Como reflejan siempre las memorias de Cáritas Española, de sus 68.000 voluntarios, dos de cada tres son mujeres. Así, se puede decir sin riesgo a equivocarse que la principal entidad eclesial (y hasta social) en España tiene rostro femenino.
Un patrón que se repite, en diferentes grados, en el conjunto de la estructura de la institución: en sus directivos, en sus trabajadores, en sus donantes, en sus directores parroquiales y diocesanos, en sus investigadores… Hasta el punto de encontrarnos con delegaciones locales en las que prácticamente todas las personas que conforman su red son mujeres.
Es el caso de la Cáritas de la Parroquia de San Juan Bautista, en la localidad cacereña de Madrigalejo. Como explica a Vida Nueva una de sus más activas voluntarias, Guadalupe Rodríguez Cerezo, “el nuestro es un pueblo pequeño, de 1.700 habitantes, así que el equipo también es muy sencillo: somos cinco, todas mujeres, y el párroco”. Eso sí, “tratamos de estar presentes en todo lo que podamos hacer falta”.
En su contexto rural, como apunta esta laica de 62 años y que se dedica a la agricultura, una presencia importante “es la que desarrollamos con los inmigrantes que llegan como temporeros y que están en situación de vulnerabilidad. Tratamos de hacernos visibles para que nos conozcan y se acerquen sin miedo”.
Como marca la identidad de Cáritas, Guadalupe insiste en que “es clave el trabajo en red. Por eso, estoy en el Equipo de Referentes de la Diócesis de Plasencia. Este nació en la pandemia y por él, una vez al mes, nos reunimos por videollamada”.
Concretamente, este “sirve de enlace entre la Cáritas Diocesana y las Cáritas parroquiales para fomentar la difusión de las distintas campañas en cada espacio local. Así, por ejemplo, analizamos cómo aterrizar las distintas propuestas por el trabajo decente, el voluntariado, la Navidad, del Día de la Caridad o la X en la Declaración de la Renta”.
También sirve “para animar a nuestros grupos parroquiales, concretando lo que vivimos en nuestros pueblos. Compartimos lo que hacemos y nuestros problemas, objetivos y carencias. Además, también tenemos espacios para la formación. Por todo, es un espacio que nos enriquece personal y comunitariamente”.
Finalmente, reivindica que, “a nivel personal, esta presencia es fundamental. Cáritas nace de la fe y, para mí, entronca con la eucaristía y con mi compromiso de seguir a Jesús. Estoy aquí por Él”.
Como, “en el mundo rural, nos toca estar presentes en todos los sitios, las voluntarias también somos catequistas en la parroquia, estamos en el grupo de limpieza del templo o en el de liturgia, o formamos parte, como es mi caso, del Consejo Pastoral Diocesano. Desde la conciencia de que Cáritas es el corazón de la Iglesia, vivimos esa realidad con toda nuestra persona”.
Otra perspectiva es la de Aurora Aranda Heras, directora de la Cáritas Diocesana de Valencia. Y es que, “aunque llegué a esta casa hace 33 años (y tengo 54), en esta responsabilidad solo llevo dos años y medio”.
En todo este tiempo, “he pasado por muchos programas. Al principio, a nivel parroquial, viví mucho la cercanía con las personas acompañadas, fundamentalmente, en la acogida a inmigrantes. Luego, trabajé en las áreas de cooperación y comunicación. Y, antes de ser directora, estuve otros tres años como secretaria general”.
Así que agradece como un tesoro “esta mirada tan amplia al pasar por todo tipo de retos. Me acuerdo de que, cuando llegué, un tiempo antes, en 1991, se había llevado a cabo un proceso de regularización migratorio extraordinario, como el de ahora. Y había que dar respuesta a la nueva situación de aquellas personas a las que acompañábamos”.
Luego, “ya fui acometiendo otras cuestiones más transversales, con todo tipo de perfiles, trabajando también mucho a nivel de equipo y desde la formación”.
Echando la vista atrás, Aurora tiene claro que “he crecido mucho personal y profesionalmente. Siendo trabajadora social, poder desarrollar mi vocación en Cáritas durante toda mi vida es algo que agradezco muchísimo. Siempre digo que lo que soy se lo debo a esta experiencia que me ha configurado de un modo integral”.
Además, “me ha permitido poder concretar mi vínculo eclesial. Si vivo mi fe en la parroquia, Cáritas, que es la Iglesia, es donde puedo abrazar el rostro de Dios. Un camino en el que hay muchas personas presentes, pero en el que, ante todo, se nos muestra el amor de Dios por los últimos, desde el compromiso por un mundo más igualitario”.
Ha habido momentos muy dolorosos, aunque “nada comparable a la Dana que nos golpeó a los valencianos en octubre de 2024. Yo acababa de empezar como directora y fue durísimo, lo peor que he pasado”.
Ahora, “ya lo vemos con más serenidad y sentimos que estamos en otro momento. La mirada es diferente, pero el plan de acción para esa crisis no termina hasta finales de 2027. Hasta entonces, seguirá habiendo ayudas directas y se pondrá el foco en el desarrollo comunitario para fomentar el tejido social”.
Sin olvidar que, “más allá de lo material, lo emocional está ahí y es algo que hay que seguir trabajando. Las heridas fueron demasiado profundas y su respuesta irá mucho más allá… Eso sí, por quedarnos con algo positivo, aprendimos mucho de un momento tan malo”.