Retrato de sor Patrocinio
La historia secular ha preferido, a menudo, recordar a sor Patrocinio (1811-1891) a través del prisma de la agitación política del siglo XIX, bastante más jugoso a la hora de redactar un titular. Su nombre ha ido acompañado de un “apellido” que ha reducido, en parte, su magisterio, la “monja de las llagas”, y circunscrito su influencia a ser la consejera áulica en la corte de la reina Isabel II, con quien fraguó una sólida amistad (incluso su último encuentro está documentado con una fotografía histórica).
Sin embargo, detrás del ruido de las crónicas de la época y de los mitos caricaturizados, late la realidad de una mujer profundamente consagrada. La reciente e imprescindible biografía publicada por Cristina Ruiz-Alberdi, ‘Sor Patrocinio. Biografía de una monja extraordinaria e incómoda’ (Almuzara), nos ofrece la oportunidad de poner en valor su verdadera identidad: la de una reformadora infatigable y una de las grandes impulsoras de la Orden de la Inmaculada Concepción (Concepcionistas Franciscanas).
“Su biografía perfila a una mujer de notable firmeza interior, coherente y convencida de su vocación. Desde la infancia, su compromiso con Dios actuó como eje frente a las resistencias del entorno. En este rasgo se aproxima a figuras como Teresa de Jesús: mujeres capaces de sostener un camino propio en épocas adversas y cuya determinación, en distintos ámbitos, anticipó transformaciones que ampliarían el horizonte de las generaciones posteriores”, escribe la autora.
Mujer corajuda y religiosa infatigable de largos destierros, su auténtico valor no reside en los pasillos de palacio, en los salones cortesanos, en los prolongados exilios que vivió, sino en los muros de los conventos que levantó, más de una veintena. Su vida transcurrió en una España profundamente hostil para la Iglesia, marcada por las desamortizaciones que vaciaban monasterios y exiliaron a comunidades enteras.
En ese escenario de ruina material y espiritual, sor Patrocinio emergió como una fuerza reconstructora. No solo mantuvo encendida la llama de la vida contemplativa, sino que expandió su luz fundando y restaurando numerosos conventos, como los de Guadalajara, La Granja de San Ildefonso, el de San Pascual en Aranjuez o el de El Escorial.