“Sigo con profunda preocupación lo que está sucediendo en estas horas dramáticas”. Así ha comenzado el papa León XIV sus palabras tras el rezo del ángelus de este 1 de marzo, segundo domingo de Cuaresma, haciendo referencia a la escalada de violencia entre Irán, Israel y Estados Unidos.
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Del mismo modo, ha recordado que “la estabilidad y la paz no se construyen con amenazas recíprocas ni con las armas que siembran destrucción, dolor y muerte, sino a través de un diálogo auténtico y responsable”.
Por ello, y “frente a la posibilidad de una tragedia de proporciones enormes”, el Papa ha dirigido a las partes involucradas “un llamamiento a asumir la responsabilidad moral de detener la espiral de violencia antes de que se vuelva una vorágine irreparable”. “Que la diplomacia encuentre su rol y prevalezca el bien de los pueblos”, ha aseverado.
Transfiguración del Señor
León XIV ha centrado su meditación del Ángelus en la Transfiguración del Señor, un pasaje que definió como “un icono lleno de luz” capaz de iluminar la vida del creyente en medio de la historia herida.
El Evangelio, subrayó, “compone para todos nosotros un icono lleno de luz”, mostrando a Cristo entre Moisés y Elías, entre la Ley y la Profecía. “El Verbo hecho hombre se encuentra entre la Ley y la Profecía; él es la Sabiduría viviente, que lleva a cumplimiento cada palabra divina”, afirmó.
“Este es mi Hijo muy querido”
León XIV recordó que, como en el bautismo en el Jordán, también en el monte Tabor se escucha la voz del Padre: “Este es mi Hijo muy querido”. Y destacó que el Espíritu Santo cubre a Jesús con una “nube luminosa”, una imagen que describe, dijo, el modo en que Dios se revela.
“El Señor, cuando se manifiesta, nos revela su magnificencia”, explicó el Papa. Frente a Jesús, cuyo rostro brilla “como el sol” y cuyas vestiduras se vuelven “blancas como la luz”, los discípulos contemplan “el esplendor humano de Dios”.
Sin embargo, no se trata de un espectáculo grandioso. Es, tal como ha señalado el Pontífice, “una gloria humilde, que no se exhibe como un espectáculo para las multitudes, sino como una confidencia solemne”.
“La Transfiguración anticipa la luz de la Pascua”, ha afirmado el Papa, recordando que ese acontecimiento pasa por la muerte y la resurrección, por “tinieblas y luz nueva”. Esa luz, continuó, no es abstracta: “Cristo irradia sobre todos los cuerpos flagelados por la violencia, sobre los cuerpos crucificados por el dolor, sobre los cuerpos abandonados en la miseria”.
Sorpresa de salvación
“Mientras el mal reduce nuestra carne a una mercancía o a una masa anónima, precisamente esta misma carne resplandece con la gloria de Dios”, ha asegurado el Papa. “El Redentor transfigura así las llagas de la historia”, añadió, “iluminando nuestra mente y nuestro corazón”.
“¡Su revelación es una sorpresa de salvación! ¿Aún nos atrae? El verdadero rostro de Dios, ¿encuentra en nosotros una mirada de admiración y de amor?”, ha dicho el Papa. Y es que, en un contexto marcado por la indiferencia religiosa y el escepticismo, León XIV aseguró que el Padre “responde a la desesperación del ateísmo con el don del Hijo Salvador” y que el Espíritu Santo “nos rescata de la soledad agnóstica ofreciéndonos una comunión eterna de vida y de gracia”. En este sentido, incluso ante “nuestra fe débil”, recordó, permanece “el anuncio de la resurrección futura”.
Finalmente, el Papa ha explicado que los discípulos necesitaron tiempo para comprender lo que habían visto en el fulgor de Cristo. “Para comprenderlo se necesita tiempo”, señaló, evocando la invitación evangélica al silencio tras la experiencia del Tabor. Por eso, en este tiempo de Cuaresma, propuso redescubrir el ritmo interior del creyente: “Tiempo de silencio para escuchar la Palabra, tiempo de conversión para gustar de la compañía del Señor”.