Paula Vega: “Dios escucha a las mujeres cuando la Iglesia parece no hacerlo”

  • La misionera digital publica ‘Mujeres bíblicas’, un recorrido por las historias femeninas de la Escritura que invita a redescubrir la Biblia como una palabra viva
  • “Gracias a escuchar sus voces descubrí la mía propia”, dice a Vida Nueva

Paula Vega

La misionera digital Paula Vega y futura teóloga presentará este jueves, 12 de marzo, en Madrid –espacio O_Lumen, 18:30 horas– su libro ‘Mujeres bíblicas’ (La Esfera de los Libros), una obra en la que rescata la historia, la fe y la voz de las grandes protagonistas femeninas de la Escritura. En conversación con Vida Nueva, Vega explica cómo su inquietud por estas figuras nació durante sus estudios de teología, cuando descubrió que muchas de ellas apenas aparecían en los relatos que se enseñaban habitualmente.



“Empecé a buscarlas con un deseo casi obstinado”, confiesa. El resultado es un libro que une reflexión bíblica, experiencia personal y misión evangelizadora en redes sociales para redescubrir a mujeres como Ester, Agar o María de Magdala y mostrar cómo sus historias siguen iluminando hoy la vida y la fe de muchas personas.

PREGUNTA.- ¿Cuándo empezó tu inquietud por “conocer mejor” a las mujeres de la Biblia?

RESPUESTA.- Mi inquietud empezó cuando comencé a estudiar teología. Me di cuenta de algo muy curioso: las mujeres aparecían muy poco. A veces eran solo una mención breve, casi una nota a pie de página. Hablábamos mucho de los grandes personajes masculinos de la Biblia —Abraham, Moisés, David, Pablo—, pero sabíamos muy poco de Sara, Agar, Betsabé, Febe o tantas otras.

Empecé a buscarlas con un deseo casi obstinado. Y al conocerlas me conmovieron profundamente. Sus historias me hicieron sentir más acompañada en mi propia fe. Gracias a escuchar sus voces, empecé también a encontrar la mía. Ahí nació el deseo de mirar la Escritura más despacio, de devolverles el lugar que siempre han tenido en la historia de la salvación… y de ayudar a que otros también las descubran.

P.- ‘Mujeres bíblicas’ mezcla teología, Biblia y experiencia personal. ¿Por qué te parecía importante que esas historias dialogaran también con tu propia vida?

R.- Existen ya grandes obras teológicas y académicas sobre las mujeres de la Biblia, escritas por teólogas extraordinarias que me han precedido y a las que cito con gratitud en el libro. Pero yo sentía también el deseo de compartir algo más personal: cómo estas mujeres habían tocado mi propia vida.

Porque la Biblia no es solo un libro que estudiamos; es una Palabra viva que entra en diálogo con nuestra historia, con nuestros miedos, nuestras búsquedas y nuestras heridas. Por eso el libro intenta unir esas dos claves: la teología y la experiencia de fe. Es algo que también intento vivir en mi misión digital, para que la fe no se quede solo en las ideas, sino que llegue al corazón de la vida.

P.- En el libro aparecen figuras como María, Noemí, Ester o Marta. ¿Qué tienen en común estas mujeres que puede interpelar a una mujer de hoy?

R.- Todas viven su fe en medio de la vida real, igual que nosotros. No son personajes perfectos ni idealizados. Son mujeres que atraviesan pérdidas, decisiones difíciles, momentos de valentía y momentos de duda. Mujeres que conocen el dolor, la esperanza, la espera.

Y, sin embargo, en medio de todo eso mantienen una relación viva con Dios. Creo que interpela profundamente hoy descubrir que la santidad no consiste en tener una vida perfecta, sino en aprender a caminar con Dios dentro de nuestra propia historia.

P.- La Biblia nace en una cultura profundamente patriarcal. ¿Cómo se puede leer hoy ese contexto sin traicionar el texto, pero tampoco ignorando nuestra realidad actual?

R.- Lo primero es leer el texto en su contexto; y esto lo repetía mucho mi profesora de teología. La Biblia nace en culturas concretas, con estructuras sociales determinadas, y eso forma parte de la honestidad de nuestra lectura.

Pero al mismo tiempo, cuando uno contempla el conjunto de la Escritura descubre que Dios actúa constantemente a través de personas que no encajan en los esquemas de poder de su tiempo. Y muchas veces esas personas son mujeres.

Por eso una lectura fiel a la Biblia no consiste en ignorar el contexto, sino en descubrir cómo Dios ya estaba abriendo caminos dentro de esa misma historia. Y preguntarnos también qué quiere decirnos hoy, a cada uno de nosotros, a través de ella.

P.- Pero muchas de estas mujeres aparecen en los márgenes de la narración bíblica. ¿Qué cambia cuando las leemos poniendo el foco en ellas?

R.- Para mí ha sido como quitarme una venda de los ojos. De repente la Escritura se vuelve más rica, más humana, más cercana. Y mi propia relación con Dios también ha crecido.

Poner el foco en estas mujeres no significa forzar una reinterpretación del texto, sino simplemente leer con más atención, con un corazón más abierto, dejando que aparezcan todas las voces que ya están en la Biblia. Y algo muy bonito ocurre, y es que empezamos a reconocernos a nosotros mismos en esas historias.

P.- Si tuvieras que elegir una mujer bíblica que hoy pueda hablar especialmente a las jóvenes, ¿quién sería y por qué?

R.- Probablemente la Reina Ester. Ester es una mujer joven que, casi sin buscarlo, se encuentra en una posición desde la que puede salvar a su pueblo. Pero hacerlo implica arriesgar su propia vida. Y hay un momento precioso en el libro en el que se le pregunta: “¿Quién sabe si no has llegado a ser reina precisamente para un momento como este?”.

Creo que muchas jóvenes hoy viven algo parecido. Esa pregunta por el sentido de su vida, por sus talentos, qué hacer con lo que han recibido. Ester nos recuerda que nuestra vida puede convertirse en misión cuando descubrimos que no estamos aquí por casualidad.

P.- Y, en tu experiencia personal, ¿qué mujer de la Biblia ha marcado más tu propio camino de fe?

R.- Hay varias, porque cada una me ha acompañado en momentos distintos. María de Magdala despertó en mí el deseo de buscar más profundamente a esas mujeres para devolverles el lugar que merecían. La hemorroísa me sostuvo especialmente cuando fui diagnosticada con endometriosis, haciéndome sentir que no estaba sola. Marta de Betania me ayudó a reconciliarme con mis propios dones, con esa tendencia a ir siempre activa, a veces como un “pollo sin cabeza”, y descubrir que Dios también puede servirse de eso.

Pero quizá una de las que más ha marcado mi fe ha sido Agar. Descubrir que Dios se revela a ella como El Roí, el Dios que ve, ha cambiado profundamente mi relación con Él. Sentirse mirada por Dios, aunque quizá la sociedad no me esté mirando, lo cambia —y lo sana— todo.

Mujeres Bíblicas

Mujeres Bíblicas, el nuevo libro de Paula Vega

P.- ¿Qué crees que estas mujeres nos enseñan sobre la relación con Dios en momentos de miedo, incertidumbre o fragilidad?

R.- Me impresiona mucho el coraje de mujeres como Noemí o Marta, que no tienen miedo de decirle a Dios lo que sienten. El papa Francisco decía que debíamos tener la valentía de enfadarnos un poco con Dios, porque eso significa que la relación es real y personal.

Y otras mujeres, como María de Magdala, Salomé o María de Cleofás, me enseñan que amar a Dios a veces consiste simplemente en permanecer. Permanecer en la cruz, en el sinsentido, en la oscuridad, en las dudas. Y descubrir que Dios está conmigo en lo que sea que esté pasando.

P.- Si una joven abre hoy tu libro esperando encontrar respuestas, ¿qué te gustaría que descubriera al terminarlo?

R.- Tres cosas muy sencillas. La primera, que Dios la mira. Como miró a Agar en el desierto, a la hemorroísa entre la multitud, a la samaritana junto al pozo. Dios nos mira incluso cuando la sociedad —o a veces incluso la Iglesia— parece no hacerlo.

La segunda, que en la Biblia no hay un único modelo de mujer. Dios ama la diversidad de nuestras historias, de nuestras vocaciones, de nuestros caminos y de nuestras formas de ser.

Y la tercera, que se enamore de la Escritura. Que la Biblia deje de ser un libro que acumula polvo en una estantería y se convierta en una palabra viva y vivida, que transforma la vida.

P.- Hoy hablamos mucho del papel de la mujer en la Iglesia. Después de estudiar a tantas mujeres de la Biblia, ¿qué dirías que todavía no estamos entendiendo bien sobre su protagonismo?

R.- Creo que todavía nos falta afinar la mirada. Yo suelo hablar de la mirada de Jesús. ¿Qué tendría esa mirada para que tantas mujeres —nos dice el Evangelio que fueron muchas, no unas pocas— dejaran todo para seguirle fielmente? Seguramente era una mirada que devolvía dignidad, que recordaba a cada mujer que su valor no dependía de su historia, sino de ser hija de Dios. Creo que esa mirada aún necesita crecer en algunos espacios de la Iglesia.

Y también necesitamos más escucha. Dejar de hablar sobre las mujeres y empezar a hablar con las mujeres. Pero con todo tipo de mujeres: con mujeres mayores, jóvenes, casadas, divorciadas, solteras, madres biológicas, madres adoptivas, consagradas, homosexuales, profesionales, pobres, migrantes, recién convertidas, mujeres que han sufrido heridas profundas… La Iglesia es más rica cuando todas esas voces pueden ser escuchadas y tomadas en cuenta.

P.- Si Jesús apareciera hoy en nuestras comunidades, ¿crees que seguiría sorprendiendo por su forma de tratar a las mujeres?

R.- Estoy convencida de que sí. En los Evangelios Jesús rompe constantemente las expectativas culturales. Él habla con mujeres en público, se deja acompañar por ellas, las pone como ejemplo de fe y las convierte en las primeras testigos de la resurrección.

No me sorprendería que hoy también nos descolocara un poco… e incluso que nos llamara la atención por algunas cosas que hacemos dentro de nuestras comunidades.

P.- Después de estudiar estas historias, ¿dirías que el Evangelio empuja hacia una mayor corresponsabilidad entre hombres y mujeres?

R.- Creo que el Evangelio empuja siempre hacia una lógica de comunión. Cuando uno recorre la historia de la salvación descubre que Dios actúa a través de hombres y mujeres que colaboran juntos en su plan. No compiten, no se sustituyen, sino que se necesitan. La misión de la Iglesia solo se vuelve verdaderamente fecunda cuando caminamos junto. Y eso es precisamente lo que buscamos con la sinodalidad.

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