La situación en Cuba es gravísima desde que, a primeros de enero, Estados Unidos detuviera a Nicolás Maduro e impusiera un claro tutelaje sobre el régimen chavista, aliado clave del castrismo. Desde entonces, por decisión de Donald Trump, ya no llega nada de petróleo a Cuba desde Venezuela.
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Ante el férreo bloqueo estadounidense, muchos operadores internacionales han interrumpido sus viajes a La Habana por la imposibilidad de que los aviones recarguen su combustible. Entre los muchos vuelos suspendidos estuvo el de los propios obispos, que se debieron suspender su visita ‘ad limina’ a Roma, prevista del 16 al 20 de febrero.
Situación límite
La situación es tan límite que, mientras en toda la isla caribeña suele haber apagones generalizados durante horas, el presidente estadounidense ha presumido recientemente ante los medios de “poder hacer lo que quiera” con Cuba debido a su extrema “debilidad”.
Quien sí ha podido ir hace poco a la isla es el dominicano Manuel de Jesús Rodríguez, obispo de Palm Beach, en Florida (Estados Unidos). Como comparte en un escrito en su web diocesana, “después de más de un cuarto de siglo, recientemente regresé a Cuba, una tierra que he amado durante mucho tiempo y que llevo en mi corazón. Fui para participar en la instalación de un querido amigo y hermano, Osmany Massó Cuesta, como nuevo obispo de Bayamo-Manzanillo”.
Algo que vivió con un sentimiento agridulce: “Fue, en sí mismo, un momento de gracia: una catedral llena de fe, una Iglesia viva en la esperanza, un pueblo que aún es capaz de sentir alegría. Pero, más allá de los muros de esa celebración sagrada, otra realidad se impuso con una fuerza abrumadora”.
Cruda, visible y profundamente humana
Conmocionado ante una realidad “que no puedo olvidar y sobre la cual no puedo permanecer en silencio”, Rodríguez destaca que “lo que encontré no fue simplemente dificultad. Fue una crisis humanitaria profunda y en aumento; cruda, visible y profundamente humana. Está grabada en la vida cotidiana de todo un pueblo”.
Y es que, “en la Cuba de hoy, conseguir alimentos no es algo rutinario; es una lucha diaria. Las familias se levantan cada mañana sin ninguna certeza de que podrán alimentar a sus hijos. Los productos más básicos escasean. Largas filas se extienden durante horas bajo el sol, a menudo terminando en decepción. La desnutrición ya no está oculta: es visible en los rostros de los niños, en la fragilidad de los ancianos, en el agotamiento silencioso de los padres que ya no tienen nada más que dar”.
Además, “la situación en el sistema de salud es igualmente alarmante, si no más. Los hospitales y clínicas luchan sin los suministros más elementales. Faltan medicamentos. Los tratamientos se retrasan o simplemente son imposibles. Enfermedades que en otros lugares podrían manejarse fácilmente, en Cuba se convierten en una carga pesada y, en ocasiones, insoportable. Los enfermos sufren en silencio y, con demasiada frecuencia, sin la atención adecuada”.
Cunde la desesperanza
Como observa con mirada periodística, “quizás lo más impactante de todo es el ambiente que impregna la nación: una creciente y asfixiante sensación de desesperanza. Se percibe en las calles, en las conversaciones, en la mirada de la gente. Es el cansancio de un pueblo que ha soportado demasiado durante demasiado tiempo. Es la angustia silenciosa de quienes no ven un camino claro hacia adelante. Es la erosión de la esperanza”.
“Esto no es una tragedia lejana. No es la crisis de otros”, se duele emocionado. Y más al regresar a la tierra que pastorea y donde se encuentra esa misma preocupación entre la población local: “Aquí, en el sur de la Florida, dentro de nuestra propia Diócesis de Palm Beach, viven innumerables cubanoamericanos e inmigrantes cubanos cuyos corazones permanecen inseparablemente unidos a esa tierra sufriente. Para ellos, esta crisis no se reporta; se vive”.
Un sentimiento que se puede percibir a cada instante: “Es la voz temblorosa de una madre al teléfono. Es la angustia por un padre enfermo que no puede obtener medicamentos. Es el dolor de saber que los seres queridos están pasando hambre. Su sufrimiento resuena aquí. Su angustia nos alcanza. Su clamor no debe quedar sin respuesta”.
Con urgencia y con convicción
Por ello, “como obispo de Palm Beach, hablo con urgencia y con convicción: no podemos permanecer indiferentes. Hacerlo sería una falta no solo de caridad, sino también de conciencia. La cercanía de Cuba (tan próxima a nosotros en todo sentido) nos impone una grave responsabilidad moral. No somos espectadores. Somos vecinos. Y somos hermanos y hermanas. Cuba está clamando. Y nosotros debemos responder”.
De ahí que haga “un llamado a todos los fieles de nuestra diócesis y a todas las personas de buena voluntad” para que “se unan en solidaridad con el pueblo cubano en este momento crítico”. Lo que pasa, en primer lugar, por poner ante Dios a un pueblo golpeado: “Oremos (intensamente, insistentemente y sin cesar) para que Dios provea alimento a los hambrientos, sanación a los enfermos, fuerza a los fatigados y esperanza renovada a quienes se sienten abandonados. Oremos por aquellos que trabajan para brindar alivio en condiciones tan difíciles”.
Y, en este punto, aunque no le cita, se dirige a su presidente, a Trump, que es quien impone el bloqueo: “Oremos, de manera particular, por los líderes de nuestra nación, para que sean movidos a actuar con sabiduría, compasión y urgencia al ofrecer asistencia humanitaria efectiva”.
Pasar a la acción
Además, el prelado pide ir más allá, pues “la oración debe conducir a la acción. La compasión debe convertirse en compromiso. La solidaridad debe convertirse en sacrificio”.
Así, “la Diócesis de Palm Beach está decidida a cumplir con su parte. En estrecha colaboración con los obispos católicos de Cuba, continuaremos buscando todas las vías posibles para brindar asistencia concreta, especialmente en las áreas urgentes de alimentación y atención médica. Este trabajo no es opcional. Es un imperativo moral”.
Una impactante misiva que Rodríguez cierra con un aldabonazo en la conciencia: “Les pido (no, les insto) que se unan a nosotros. No permanezcan al margen. No permitan que la distancia o la rutina adormezcan el llamado de la caridad. Este es un momento que exige una respuesta digna de nuestra fe. Hermanos y hermanas, Cuba nos necesita urgentemente. No debemos (no podemos) dejarla sola. Al entrar en los días sagrados de la Semana Santa, contemplamos a Cristo en su sufrimiento. Hoy, ese sufrimiento es visible en los rostros del pueblo cubano. Estar junto a ellos es estar junto a Él”.