Desde que Benedicto XVI lo nombrara, en 2008, primer obispo de la diócesis de Fajardo-Humacao, sufragánea de San Juan, Eusebio Ramos Morales, de 73 años, ha tenido como brújula su lema episcopal: Hágase en mí según tu palabra. Natural de Maunabo, un pintoresco municipio costero en el sureste de Puerto Rico, conocido como “la ciudad tranquila”, allí, antes de ingresar al seminario, fue maestro de ciencias en el sistema de educación pública tras obtener su bachiller en ciencias con mención en biología. En 2017, el papa Francisco lo nombró titular de Caguas, desde entonces se integró al tren directivo del Episcopado, primero como secretario y tesorero, luego, en 2020, como vicepresidente, hasta que en 2024 se convirtiera en el presidente de esta instancia. Con ‘Vida Nueva’ habla fuerte y claro.
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PREGUNTA.- En medio de sus dinámicas internas, ¿cómo evalúa la realidad de Puerto Rico desde su mirada de pastor? ¿Se puede hablar de colonialismo sin encasillarse en ningún bando político?
RESPUESTA.- Como pastor, miro a Puerto Rico desde la realidad de su gente y nuestra identidad cultural. Desde su gente, contemplo a las familias que luchan, a los jóvenes que buscan sentido en sus proyectos de vida y de fe, a los niños que, muchos de ellos, crecen, tristemente, en hogares sin amor, al envejecimiento acelerado, a la desigualdad y a la violencia que no se detienen en Puerto Rico. Sobre la identidad cultural de este pueblo, nadie la puede negar, pues mantiene su idiosincrasia única y particular, el español como su lenguaje vivo contra viento y marea, y su resistencia por siglos a dejar de ser nación con sus propios atributos como pueblo latinoamericano.
En cuanto al término ‘colonialismo’, no lo uso como etiqueta partidista, sino como una categoría moral y social para describir una relación política objetivamente desigual, donde la participación y la capacidad real de decisión de nuestro pueblo quedan limitadas. Lo decisivo, para la Iglesia, no es el eslogan, sino el impacto de esta relación injusta sobre la dignidad, el bien común, la subsidiariedad y la participación. Quiero enfatizar que nuestra relación política ha sido injusta y ‘manchada por el pecado’ precisamente porque genera niveles desiguales entre interlocutores. La fe nos obliga a llamar pecado a lo que degrada la dignidad de las personas y de los pueblos. Doctrinalmente, podemos hablar de ‘colonialismo’ sin encasillarnos necesariamente a nivel político partidista. No me concierne como pastor sugerir una plataforma política en específico, sino el rechazo a toda imposición cultural que pretenda arrancarle el alma a nuestro pueblo.
P.- El Episcopado ha plantado cara a las políticas migratorias de Donald Trump…
R.- Nuestro llamado al presidente y al pueblo estadounidense es claro: ninguna política migratoria puede construirse sobre el miedo, el prejuicio o la deshumanización. El Magisterio de la Iglesia es consistente: la persona no es un problema que se administra; es un rostro que se acoge con justicia y caridad.
P.- ¿Han conversado con sus pares de Estados Unidos para integrar acciones conjuntas en materia migratoria?
R.- Aún no lo hemos formalizado en un plan conjunto con hitos concretos, pero es un paso necesario e inminente que debe darse. Ya existen pronunciamientos fuertes del Episcopado estadounidense, y también nosotros nos hemos pronunciado con contundencia para denunciar esas olas de deportaciones masivas que tanto dolor causan a familias, personas vulnerables y algunas comunidades de la periferia.
Hablar de amor
P.- Recientemente ha elogiado a Bad Bunny por sus palabras en favor de los migrantes en el marco de su actuación en la Super Bowl. Algunos creyentes ven escandaloso que un obispo defienda a un reggaetonero, ¿qué les diría?
R.- Primero, distingamos: reconocer una frase o un gesto en favor de la dignidad del migrante no es canonizar a nadie ni avalar todo un producto cultural artístico. He dicho que no aprecio ese género musical en cuanto a algunas expresiones de lenguaje, sexismo y otros elementos que le suelen distinguir. Pero cuando una voz pública pone en primer plano el lenguaje de la fraternidad y del amor, ahí hay un punto de encuentro con valores cristianos y eso hay que reconocerlo. Segundo: el verdadero escándalo no es que un obispo reconozca un llamado a la dignidad; el escándalo sería que la Iglesia callara ante el sufrimiento humano. Y tercero: pastoralmente, esto es una oportunidad catequética. La Iglesia discierne la cultura, purifica lo que deba purificarse, y rescata toda semilla de verdad que ayude a amar más a Cristo y al prójimo.