Y Prevost ya promovió el liderazgo de las mujeres en Perú…

Prevost con un grupo de mujeres en Perú

En Perú, la situación de la mujer ha estado marcada por una lucha constante por el reconocimiento y la dignidad, sobre todo en espacios como la Iglesia. Una realidad que, definitivamente, el hoy papa León XIV pudo palpar y descubrir desde su primera misión en Chulucanas, al norte del país, siendo aún Robert Prevost. Su labor pastoral lo condujo a ser testigo de la fuerza de las mujeres, que, además de transmitir la fe, también eran pilares de la educación de sus hijos, el cuidado de la tierra y la organización social.



Reflexionando sobre esta experiencia, el teólogo y sociólogo César Piscoya, coautor del reciente libro ‘León XIV, portrait d’un pape péruvien’, señala que, para comprender el rol de la mujer en la visión pastoral de Prevost, hay dos claves fundamentales: la corresponsabilidad y la dignidad. “Sin estas dos claves no se puede entender el camino que Robert ofrece”, afirma Piscoya, que subraya que la mujer no aparece como un complemento, sino como sujeto pleno de misión y servicio dentro de la Iglesia.

Corresponsabilidad

La corresponsabilidad se hace visible en tres momentos de su trayectoria. En Chulucanas, entre 1985 y 1987, un joven Prevost descubre cómo las mujeres sostenían la vida comunitaria y comienza a darles un lugar activo en el trabajo pastoral, identificándolas con el rol evangelizador. En un segundo momento, de 1990 a 1999, esa corresponsabilidad se convierte en Trujillo en proyecto formativo, impulsando a sus hermanos agustinos a trabajar junto a las mujeres en igualdad de responsabilidades en dos parroquias delegadas a su comunidad: Santa María y Nuestra Señora de Monserrate. Es aquí donde comienza a percatarse de que las mujeres son capaces de liderar dichos procesos. Piscoya recuerda una anécdota sobre una laica comprometida, Alicia Azabache, designada coordinadora del trabajo pastoral y quien le indicó a Prevost que no sabía nada, frente a lo cual él respondió: “Nosotros tampoco… Vamos a aprender contigo”. En el fondo, le estaba diciendo: “Tú también eres importante”.

Una cuestión clave porque ahí las mujeres empezaron a asumir tareas dentro de un liderazgo colectivo, fundamental para el trabajo pastoral. Una senda en la que ahondó posteriormente, ya como obispo de Chiclayo, entre 2016 y 2022. Ahí, Prevost consolidó lo sembrado, situando a varias mujeres al frente de la formación y la organización pastoral.

María Leticia Amésquita

María Leticia Amésquita

Un período, este, en el que brotó con más fuerza la segunda clave: la dignidad. Para Prevost, la persona se halla siempre en el centro y, bajo esa mirada, la mujer ocupa un lugar esencial: respeto, cuidado y reconocimiento constituyen los pilares de su acción pastoral. “La mujer, desde su servicio, ocupa el espacio que le corresponde en la Iglesia; no como concesión, sino como reconocimiento de su papel esencial en la construcción de comunidad”, enfatiza Piscoya.

María Leticia Amésquita, laica consagrada de la tercera orden de los agustinos y responsable del área de catequesis en la Parroquia Santa Rita de Cascia (Trujillo, 1992), recuerda que el padre Robert impulsaba un estilo pastoral en salida, inspirado en el plan NIP (Nueva Imagen de Parroquia), orientado hacia las periferias, destacando que “siempre nos convocaba para formar equipos parroquiales, visitar familias, sectores y organizaciones, y trabajar con los más necesitados”. Sin embargo, lo que más le impresionó fue su cercanía y confianza en las mujeres: “Nos animaba a ser mejores creyentes, a tener amistad con todos y a estar en contacto con las personas para ayudar”.

Responsabilidades concretas

Otro aspecto a subrayar era la naturaleza mixta de los grupos de la pastoral, en su mayoría mujeres, a quienes Prevost confiaba responsabilidades concretas, como elaborar planes de trabajo y la coordinación de catequesis en las distintas zonas. Confianza que en última instancia permitió crecer a la pastoral hasta abarcar 18 sectores con coordinadores y responsables de catequesis, en un estilo sinodal que hoy continúa inspirando a las nuevas generaciones.

Así lo afirma igualmente Rosa Chávez, quien fuera parte de esta comunidad: “El padre Robert era muy cercano para todos nosotros, valoraba a cada una de las hermanas en su trabajo y sabía reconocer la valía de cada una. Era un gran amigo que confiaba en nuestras iniciativas, conociendo el potencial que teníamos. Parecía tener una visión de lo que seríamos capaces de hacer en el servicio a los demás, sobre todo al prójimo”.

Rosa Chávez

Rosa Chávez

Por su parte, Yolanda Díaz, laica de la comunidad Santa Ángela de Chiclayo, recuerda su experiencia cuando fue convocada por Prevost en el proceso de reforma pastoral iniciado en 2014. Se trataba de una nueva imagen de parroquia, con descentralización de la Iglesia y trabajo participativo en las asambleas diocesanas. Posteriormente, en 2015 y 2016, impulsó un mayor involucramiento de los agentes pastorales, animando a recuperar el sentido evangelizador y de salida. Al respecto, ella destaca que, “como laica mujer, sentí un primer cambio: se nos consideraba con protagonismo dentro de la Iglesia, para animar procesos que antes eran propios de sacerdotes o religiosas”. Aunque hubo resistencias de algunos sectores, la confianza de Prevost en los laicos y especialmente en las mujeres fue decisiva.

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