel bloquea el acceso a la comida y, cuando se distribuye, se busca que el proceso no funcione bien. Eso lleva a la desesperación de la gente, ocurriendo varias veces que, al ir a buscar la comida, ha sido asesinada en el mismo punto de reparto”.
De la Fuente, que ha cubierto numerosos conflictos en todo el mundo, ha deplorado el dolor percibido “con el objetivo de mi cámara, en el que he podido ver los ojos de quienes lo han perdido todo”.
Una caja con balas fabricada en España
En el caso de Calvo, coordinador de diferentes proyectos humanitarios en varias naciones africanas, ha reconocido que lo que le llevó a comprometerse más fue “ver, en República Centroafricana, una caja con balas fabricada en España. Ahí me cuestioné sobre qué responsabilidad tenemos en esta espiral de pobreza y vulnerabilidad”.
Santos ha agregado que “un conflicto no surge de la nada. El hambre y la escasez de recursos pueden ser un factor desencadenante o agravante. Muchas veces, las tensiones son entre agricultores y ganaderos”.
Algo frecuente en Sudán del Sur, “donde cada año hay inundaciones y sequías y siempre se generan choques entre ambos grupos, pues los ganaderos deben desplazarse a otros sitios y entran en conflicto como los campesinos. El problema es que no hay mecanismos de contingencia o son muy frágiles. Todos los años se repite y no se puede evitar, lo que nos habla de un déficit estructural”.
Otras veces, “hay un conflicto y el hambre lo agrava. Como pasa en Somalia, en Baidoa, donde se producen grandes tensiones políticas. Pero a la larga se extiende al resto de la zona, que es un polvorín. Y es que, en algunos sitios allí, hay zonas donde más del 40% de la población sufre desnutrición. Y en ciertos campamentos de desplazados se supera el 50%… En situaciones límite, donde el equilibrio es frágil, el conflicto estalla o se agrava por el hambre”.
Cuando se utiliza como arma de poder
De la Fuente ha lamentado que “el hambre a veces es parte de un conflicto y otras es su consecuencia. Pero también ocurre que se utiliza como arma de poder. Donde hay diferencias étnicas o religiosas, es un caldo de cultivo para señores de la guerra que las utilizan, aprovechando la pobreza para señalar a enemigos, internos o externos. Es una manipulación para generar odio”.
En otras ocasiones, “se genera hambre de madera deliberada al destruir los envíos de comida. Lo he visto con mis ojos muy especialmente en Odessa, Ucrania, donde he estado entre toneladas de grano inservible por los bombardeos rusos. Lo que genera mucha impotencia, pues alrededor hay mucha gente pasando hambre”.
Sin olvidar lo que sucede “cuando llega la comida, pero pasa por las manos de la corrupción y se piden cosas a cambio al repartirla. Entonces, el hambre es un arma política, silenciosa. Y a veces más que las armas”.
Calvo ha recalcado que “se normalizan situaciones de hambre y se anclan estereotipos imperialistas, como cuando se habla sin más de ‘zonas de conflicto’… Como si fueran ‘así’ por sistema y ‘aquí eso no pasa’ porque ‘somos superiores’”.
“Hay que fijarse en quién se beneficia”
De ahí su vehemente denuncia: “La guerra genera pobreza y hambre, pero también la riqueza de algunos. Por eso hay que fijarse en quién se beneficia… Eso ayuda a entender por qué algunos conflictos se perpetúan”. Lo que ha ilustrado con un ejemplo: “En el primer mes de la guerra en Irán, las empresas de gas y petróleo ganaron 30 millones de euros por hora”.
Ahí, Santos ha enfatizado que, “en cualquier conflicto, el hambre se utiliza como un arma más. Pasa en Sudán, donde la falta de acceso a recursos se utiliza y se genera a diario un ciclo de supervivencia”. Algo especialmente “cruel” al padecerlo “los niños, habiendo muchos que, desde que nacieron, solo han vivido en una situación de falta de recursos”.
De la Fuente ha clamado contra “la contradicción que representa que los mismos países que financian armas hagan también lo mismo con programas de alimentos para las víctimas causadas por esas armas”.
La esperanza pasa por dos tipos de respuesta
Con todo, la esperanza pasa por dos tipos de respuesta. La “humanitaria en situaciones de emergencia, como la que desarrolla World Central Kitchen, la ONG del chef español José Andrés, que reparte comida en primera línea del frente en muchos sitios”.
La segunda la simboliza “el misionero Rafael Quirós, que trabaja junto a Manos Unidas en Benín. Mientras algunos se van, ellos siempre se quedan. Y ofrecen respuestas estructurales, como sistemas de riego, pozos, placas solares… La suya es una ayuda estructural para planificar el futuro”.
En este punto, Calvo ha echado en falta el desgaste de la política internacional: “Se falta el respeto a normas clave. Por ejemplo, Israel no respeta ninguna de ellas. Y esa es una novedad cultural. Hay francotiradores que matan a inocentes en zonas de reparto de comida, bombardeos masivos y a infraestructuras alimentarias, ataques a cooperadores humanitarios a los que se ve parte del problema…”.
Todo un “genocidio” en el que algunos socios empresariales que apoyan a Trump o a Netanyahu “se atreven a decir que ‘libertad y democracia son incompatibles’. Hay una ola y cada vez está más cerca”.
Es más fácil destruir que construir
Sobre la reconstrucción que sigue a las guerras, Santos ha defendido que “después de las consecuencias devastadoras de un conflicto, comprobamos que es más fácil destruir que construir. Pero hay que poner más foco y atención mediática en la fase de la reconstrucción, que requiere de paciencia, tiempo y dinero”.
También se debe pedir “que no se olvide un país cuando dejar de haber ruido. Hacen falta fondos. Y, en eso, Manos Unidas es ejemplar, pues siempre está ahí, en ese camino tan largo”.
De la Fuente ha recogido el guante para argumentar que “es responsabilidad de los medios que haya conflictos olvidados. La guerra no termina cuando se acaba de disparar. La postguerra es igual de dura y deja esto: casas destruidas, desplazados, mutilados, huérfanos, mutilados, una economía devastada, hospitales y colegios en ruinas… Los medios solo se fijan en lo espectacular, pero el hambre es igual de importante, aunque se sufra en aparente silencio”.
Y por ella se cuela el fantasma del machismo, “que mina a la mujer, que es la base de la familia. Ella es siempre la primera en sacrificarse. El hambre no llama tanto la atención como un bombardeo, pero es igual de dañina”.
“Israel ha optado por la fuerza de las armas”
Calvo ha cerrado su intervención denunciando que “Israel ha optado por la fuerza de las armas. Ha gastado en esa industria un billón de euros desde 1948, cuando se fundó. Cinco veces mas que Portugal, un país de un tamaño similar. Aunque, comparado con Jordania, en un contexto similar, ha invertido diez veces más”.
Así, “eso lo consigue porque tienen ayudas y financiación. De Estados Unidos recibe 1.700 millones cada año. Y, desde el genocidio, esa cifra se ha ido hasta los 2.800 millones”.
Pero no es solo Trump, sino que “Europa también le ha comprado armas. Y España…”. De hecho, “con lo invertido en el gasto militar, nuestro país habría construido 250.000 viviendas al año. Además de que invertimos 2.000 millones en Exteriores y 40.000 en Defensa. Son elecciones y cada Estado hace las suyas”.
Y lo mismo ocurre “con nuestros bancos. El dinero de la gente no se guarda en una caja. Se invierte y a veces se emplea en financiar empresas armamentísticas”.
Por eso, Santos ha concluido llamando a “la responsabilidad de cada uno. Hay que seguir luchando y trabajando, no podemos caer en la desesperanza pese a que parezca que están por encima de nosotros estructuras injustas. Con pequeños actos, cada ciudadano puede hacer mucho”.
