Con las restricciones de acceso impuestas por el Gobierno israelí. A puerta cerrada para el pueblo y solo acompañado de un grupo de sacerdotes y religiosos franciscanos. Pero, al menos, el patriarca latino de Jerusalén, el cardenal Pierbattista Pizzaballa, sí pudo presidir tanto la vigilia pascual del sábado por la noche como la misa del domingo de resurrección. Se trata de un paso hacia adelante significativo, teniendo en cuenta que la policía le impidió entrar en el Domingo de Ramos para celebrar la eucaristía, argumentando motivos de seguridad. Una decisión sin precedentes que generó una crisis diplomática en Tierra Santa tanto con la Santa Sede como con gobiernos como el italiano.
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“La Pascua no comienza con la proclamación de la victoria, sino con escuchar una historia: una historia que enfrenta la muerte para alcanzar la vida. Dios no espera el fin de la guerra: la vida renace en la oscuridad”, entonó Pizzaballa en tono de denuncia en su homilía de la vigilia, sobre el conflicto que asola a Oriente Medio y, por tanto a tierra Santa. Es más, expresó que “las puertas siguen cerradas, el silencio es casi absoluto, roto quizás por el ruido lejano de lo que la guerra sigue sembrando en esta tierra santa y desgarrada”. Sin embargo, aquí mismo, en este lugar donde la muerte ha sido habitada por Dios, la Palabra de Dios resuena más fuerte que cualquier silencio”, añadió justo después.
Piedras de odio
En esta misma línea, se expresó en la misa que presidió ayer en la basílica: “Sabemos bien que demasiadas piedras a nuestro alrededor siguen cerradas. Demasiadas tumbas han sido excavadas de nuevo por el odio y la violencia”.
Para Pizzaballa, “el Resucitado no está dentro de nuestras estrategias de supervivencia. No es prisionero de nuestra razón ni de nuestros miedos. Ya ha salido y nos precede”. Es más, señaló que “el Resucitado no es un objeto de culto; es un ser que llama” y añadió que “la Resurrección no es magia, es una nueva libertad”.