Lluis Oviedo, sobre la crisis de la vida religiosa: “Si no entendemos cuál es el problema, es muy difícil que podamos dar respuestas adecuadas”

El franciscano ha participado en la Semana Nacional de Vida Consagrada

Implicar a la Teología en afrontar la crisis de la Vida Religiosa. Esta ha sido la propuesta del franciscano Lluis Oviedo Torró en su ponencia durante la Semana Nacional de Vida Consagrada del Instituto Teológico de Vida Religiosa (ITVR).



“La teología está siendo últimamente llamada en causa como último remedio ante graves derivas y crisis que sufren diversos sistemas sociales”, ha explicado, señalando que, sin embargo, “parece menos implicada a la hora de salvar realidades “más de casa”, como es la vida religiosa”. Y es que, si bien “no faltan teólogos/as en la vida religiosa, no parece que esa presencia haya contribuido a mejorar las cosas”.

“Ya cansa la ‘teología rollera’ y creo que sólo tiene sentido en este caso procurar un discurso teológico que parta de las experiencias vividas, tanto positivas como negativas, y que se plantee seriamente los problemas que vive la fe y la Iglesia para buscar las mejores respuestas y soluciones”, ha expresado Oviedo.

Para ello, el religioso ha señalado que es importante realizar “un buen diagnóstico de los problemas, comprender bien sus causas y factores que inciden, para tratar de diseñar estrategias que puedan ayudar a afrontarlos y a mejorar las cosas”, ya que “si no entendemos cuál es el problema, por ejemplo, porqué los jóvenes pasan de la Iglesia, es muy difícil que podamos delinear respuestas adecuadas. Lo mismo ocurre con la vida religiosa”.

El franciscano ha apuntado que los tres votos de la vida religiosa –pobreza, castidad y obediencia– “pueden ser entendidos como renuncias a dimensiones que se asocian con la vitalidad y la capacidad de realización personal; o sea, que no tendrían espacio alguno en una cultura de la libertad ilimitada, del disfrute pleno, y del éxito a toda costa, con sus expresiones materiales”.

Sed de trascendencia

Sin embargo, ha advertido acerca de no caer en pensar que “‘el mundo’ esté tan alejado de valores y experiencias fuertemente enraizadas en la VR”. Por ejemplo, Oviedo ha señalado que “el valor de la disciplina, el esfuerzo asociado a renuncias, y los objetivos elevados, son rasgos comunes de la cultura profesional actual, y podemos encontrar muchos ejemplos”.

“Por otro lado parece que se ha redimensionado bastante la importancia de la realización sexual, que ha dominado a dos o tres generaciones y ha provocado mucha ansiedad y desilusión”, ha continuado, señalando, además, que “hoy se valorizan las formas de vida simple y austera en aras de la sostenibilidad; y se proponen estilos de vida más pausada y serena para contrastar el exceso de “aceleración” que sufrimos”.

“A todo ello”, ha continuado, “se añade que se habla desde hace tiempo de búsquedas espirituales y de cierta sed de trascendencia, que puede cultivarse mejor en algunos ambientes y condiciones muy nuestros”. Además, Oviedo ha señalado que otro punto que “debería hacernos reflexionar es el que se deduce de las numerosas expresiones de recuperación cristiana y más aún, católica”.

“La fuerte secularización que hemos sufrido hasta ahora era a mendo una excusa o un pretexto para justificar nuestra propia crisis”, ha afirmado, ante lo cual “llama la atención, por ejemplo, que quienes están redescubriendo la fe y la vida de la Iglesia sean jóvenes adultos, de ambiente urbano, y en general, de formación elevada, o profesionales de cierto nivel”.

Así, ha apuntado que “es interesante observar que los componentes de ciertos movimientos cristianos recientes sean jóvenes de buena apariencia, de estudios universitarios, y buen nivel social”, ya que “desde luego no es cómo se decía hace 20 años, que a la Iglesia sólo se acercaban los raros y los fracasados”.

“Todavía no está muy claro qué es lo que atrae a esos jóvenes y adultos a volver a la Iglesia”, ha reconocido el franciscano. “Lo cierto es que algo está cambiando, y de forma clara, respecto de la percepción de lo católico, que deja de ser despreciado e ignorado y se convierte en fuente de inspiración, algo respetado y que despierta interés”.

“Seguramente son muchos los factores que están contribuyendo a ese cambio de signo, y creo que el papel del Papa Francisco ha sido crucial”, ha añadido, subrayando que “la cuestión sigue pendiente de si la VR puede interceptar esos movimientos y subirse a ese tren, o si va a quedarse fuera, pendiente de modelos y estilos que no tienen vigencia cultural ni despiertan interés espiritual”.

Retos y respuestas

Ante este contexto, Oviedo ha recurrido a la invitación de la organización de estas Jornadas: explorar la categoría de “minoría significativa” como una clave que podría contribuir a asumir una cierta identidad y misión a pesar de nuestras mermadas fuerzas y recursos.

“La cuestión es cómo podemos ser minorías significativas, dado que no basta ponernos la etiqueta, y que hay una gran diferencia entre ser significativos de forma negativa, o más bien ignorados, o serlo de forma positiva o que se reconozca a la VR una cierta aportación importante, a pesar de su carácter reducido, casi simbólico”, ha señalado Oviedo.

Ante ello, ha propuesto comenzar por superar la secularización interna, ya que “no hay significatividad si perdemos nuestra dimensión más religiosa y trascendente, en aras de otros valores, de otras prioridades”. Asimismo, ha apuntado que es necesario “mejorar la autoestima” perdida. “En muchos casos los religiosos hemos perdido la autoestima o un sentido de identidad eclesial que justifique las renuncias que hacemos”, ha reconocido.

Por otro lado, Oviedo ha llamado a afrontar con realismo el tema económico. “Ante todo, percibo a menudo en nuestros ambientes una forma de autoengaño en el sentido de que nos montamos una película para convencernos que no está tan mal que seamos tan ricos en muchas congregaciones, y que ese dato no tiene por qué afectar a nuestra imagen”. Sin embargo, a su juicio esto “sí que afecta, y mucho”.

“La gente conoce nuestras obras y propiedades, y a veces incluso nuestras carteras de inversiones, y no es algo que ayude a mejorar una imagen de pobreza evangélica”, ha advertido. “Conozco casos que van en la otra dirección: congregaciones que adaptan sus vetustas estructuras a la acogida de personas con menos recursos y más necesidades, pero da la impresión de que son más la excepción que la regla”, ha añadido, subrayando la importancia de “hacer un examen de conciencia en este caso y llamarnos a conversión, si queremos evitar seguir engañándonos: creernos que somos pobres cuando no lo somos en absoluto”.

Fernando Vidal en la Semana de Vida Consagrada

55 Semana de Vida Consagrada. Foto: ITVR

Por otro lado, ha insistido en fomentar “la capacidad de acoger y ayudar”, ya que “si queremos ser de verdad significativos, entonces deberíamos plantearnos cómo podemos asistir desde nuestros muchos recursos espirituales a todos los que necesitan esa ayuda”.

Además, ha reconocido que “en muchos casos los religiosos, sobre todo los hombres, hemos descuidado el tema del trabajo, y desde luego trabajamos bastante menos que quienes han de sacar una familia adelante. Percibo en ocasiones cierta flojera, por no decir otra cosa, en algunos ambientes, en los que se han priorizado otros puntos o ideas, y al final no se forma para una vida de trabajo”. Por ello, un primer signo de discernimiento vocacional “debería ser la capacidad y voluntad de trabajar, en su ausencia habría que cuestionar el valor de una vocación”.

Finalmente, ha señalado el problema de la salud mental y la temporalidad. “Me ha confiado algún superior provincial que cada vez más religiosos requieren ayuda psicológica o psicoterapia”, ha dicho. Por ello, “hay que preguntarse cuál es el problema cuando un religioso/a no está contento/a ni se siente realizado/a en la VR”.

“El otro problema es el de la temporalidad”, ha continuado, ya que “a menudo acuden a nosotros candidatos que nos dejan después de algunos años, sin otro motivo que ya se han cansado y quieren probar otra cosa. Deberíamos ser conscientes y replantear los modelos de formación”.

“Tiene poco sentido en ese contexto invertir mucho en cursos y formación si después de dos o tres años nos dejan”, ha apuntado, sosteniendo que “deberíamos implicarlos más en las tareas nuestras, en un trabajo efectivo, como es cuidar de los hermanos más mayores, y así, si se marchan, que dejen un buen recuerdo de cuanto nos han ayudado, y no sólo lamentaciones por lo que hemos invertido en darles estudios para nada, bueno para su provecho”.

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