Como indican en su página web, las Hijas de la Virgen de los Dolores son “una congregación nacida en la localidad extremeña de Trujillo a comienzos del siglo XX por iniciativa de la laica (casada) Antonia María Hernández Moreno y el sacerdote Juan Tena Fernández”. Una carisma que busca “acompañar y cuidar las vocaciones en la Iglesia a través de la educación, la pastoral y la misión”.
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Fruto de ese impulso evangélico y gracias también a una estrecha misión compartida con los laicos, la congregación está presente en España, Portugal, Argentina y Angola. País, este último, que ha visitado León XIV en su gira africana. Lo que ha supuesto “una gran fiesta para todos, cristianos o no”.
Las mayores son una bendición para todos
Como se apreció “ya en su llegada a Luanda, la capital, donde acudieron miles de personas desde todo el país para verle, se han palpado la fe, la devoción y la esperanza. Ha sido una bendición para toda la nación”.
Quien explica esto, es Natalia Ngueleia, angoleña que es una de las más veteranas de la congregación. Como detalla a Vida Nueva, “me consagré hace 22 años. Ahora, buscamos seguir el legado de las hermanas españolas que trajeron la congregación hace 32 años a Angola: Esperanza y Pilar, ya fallecidas; Soledad, que ya está en Madrid; y Juana María, que es la única que continúa aquí”.
Esta última “nos transmite un poso de esperanza y nos conforta muchísimo. Su presencia entre nosotras tiene un gran valor y es clave en nuestra fe”.
Cuatro comunidades en Benguela y Luanda
Natalia y Juana María comparten comunidad “en Benguela, en la casa madre angoleña, donde también formamos a las aspirantes, postulantes y novicias. En la congregación somos 34 angoleñas. Algunas están fuera, en Argentina, España y Portugal, pero la mayoría seguimos aquí, en nuestro país, repartidas en cuatro casas: tres en Benguela y la otra en Luanda”.
En una de ellas, en Bocoio, está la comunidad del Sagrado Corazón de Jesús, “donde acogemos a niñas a partir de cinco años y que vienen de las regiones montañosas y que carecen casi de todo, ofreciéndoles aquí una formación integral. El objetivo es que, el día de mañana, estén integradas en la sociedad”.
Además, “estamos involucradas en la pastoral familiar y la vocacional de muchas parroquias, acompañando el discernimiento de muchos jóvenes”.
Asumen la responsabilidad
Un gran esfuerzo en el que “somos las nativas angoleñas las que ya asumimos la responsabilidad de las comunidades. Eso sí, a veces con mucha preocupación, pues aún dependemos mucho del fondo común congregacional. Todo porque somos muy pocas las que recibimos un salario público por nuestro trabajo a nivel educativo o sanitario”.
Como “lo que nos da el Estado no llega para cubrir las necesidades en las casa, necesitamos aún mucho apoyo económico de nuestras hermanas en España”.
Con todo, “vivimos esta experiencia del relevo generacional (no solo en Agola) como una gracia, pues aún podemos convivir con hermanas mayores que nos guían en el camino. Recibimos de ella ese legado y tratamos de transmitir esta experiencia a las más jóvenes”.
El deseo de ser comunidades que se autofinancien
Para el día de mañana, “nuestro gran deseo es ser comunidades que se autofinancien”. En ese sentido, “España, Europa y Occidente en general apenas tienen vocaciones, pero aquí nosotras experimentamos lo contrario. Tenemos muchas jóvenes con inquietud vocacional, pero, al ser pocas y tener escasas infraestructuras, a veces nos vemos obligadas a derivarlas a otras congregaciones”.
En su carisma “está alentar las vocaciones, no solo para nuestra congregación, sino para la vida religiosa en general y para el sacerdocio, pero nos encontramos con que algunas jóvenes no quieren ir a otras comunidades, sino que desean permanecer con nosotras. Por eso, a veces nos vemos obligadas a pedirles que esperen y que vengan a veces a nuestra casa a recibir la formación”.
Se ponen en las manos de Dios
Ante esa compleja situación, Natalia destaca que “nos colocamos en las manos de Dios, pues la congregación es obra suya, para que nos dé fuerzas y nos ilumine. Aquí estamos, llenas de vida y fe, esperando días mejores”.
Personalmente, “yo estoy feliz, pero también preocupada, pues la responsabilidad es grande. Las hermanas nativas hemos recibido una gran herencia y queremos que perdure. Hay mucha juventud detrás nuestra y queremos lo mejor para ella, para que pueda llevar a cabo la misión que Dos quiere para cada uno. Él está con nosotras y, pese a las dificultades, no nos abandona”.
Además, en general, “la situación del país no es buena y tenemos muchas dificultades. Por ejemplo, hace poco, en Benguela, muy cerca de nuestra casa, un barrio se inundó en unas tormentas y varias familias perdieron sus casas y hubo varios muertos. Dentro de toda la tristeza, nosotras buscamos consolar a la gente”.
La gente no pierde la alegría ni la fe
Ante los muchos que “viven en campamentos que ha desplegado el Gobierno, les llevamos comida, mantas y ropa, ya que tienen necesidades de todo tipo”. Eso sí, como reivindica Natalia, “este es un pueblo en el que gran parte de la gente sufre muchísimo por la pobreza, pero, ni aun así, pierden la alegría ni la fe”.
También comparte su testimonio con nosotros Juana María Domínguez, la única misionera española que, a sus 81 años, queda de las que iniciaron la misión. Con emoción, insiste en que, “cada vez que me preguntan cómo es mi vida aquí, digo lo mismo: no se puede contar… Hay que vivirlo. Lloro mucho… Lo hago cada vez que veo a la gente, descalza, ofreciendo lo poco que tienen al Padre en el ofertorio. Ay”.
Muy pendiente de las jóvenes que se forman con ellas (“ahora mismo tenemos en nuestras casas a diez profesas y a cinco aspirantes”), la misionera zamorana aprecia el esfuerzo que hacen entre todas, “pues estamos muy presentes en la pastoral de las parroquias”.
Su carisma se basa en ayudar a descubrir la propia vocación
En todas ellas “hay muchos movimientos, y tratamos de estar en todos, sobre todo en los que van más en consonancia con nuestro carisma, que se basa en ayudar a descubrir la vocación, buscando que cada uno descubra el proyecto que Dios tiene para él”.
Por ello, “trabajamos mucho la formación a todos los niveles: humano, catequético y teológico”. Un servicio “difícil, pues faltan medios, sobre todo económicos”.
Algo que comparten con la población, como muestran “las entre 4.000 y 8.000 personas que, tras las tormentas, viven en campamentos”. Siendo su fin “estar para servir, buscamos ser las manos de Dios para preparar una sopa caliente y que, quienes han perdido todo, se llenen al menos el estómago”.
“El Papa ha venido a hablarles de Dios”
Y es que “conmueve ver la sucesión de Cristos que pasan ante nosotras, con un dolor muy profundo”. Al menos, se reconforta, han sentido el abrazo del Papa: “Todo se ha preparado con mucho cariño para recibir a alguien que, ante todo, ha venido a hablarles de Dios. Aquí hay una gran fuerza espiritual, palpable en cada rincón”.
Porque, “si hubo un día en que Occidente fue misionero, hoy quien vive la misión es África. No nos hacemos una idea de lo mucho que nos quieren a los misioneros… Recuerdo los tiempos en que visitaba a las gentes de las montañas y eran ellos los que salían entusiasmados a mi encuentro. Se desvivían realmente por verme”.
Por todo ello, no tiene miedo: “Claro que va a haber un relevo y la vida religiosa no morirá, pues aquí hay un manantial con raíces profundas”. Ante ello, el mayor riesgo “proviene del llamado Primer Mundo, que está socavando valores profundos y está haciendo mucho mal”.
Aunque las Hijas de la Virgen de los Dolores tienen la ‘medicina’: “Promover la formación para un buen discernimiento. Dios está con nosotros y no nos va a abandonar”.