Ángel Cordovilla: “Solo una Iglesia pobre puede ser verdaderamente apostólica y misionera”

Ángel Cordovilla en la 55ª Semana Nacional para Institutos de Vida Consagrada. Foto: ITVR

En el segundo día de la 55ª Semana Nacional para Institutos de Vida Consagrada, organizada por el Instituto Teológico de Vida Religiosa (ITVR), el profesor Ángel Cordovilla, doctor en teología y catedrático de la Universidad Pontificia Comillas, desarrolló la conferencia titulada ‘Tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos’ (Flp 2,7).



Partiendo del texto del Nuevo Testamento donde san Pablo presenta el movimiento de descenso y exaltación de Cristo, el profesor recordó que “el Hijo de Dios no se aferró a su condición divina, sino que se vació de sí mismo tomando forma de esclavo. Y precisamente por ese abajamiento, Dios lo exaltó”.

En este sentido, el teólogo señaló que este texto no es solo un canto dogmático sobre la encarnación, sino una exhortación práctica dirigida a las comunidades cristianas, en la que san Pablo invita a “tener los mismos sentimientos de Cristo Jesús”.

De esta manera, el camino de Cristo se convierte en un acto de libertad y de amor, no como imposición ni destino trágico: “Nadie me quita la vida; soy yo quien la entrego”, recordó Cordovilla citando el evangelio de Juan. Por ello, la “forma de esclavo” asumida por Cristo no lo separa de su divinidad, sino que revela verdaderamente quién es Dios.

“En Jesús“, dijo, “la humanidad no oculta la divinidad, sino que la manifiesta. El amor de Dios se muestra como amor que desciende, que se abaja hasta el lugar del amado. Por eso, el Hijo de Dios expresa su ser divino precisamente haciéndose siervo”.

La kénosis de Dios

Sin embargo, Cordovilla advirtió que “no hay que decir que Cristo se vació ‘a pesar’ de su condición divina, sino por su condición divina”. De ahí, señaló, nace una nueva comprensión de los atributos de Dios: la omnipotencia entendida no como dominio, sino como donación, la santidad que se deja tocar por el pecado, la inmortalidad que abraza la muerte para vencerla.

Desde esta visión de Dios, el profesor abordó la experiencia de reducción de la Iglesia actual como ocasión de fidelidad al Evangelio. “Podemos hablar de una kénosis de la Iglesia, entendida no como una tragedia de decadencia, sino como una gracia para vivir más en conformidad con el Señor que anunció el Evangelio en pobreza y persecución”, subrayó.

Por ello, invitó a las comunidades religiosas a vivir la pérdida de presencia pública y recursos como una oportunidad “preferir lo pequeño y lo necesario sobre lo grandioso y accesorio”, ya que “solo una Iglesia pobre puede ser verdaderamente apostólica y misionera”.

En este sentido, el teólogo recordó que el cristiano está llamado no tanto a imitar exteriormente a Jesús, como a configurarse interiormente con su modo de pensar y amar: “Vivir la humildad, el servicio y la obediencia no como mandatos, sino como expresión de una adoración agradecida”. Y es que “desde las entrañas del Padre hasta la cruz, todo el arco de la existencia de Jesús nos revela que el poder de Dios es la ternura que desciende”.

Andriamihaja Dominique Rakotobe en la 55ª Semana Nacional para Institutos de Vida Consagrada.

Andriamihaja Dominique Rakotobe en la 55ª Semana Nacional para Institutos de Vida Consagrada. Foto: ITVR

Rakotobe: “La reducción forma parte del camino”

También ayer tuvo lugar la conferencia de Andriamihaja Dominique Rakotobe, carmelita descalzo y docente en el CITeS–Universidad de la Mística de Ávila, titulada ‘Elías. Solo Dios basta’, en la que el ponente, originario de Madagascar, invitó a los religiosos y religiosas a leer la experiencia de la reducción a la luz del itinerario del profeta Elías, figura que, señaló, “atraviesa la Escritura como un testigo de fuego y silencio, un hombre semejante a nosotros que aprendió que el poder de Dios se revela en la debilidad”.

Elías, tal como señaló Rakotobe, vivió en el contexto de una época de crisis religiosa, cultural y política en la que el pueblo de Israel “había sustituido a Yahvé por los dioses del poder y del éxito, los Baales de su tiempo”. “También nuestra época vive un sincretismo semejante, donde la fe se mezcla con ideologías, y el riesgo para la vida consagrada es el mismo: perder el rostro de Dios vivo en medio de una cultura que idolatra otras presencias”, advirtió.

De esta manera, “Elías sigue interpelando siglos después, porque su historia es la nuestra: una historia de vocación, de crisis, de huida y de reencuentro con el Dios de la vida”. “El ciclo de los institutos religiosos no acaba con la reducción”, aseguró. “La reducción forma parte del camino. No es una tragedia ni una simple pérdida, sino una etapa que debemos acoger con discernimiento y esperanza”.

De esta manera, la vida religiosa en reducción, como la historia de Elías, sigue siendo camino de vida y no de muerte, llamada a renovarse sin perder su sentido esencial. Y todo ello, concluyó, alcanza su plenitud en Cristo.

Carmen Yebra en la 55ª Semana Nacional para Institutos de Vida Consagrada. Foto: ITVR

Carmen Yebra en la 55ª Semana Nacional para Institutos de Vida Consagrada. Foto: ITVR

Yebra: “El desierto no es ruina, es tierra de encuentro”

Por su parte, la biblista y profesora de la Universidad Pontificia de Salamanca, Carmen Yebra Rovira, pronunció la ponencia ‘Afrontar la reducción caminando y habitando en el desierto’, en la que desgranó, desde una lectura teológica, las etapas finales de la vida consagrada, marcada por el envejecimiento, la reducción numérica y los cierres de comunidades, pero también “por la fidelidad de un Dios que sigue creando vida, incluso en el ocaso”.

“Estamos llamados a descubrir los caminos que Dios abre en nuestro desierto, más que a lamentar lo que ya no somos”, afirmó. “Llega un momento en que muchas comunidades ya no pueden sostener la misión activa, pero eso no significa que acabe su misión”, añadió, recordando que “el final también es misión: la del agradecimiento, la entrega y la confianza radical en Dios”.

Y es que “en la vejez también se da fruto. Dios no trabaja solo en los comienzos, sino también en los finales; los caminos y los ríos del desierto son imágenes de una vida nueva que brota donde solo se veía esterilidad”. De esta manera, “Dios sigue haciendo nuevas todas las cosas, incluso en el declive. El desierto no es ruina, es tierra de encuentro”. En él, cada consagrado está invitado a “cruzar a la otra orilla”, apoyado en la certeza de que “Jesús sigue en la barca”, despierto o dormido, pero siempre presente.

Mesa redonda 55ª Semana Nacional para Institutos de Vida Consagrada

Mesa redonda de la 55ª Semana Nacional para Institutos de Vida Consagrada. Foto: ITVR

Mesa redonda de la Semana de Vida Consagrada

Finalmente, con el título ‘Oasis en el desierto. Creatividad y apuestas nuevas’, la 55ª Semana Nacional para Institutos de Vida Consagrada celebró una mesa redonda en la que cuatro superiores mayores compartieron, desde la experiencia concreta de sus congregaciones, cómo la vida religiosa puede seguir siendo fuente de vida y esperanza en un tiempo de reducción y cambio profundo.

El encuentro, moderado por la periodista Silvia Rozas, reunió a Marta Guitart, provincial de las Religiosas de Jesús-María; Belén Berjillo, superiora general de las Trinitarias; José Mari Arregi, provincial de los Franciscanos de Arantzazu; y José Vicente Miguel March, viceprovincial de los Amigonianos.

“Abrazar lo que somos hoy no es fácil”, reconoció Marta Guitart. “Estamos viviendo un cambio de época: nada es como era, ni la misión que realizamos ni la manera de gobernar ni de relacionarnos. Todo ocurre a velocidad de vértigo”.

Por su parte, José Vicente Miguel March, animó a fortalecer la misión compartida y el cuidado de la persona, convencido de que “un religioso no vive solo para trabajar, sino para cuidar”.

“Me extraña que no tengamos vocaciones… ¡si la vida consagrada es lo más bello que hay!”, dijo José Mari Arregui. Sin embargo, reconoció que se trata de un proceso doloroso, pero que la clave está en acompañar a los hermanos “para hacer memoria de la resurrección”.

Belén Berjillo ofreció una perspectiva luminosa y esperanzada. “El desierto me enseña a vivir desde lo esencial”, afirmó. “No quiero vivir el desierto solo como un tiempo de pérdida, sino como un tiempo de bodas. El Espíritu sigue haciendo brotar vida, especialmente en otros continentes”, aseguró.

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