Niño con albinismo en Tanzania. Foto: Javier Mármol, Manos Unidas
En varios rincones de África, los niños con albinismo son estigmatizados, discriminados y, en el peor de los casos, asesinados. Y es que ciertos prejuicios anclados en la identidad ancestral de algunos pueblos les acusan de ser “brujos” que, con su “magia negra”, “maldicen” a quienes les rodean.
Esa realidad la conoce bien de cerca Lévi Kasongo, diácono de la Diócesis de Kabinda, en la República Democrática del Congo. El pasado curso, con 25 años, terminó su formación sacerdotal en España, en el Seminario de Toledo y, en abril de 2025, regresó a su país, donde recibió la ordenación diaconal ese junio.
Después entonces, como le explica a Vida Nueva en un perfecto español, “mi obispo me ha enviado al Sector de Tshofa, a 200 kilómetros de la capital de la diócesis”. Allí dedica su día a día en la pastoral de la Parroquia Santa Margarita, que “fue fundada por los misioneros belgas y tiene 15 pueblitos”.
Así, consciente de que “El Evangelio se anuncia con palabras y con pequeñas obras”, ha puesto en marcha el Proyecto Afrocongo, con el que busca “ayudar, a través de un dispensario y de un orfanato, a niños huérfanos que sufren de desnutrición y de albinismo”.
Al poco de llegar, “me llamaron y me hablaron de un chico con albinismo; ese chico se llama Didier, tiene hoy siete años y es huérfano. Su madre dio a luz a seis hijos, de los cuales tres tenían albinismo. Una hermana suya, que también lo era, falleció hace tres años por el cáncer de piel. Y su otra hermana, Léonie, que también sufre de albinismo, ha quedado ciega por la falta de tratamiento para cuidar su vista. Además, su piel tiene también problemas”.
Como detalla Kasongo, “alguien les había hablado de mí y del Proyecto Afrocongo, pero no tenían medios para traer al chiquillo a Tshofa”. Así que, una vez que conoció la historia, “cogí la moto y fui a su pueblito, llamado Kolobeyi, que está a 53 kilómetros, aunque, por el estado de rutas, se tarda tres horas”.
Al encontrar su casa, “encontré a los hermanos dormidos sobre el sol. Me presenté y me contaron su vida: sus alegrías y sus penas. Después de una semana, mi equipo y yo nos hicimos cargo de acoger a Didier en nuestro orfanato, donde está ya bien integrado”.
Aunque su situación sigue siendo preocupante, pues el chico “está perdiendo la vista poquito a poco. Es un problema añadido al hecho de saberse amenazado por muchos… Y todo por el prejuicio y el desconocimiento. Es una lástima”.
En el caso de Didier, además, “él perdió a sus padres con tres años y ha sobrevivido gracias a su hermana albina de 23 años. Pero, desde que ella es ciega por culpa de la enfermedad, la vida de ambos empeoró mucho, ya que, al no poder ir ella al campo a trabajar, no comen todos los días”.
El Proyecto Afrocongo ha ayudado a su hermana “con alimentos y ropa”, pero, aun así, “su vida sigue siendo muy difícil”. En cuanto a Didier, “nos hacemos cargo de él con lo que podemos. Buscamos apoyos para traerle a una ciudad donde pueda ser visto por un oftalmólogo, pero eso supone medios, ya que aquí no existe la cobertura médica”.
Pese a todo, Kasongo no se rinde: “Este programa lo inicié con los regalos que recibí el día de mi ordenación diaconal, pero lo mejor es que ahora funciona gracias a las ayudas que hemos recibido del párroco y de los fieles de La Carolina, un pueblo de Jaén”.
Con todo, azuzados “por la falta de medios”, admite que “no podemos acoger a más chicos huérfanos necesitados”. Por eso, el trabajo ha de ser de concienciación local, para romper tabúes y prejuicios: “Ahora estamos buscando buenas familias que puedan acoger a algunos de los chicos”.
En el caso de Didier, “será difícil encontrar una familia, ya que muchos tienen miedo de acoger a un chico de seis años que sufre de albinismo. Sin obviar que él mismo no quiere ir en otro sitio por miedo a sufrir. Aquí se siente seguro, en un hogar”.
Otro gesto de esperanza en el continente africano lo encontramos en Zambia. Concretamente, en Solwezi. Allí, desde 2010, las Hermanas del Inmaculado Corazón sostienen la Escuela St. Mary’s, que acoge a 700 estudiantes, de los que muchos son niños con todo tipo de discapacidades auditivas y visuales. Entre ellos, bastantes sufren de albinismo.
En estrecha colaboración con esta congregación de origen indio, desde 2020, las religiosas cuentan con el apoyo financiero de Manos Unidas, gracias al cual han podido ampliar la escuela. Muy vinculado a este proyecto está Pedro Richi, voluntario del Departamento de África de la entidad eclesial.
Como le explica a Vida Nueva, “las hermanas ya llevan trabajando 30 años en Solwezi acompañando a las personas más vulnerables, y siempre con una mirada especial hacia quienes padecen distintas discapacidades. En cuanto a la escuela, no hablamos de un espacio de acogida, sino de un proyecto educativo integral donde los jóvenes con y sin discapacidad, y en régimen interno o externo, conviven y se desarrollan como personas”.
A la hora de acompañar a quienes muchas veces son rechazados por los suyos por el hecho de sufrir una enfermedad, siendo dramático el caso de los que sufren albinismo, Richi incide en la importancia de trabajar desde los fundamentos para poder cambiar una visión cultural tan asentada: “Como se dice muchas veces, el roce hace el cariño. Por eso, aquí, los niños y jóvenes comparten clases, espacios y juegos”.
Concretamente, “los internos hacen mucha vida en común. Del total de los 633 alumnos inscritos el pasado curso, 295 (un 47%) tenían necesidades educativas especiales. Y, de estos, 230 eran internos. Por tanto, hablamos de un fenómeno generalizado y que atañe a una parte muy importante del colectivo. Eso normaliza la situación”.
Además, “los padres están muy involucrados en el desarrollo del colegio y las hermanas llevan a cabo acciones de sensibilización con las personas que viven en el entorno cercano”.
En cuanto a los enfermos de albinismo, “diversas organizaciones contabilizan casi 40 ataques en los últimos años con resultado de muerte o mutilación, y se cree que muchos casos no son denunciados. Por ello, una de las razones de la estancia de chicos con albinismo en la escuela es brindarles un entorno seguro donde desarrollarse como personas”.