Tras ser elegida el pasado 3 de octubre, fue ayer, 25 de marzo, cuando Sarah Mullally fue investida oficialmente como arzobispa de Canterbury y, por tanto, primada de la Comunión Anglicana. La catedral cantuariense acogió una ceremonia solemne en la que 2.000 fieles llenaron el templo. Por parte de la Casa Real británica, estuvieron el príncipe de Gales, Guillermo, y su mujer, Catalina. En representación del Ejecutivo, acudió el primer ministro, el laborista Keir Starmer.
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Mullally, enfermera de profesión, tiene 63 años, está casada y es madre de dos hijos. En lo espiritual, recibió la ordenación diaconal en 2001 y, en 2006, ya fue consagrada como sacerdotisa. Casi una década después, en 2015, fue una de las primeras mujeres en acceder también al episcopado, habiendo pastoreado Exeter y luego Londres. En la capital ha estado hasta ser elegida para suceder al anterior arzobispo de Canterbury, Justin Welby, quien dimitió el pasado año tras reconocer que no supo gestionar correctamente los abusos de un sacerdote en el pasado.
Peregrinó desde Londres
Como dicta la tradición, antes de la ceremonia, la nueva pastora de Canterbury peregrinó a pie y acompañada por un grupo de fieles desde la Catedral de San Pablo, en Londres, hasta la Catedral de Sa Agustín, en su nueva sede episcopal. La marcha duró seis días y finalizó este domingo 22 tras recorrer 140 kilómetros.
Un tiempo en el que, seguramente, Mullally tuvo mucho tiempo para reflexionar sobre la responsabilidad histórica que recae sobre sus hombros. Y es que, por primera vez en sus cinco siglos de historia, ella es la primera mujer en dirigir la Iglesia de Inglaterra, siendo también la simbólica primada de los casi 100 millones de anglicanos de todo el mundo.
En su primera homilía, no dejó pasar por alto este hito y proclamó emocionada: “Hoy doy gracias por todas las mujeres y los hombres que allanaron el camino para este momento”. En el caso de ellas, recordó a todas “las que me precedieron” y les dio las “gracias” por “su apoyo e inspiración”.
Críticas en África
Con todo, es consciente de que este paso ha generado unas profundas grietas que ella misma tratará de recomponer. Y es que, desde el primer momento, hubo enérgicas reacciones en el seno de la Comunión Anglicana contra su histórica matriz inglesa. Especialmente en África, surgieron voces que denunciaban que se había roto con un modo de liderazgo “masculino” que ha permanecido incólume desde el mismo momento fundacional, cuando Enrique VIII rompió con Roma para divorciarse de Catalina de Aragón y casarse con Ana Bolena.
Culminaba así un proceso que lleva agitando la Comunión Anglicana en las dos últimas décadas, siendo evidente el rechazo de otras provincias de la federación a los pasos que ha ido dando la Iglesia de Inglaterra respecto a su apertura a las personas homosexuales y a las mujeres, que en estos años han accedido al sacerdocio y al episcopado.
En 2008 ello llevó a que se fundara la Global Anglican Future Conference (GAFCON), que aglutina en un Consejo de Primados al 80% de los anglicanos a nivel mundial. Firmantes entonces de la llamada ‘Declaración de Jerusalén’, en ella se señala que son “un movimiento que reúne a una familia global de auténticos anglicanos unidos para retener y restaurar la Biblia en el corazón de la Comunión Anglicana”. Con la misión de “proteger el inmutable y transformador Evangelio de Jesucristo y proclamarlo al mundo”, asumieron “el compromiso moral” de combatir “el error doctrinal y el colapso del testimonio bíblico” que emanaba de Canterbury.
¿Ruptura definitiva?
Aunque hasta ahora nunca se había llegado al extremo, GAFCON ha dado el paso de romper con Canterbury y rechazar el primado inglés. Puesto que se siguen considerando parte de la Comunión Anglicana, un grupo de pastores, reunidos en un consejo, ha asumido el “liderazgo” de esta. Eso sí, no han dado el paso de elegir entre ellos a un primado. Lo que puede hacer ver que el cisma no se ha consumado definitivamente y Mullally aún está a tiempo de revertir la situación.
En este sentido, un primer paso llegó hace mes y medio, cuando se dio marcha atrás en la pastoral con las personas homosexuales al revertir una senda iniciada en 2017, momento en el que el Sínodo General de la Iglesia de Inglaterra creó el programa ‘Vivir en Amor y Fe’ (LLF) para “explorar” en su relación con los fieles gais. Seis años después, en su asamblea de febrero de 2023, se rechazó casar a estas parejas en sus templos, pero se aprobó que, “dentro de los servicios regulares”, estas sí podrían recibir una bendición.
Nueve meses después, ese noviembre, se añadió una enmienda del obispo de Oxford, Steven Croft, y se concretó que tales bendiciones eran “a modo de prueba”. Además, se especificó que, aquellos sacerdotes que no quisieran oficiarlas, no estarían obligados a ello.
El programa se suspende
Sin embargo, al cumplirse tres años de una iniciativa pastoral que era inédita en el anglicanismo, el mismo Sínodo General de la Iglesia de Inglaterra, reunido el 13 de febrero en Londres, suspendió, a partir de julio, la aplicación del LLF. Le sustituye un Grupo de Trabajo sobre Relaciones, Sexualidad y Género, que continuará el discernimiento en este ámbito, pero las bendiciones gais se paralizan.
La propia Mullally, que se había mostrado partidaria del LLF, agradeció a los impulsores del trabajo su implicación “durante muchos años”. Aunque, siendo consciente de que “esto ha tenido un coste personal” y de que el camino “ha sido duro”, la realidad es que “nos ha dejado heridos como individuos y también como Iglesia; por eso agradezco que sigan aquí. Quiero honrar el hecho de que, a pesar de las heridas que muchos de ustedes llevan y han expresado, no solo esta tarde sino en otros debates, siguen aquí con nosotros”.
Tras reconocer que este paso atrás “puede ser decepcionante para algunos”, apeló a la “esperanza” y se mostró convencida de que “se propone un camino sensato a seguir que nos proporciona un marco estructurado que creo nos llevará a los siguientes pasos”.
Tras admitir entonces la Iglesia de Inglaterra que esta pastoral ha causado mucha división en su seno, queda por comprobar cómo actuará Mullally ahora que es, a todos los efectos, arzobispa de Canterbury. Deberá afrontar una crisis que viene de lejos y que se remonta a dos décadas atrás, desde que la Iglesia de Inglaterra ha ido apostando gradualmente por cambiar su posicionamiento en cuestiones de sexualidad y de orden, implementando las bendiciones gais y las ordenaciones sacerdotales y episcopales femeninas. El choque magisterial era cada vez más evidente y llevó a la ruptura. Ahora habrá que comprobar si la situación se reconduce o no.